Al día siguiente, el bombardeo prosiguió con la
misma violencia. Hacia las once de la mañana, Vo-
lodia Koseltzoff reunióse a los oficiales de su bat e-
ría. Íbase acostumbrando a aquellas caras nuevas;
les interrogaba y les transmitía, a su vez parte de sus
impresiones. La conversación modesta, quizá un
poco pedante, de los ar tilleros, le agradaba, insp i-
rándole respeto, y en cambio su exterior simpático,
sus tímidas maneras y su ingenuidad, predisponían a
aquellos señores en favor suyo. El oficial más ant i-
guo de la batería, un capitán bajito, de pelo rojo, con
tupé y peinado bien liso sobre las sienes, educa do
en las antiguas tradiciones de la artillería, galante
con las damas y con pretensiones de sabio, explorá-
bale sobre sus conocimientos en esta ciencia, sobre
los adelantos más recientes, y lo trataba como a un
hijo, lo cual traía encantado a Volodia. El subt e-
niente Dedenko, oficialito con acento de pequeño
ruso27, de cabellera alborotada y capote roto, le
gustaba también, a pesar de sus gritos; pues bajo
27 Natural de la Rusia Menor.
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aquella ruda corteza, adivinaba Volodia un hombre
digno y pundonoroso. Dedenko ofreció con insi s-
tencia sus servicios al joven y trató de probarle que
los cañones de Sebastopol no habían sido emplaz a-
dos según las reglas. Por el contrario, el teniente,
Tchernovitzky, de cejas notablemente arqueadas,
vestido de levita aseada cuidadosamente, aunque
ajada y con remiendos, y cadena de oro sobre chal e-
co de raso, no le inspiró bien que fue se superior a
los otros en distinción y finura, la menor simpatía;
no cesaba de preguntar a Volodia detalles sobre el
Emperador y el ministro de la Guerra; refería con
ficticio entusiasmo las hazañas realizadas en Sebas-
topo1; hacía alarde de gran saber, de sentimientos
muy nobles, perro a pesar de todo, y sin que supiera
decirse el por qué, aquellos discursos sonaban en
hueco al oído del joven, y aun pudo notar que los
demás oficiales evitaban generalmente la convers a-
ción de Tchernovitzky. El junker Vlang, a aquel a
quien despertó la noche antes, sentado modest a-
mente en un rincón, callaba, riéndose a veces de a l-
gún chiste, pronto siempre a recordar lo que
olvidaban los otros; ofrecía por turno a estos el
frasco del aguardiente y liaba cigarrillos para todos.
Seducido por las maneras sencillas y afables de
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Volodia, que no lo trataba como a un chiquillo, y
por su exterior agradable, no se apartaban sus oja-
zos cariñosos del rostro del recién llegado; adivin a-
ba y preveía todos sus deseos, impulsado por un
sentimiento de admiración exaltada que los oficiales
notaron en seguida y con motivo del cual no le e s-
casearon las bromas.
Poco antes de comer, el segundo capitán, Kraut,
relevado de su servicio en el baluarte, vino a unirse
a la reducida sociedad. Rubio, guapo rnozo, vivo,
poseedor de bigotes rojos y patillas de igual color,
hablaba el ruso perfectamen te, pero con e xcesiva
corrección y elegancia, para un ruso de pura sangre.
Tan irreprochable en el servicio como en la vida
privada, la perfección era su defecto; excelente
compañero de seguridad a prueba en los asuntos de
intereses, faltábale algo como hombre, precisamente
porque lo poseía todo. Por un contraste notable con
los alemanes idealistas de Alemania era, a ejemplo
de los alemanes rusos, práctico en grado exorbita n-
te.
-¡He aquí, he aquí a nuestro héroe! -exclamó el
capitán en el momento en que entraba Kraut accio-
nando, y haciendo chocar sus espuelas. - ¿Qué quie-
re usted, Federico Cristianovitch, té o aguardiente?
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-Me he mandado hacer té -respondió;- pero no
rehusaré el aguardiente mientras lo hacen, para con-
solarme el espíritu. Me alegro mucho de conocerle.
Le ruego que nos quiera y sea un buen compañero
para nosotros -dijo a Volodia, que se había levant a-
do para saludarlo. - Capitán de segunda Kraut... Me
han dicho que llegó usted anoche.
-Permítame usted que le dé las gracias por su
cama, que he utilizado esta noche.
-¿Y ha dormido usted siquiera cómodamente?
Porque le falta una pata, y no es posible componerla
mientras dure el sitio.
- Y bien, ¿ha salido usted bien hoy?- le preguntó
Dedenko.
-¡Sí, gracias a Dios! Pero Shovortzoff ha caído.
Hubo que arreglar una cureña; las gualderas queda-
ron hechas añicos...
Y se levantó de pronto para pasear por la esta n-
cia: veíase que experimentaba la sensación agradable
del hombre que acaba de salir sano y salvo de un
gran peligro.
-Y bien, Dimitri Gravilovitch -dijo, dando una
palmada amistosa, - ¿cómo estamos? ¡ batiuchka!
¿Por dónde anda su propuesta? ¿No ha, resollado
aún?
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-No; no hay nada.
-Y no habrá -intervino Dedenko,- ya se lo he
demostrado.
-¿Por qué no resultará nada?
-Porque la comunicación está mal puesta.
-¡Qué sempiterno discutidor! -dijo Kraut j o-
vialmente.- ¡Un verdadero ruso-menor testarudo!
Bueno, pues, ya verá usted cómo para mortificarle
lo ascenderán a teniente.
- No, no harán nada.
-Vlang, -añadió Kraut, dirigiéndose al junker,-
llene usted mi pipa y tráigamela, haga usted el favor.
La presencia de Kraut había animado a to dos.
Hablando con cada uno, daba detalles y pre guntaba
lo que había ocurrido en su ausencia.
XVIII
-Conque... ¿se ha instalado usted ya? -preguntó
Kraut a Volodia. -Pero, usted perdone, ¿cómo se
llama? El nombre y apellido. Así es costumbre entro
nosotros, en artillería. ¿Tiene usted caballo de
montar?
-No -respondió el alférez- y estoy en un co m-
promiso; se lo he dicho al capitán. No tengo ni c a-
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ballo ni dinero hasta que reciba los gastos de forraje
y de marcha. Quisiera pedir al comandante de la
batería que me prestase su ca ballo, pero temo que
rehuse.
-¿Quiere usted pedírselo a Apolo Sergueitch?
-dijo Kraut, emitiendo con los labios un sonido, que
debía expresar la duda. Y se quedó mi rando al c a-
pitán.
-¡Bueno, bueno! -repuso este.- ¡Si rehusa, el mal
no será mucho! A decir verdad, maldita la falta que
hace aquí el caballo; yo me encargo de pedírselo hoy
mismo.
-¡No lo conoce usted! - añadió por su parte De-
denko- rehusaría cualquiera otra cosa; pero no le
negará eso al señor ¿qué apuesta usted?
-¡Bah! Usted siempre esta dispuesto a contrad e-
cir... usted...
-Contradigo cuando hay por qué. El no es ru m-
boso de suyo, pero prestará el caballo, porque no
tiene ningún interés en rehusarlo.
-¿Cómo ningún interés? Cuando la avena le sale
aquí a ocho, rublos; es evidente su interés; siempre
será un caballo menos que alimentar.
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-¡Vladimir Seinenovitch! -interrumpió Vlang,
que venía con la pipa de Kraut- pídale usted el E s-
tornino, es un caballo superior...
-¿Con el cual se cayó usted al foso, ¡eh! Vlang?
-hizo observar el capitán segundo.
-Se equivoca usted al decir que la avena está a
ocho rublos -sostenía entretanto Dedenko, que ha-
bía continuado la discusión.- Según las últimas noti-
cias, está a diez cincuenta... es eviden te, que no le
resulte provechoso en...
-¿Pero quiere usted que no le quede nada? Si
usted estuviera en su lugar, no prestaría un caballo
ni para ir a paseo. Cuando yo sea comandante de
batería, mis caballos, ¡ batiutchka!, tendrán sus cuatro
garnetz bien llenos, y no pensaré en adquirir rentas.
-El que viva lo vera -replicó Kraut,- usted hará
lo mismo cuando tenga una batería, y éste también
-indicando a Volodia.
-¿Por qué supone usted, Federico Cristiano-
vitch, que el señor querrá obtener también menudos
provechos? Si tiene algún caudal, ¿a qué ha de pr o-
ceder así? -preguntó a su vez Tchernovitzky.
- No... yo... dispense usted, capitán -dijo Vodolia
ruborizándose hasta las orejas, - eso se ría indigno a
mis propios ojos.
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-¡Oh, oh! ¡ Qué sopa en leche!28 -le dijo Kraut.
-Eso es otra cuestión, capitán; pero creo que no
puedo quedarme con dinero que no me pertenezca.
-Y yo le digo a usted otra cosa -prosiguió el ca-
pitán con tono mas seguro. - Sepa usted que es muy
ventajoso llevar bien las cuentas siendo comandante
de batería. Sepa usted que éste no tiene que cuidarse
de la alimentación de sus soldados; así ocurre,
siempre, entro nosotros, en artillería. Si usted no l o-
gra unir bien los dos cabos, no le quedará un cént i-
mo. Enumere más a la ligera los gastos. En primer
lugar el herraje -y el capitán dobló un dedo- después
el botiquín - dobló el segundo- luego la of icina -ya
son tres,- más los caballos de tiro, que cuestan segu-
ramente quinientos rublos -son cuatro- la recompo-
sición de los cuellos de los soldados y el carbón que
se gasta, en gran cantidad, y por úl timo, la mesa de
los oficiales. Además, como jefe de batería, hay que
vivir de un modo conveniente; necesita una caleche,
una, pelliza, etc.
-Y lo principal -dijo el capitán, que había gua r-
dado silencio hasta entonces, - helo aquí, Vladimir
Semenovitch. Aquí tiene usted a un hombre como
28 Modismo cariñoso ruso, equivalente a ¡que candidez, que inocencia!
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yo, por ejemplo, que ha servido veinte años rec i-
biendo primero doscientos, después trescientos r u-
blos de paga... Pues bien, ¿cómo no ha de
recompensar el Gobierno sus años de servicios
dándole un pedazo de pan para la vejez?
-Es indiscutible -replicó el segundo capitán- así,
no se dé usted prisa a juzgar; sirva usted algún tie m-
po, y ya verá...
Volodia, avergonzado de la observación que
había soltado sin reflexionar, rnurmuró algunas p a-
labras y oyó en silencio cómo la emprendió Deden-
ko para defender la tesis contraria; la dis cusión fue
interrumpida por la entrada del asistente del t e-
niente coronel, anunciando que la comida estaba
servida.
-Debe usted decirlo a Apolo Sergevitch que nos
dé vino hoy -dijo el teniente Tchernovitzky abro-
chándose- ¡al diablo su avaricia! Si lo matan no lo
disfrutará nadie.
-Dígaselo usted mismo.
-¡ Ah! no, usted es más antiguo; la jerarquía ante
todo.
XIX
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Una mesa cubierta con mantel bastante ma n-
chado aparecía dispuesta en el centro de la habit a-
ción donde Vodolia fue recibido la noche antes por
el jefe; éste le tendió la mano preguntán dole nuevas
de Petersburgo y de su viaje.
-Bueno, señores; hagan ustedes el favor de ace r-
car el aguardiente ¿los alféreces no beben? - añadió
sonriendo.
El comandante de la batería no parecía hoy tan
severo como la noche anterior; más bien tenia el a s-
pecto de un. huésped bondadoso y hospitalario; de
un compañero entre sus oficiales, todos, a pesar de
esto, desde el veterano capitán al alferez Dedenko,
le demostraban un respeto que se traducía en la
atención tímida, con que le hablaban, aproximánd o-
se por turno para beber su copa de aguardiente.
La comida componíase de chtchi servido en una
gran sopera, donde flotaban trozos de carne emp a-
pados en grasa, hojas de laurel y mucha pimienta; de
zrasi a la polonesa con mostaza, y de kolduny con
manteca ligeramente rancia; no había servilletas; las
cucharas eran de madera o de estaño; vasos apar e-
cían sólo dos, y sobre la mesa sólo una garrafa de
agua con el cuello roto. La conversación no cesaba;
se habló primero de la batalla de InKerman, en la
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cual hubo de tomar parte la batería; cada cual reco r-
daba sus impresiones, sus juicios sobre las causas
del fracaso, callándose en cuanto, hablaba el jefe de
la batería. Después se lamentaron de carecer de c a-
ñones de ciertos calibres; fueron discutidos los ú l-
timos perfeccionamientos, lo que dio ocasión a
Volodia para demostrar su ciencia, y dato curioso, la
conversación no llegó a rozar siquiera levemente el
asunto de la tremenda situación de Sebastopol, lo
que parecía querer decir que todos y cada uno, por
lo que a sí mismo concernía, se preocupaban de ello
demasiado para poder hablar. Volodia muy admira-
do y aún apesadumbrándose de que ni se aludiese
tan sólo a los deberes del servicio, decíase que sin
duda no había llegado uno a Sebastopol para dar
detalles sobre los nuevos cañones y comer con el
comandante de la batería. Una granada estalló, d u-
rante la comida, a dos pasos de la casa; el techo y las
paredes fueron sacudidas como en un terre moto, y
el humo de la pólvora extendióse por fuera sobre
los vidrios de la ventana.
-No habrá visto usted esto en Petersburgo pero
aquí recibimos a menudo esas sorpresas. A ver,
Vlang, haga, usted el favor de mirar -añadió el c o-
mandante,- dónde ha caído esa granada.
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Vlang miró y anunció que en la plaza.
Poco antes de concluir de comer, uno de los
soldados escribientes entró para dar a su jefe tres
pliegos cerrados:
-Este es muy urgente; lo acaba de traer un cos a-
co, a caballo, de parte del Comandante General de
artillería.
Los oficiales siguieron con ansiosa impaciencia
los dedos ejercitados de su superior al romper el s e-
llo del sobre que traía escrito «muy urgen te», y de
donde sacó un papel.
-¿Qué podrá ser esto? -preguntóse cada cual.-
¿Será la orden de salir de Sebastopol para desca n-
sar, o la de sacar a las fortificaciones toda la batería?
-¡Siempre lo mismo! -exclamó el comandan te
arrojando con cólera el pliego sobre la mesa.
-¿Qué es eso, Apolo Sergevitch? -preguntó el
oficial más antiguo.
-Piden un oficial y sirvientes para una batería de
morteros. No tengo más que cuatro oficia les y mis
sirvientes no están completos -dijo entre dientes- y
ahora, me exigen... Sin embargo, es preciso que vaya
alguno, señores -prosiguió al cabo de un instante-
hay que estar a las siete. Envíeme usted al sargento
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primero. Y bien, caballeros, ¿quién va a ir? dec í-
danlo ustedes mismos.
-Pues mire usted... El señor no ha hecho aún
ningún servicio - dijo Tchernovitzky señalando a
Volodia.
El comandante de la batería, guardó silencio.
-Sí, no deseo otra cosa -exclamó Volodia, sin-
tiendo un sudor frío humedecerle el cuello y el esp i-
nazo.
-No; ¿por qué? -interrumpió el capitán- nadie
debe rehuir el servicio, pero ofrecerse voluntario es
inútil; puesto que Apolo Sergevitch nos deja libres,
echaremos suertes como la otra vez.
Todos se conformaron. Kraut cortó con cuid a-
do unos cuadraditos de papel, y enrollándolos, los
echó en una gorra. El capitán soltó algunas bromas
y aprovechó la ocasión para pedir vino al teniente
coronel, a fin de adquirir valor, según añadió. De-
denko tenía aspecto sombrío, Volodia sonreía,
Tchernovitzky pretendía que él iba a ser el design a-
do por la suerte, Kraut permanecía completamente
tranquilo.
Ofrecieron a Volodia que sacase el primero; el
joven cogió una de las papeletas, la más larga, pero
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la cambió en el acto por otra más pe queña y más fi-
na, y desenvolviéndola, leyó la palabra Ir.
-Me toca a mí -dijo.
-Pues bien, ¡que Dios lo proteja!... Este será su
bautismo de fuego -dijo el comandante, conte m-
plando con una sonrisa de bondad el rostro co n-
movido del alférez, - pero, alístese usted pronto;
para que vaya usted mejor, Vlang le acompañara en
lugar del artificiero.
XX
Vlang, muy satisfecho de su misión, corrió a
vestirse y volvió en el acto a ayudar a Volodia a ha-
cer sus preparativos, aconsejándole que se llevara su
cama, la pelliza, un número viejo de Los Anales de la
Patria, una cafetera con una lamparilla de espíritu de
vino y otros objetos inútiles. El capitán, a su vez,
encargó a Volodia, que leyese en el Manual para uso
de los oficiales de artillería, el pasaje referente al tiro de
mortero, sacando, acto seguido, copia de él. Volodia
se puso, desde luego, al trabajo, feliz y sorprendido,
al sentir que el terror a los peligros, el miedo, sobre
todo, de pasar por un cobardón, no eran tan fuertes
en él como el día antes, pues las impresiones del día
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y sus ocupaciones habían contribuido a disminuir su
intensidad. A las siete de la tarde, cuando el sol de s-
cendía ya a ocultarse tras del cuartel Nicolás, el sa r-
gento primero vino a decirle que la gente estaba lista
y esperando.
-Ya he dado la lista a Vlang; Vuestra Nobleza se
la podrá pedir.
-¿Habrá que hacerles un discurso? -preguntó
Volodia al ir, acompañado del junker, en busca de
los veinte artilleros que, ceñido el sable, lo esper a-
ban fuera- ¿O bastará decirles sencillamente: «bu e-
nos días, muchachos» o no decir nada. ¿Por qué no
decirles buenos días, muchachos? Me parece que
eso es lo que corresponde... - y con su voz llena y
sonora gritó:- ¡Buenos días, muchachos!
Los soldados respondieron alegremente a su
saludo; su voz joven y fresca, habíales acariciado
agradablemente el oído. Púsose a su frente, y a pesar
de que su corazón latía como si aca base de cr uzar
algunas verstas corriendo, su paso era ligero y sus l a-
bios sonreían. Al llegar cerca, del mamelón de Ma-
lakoff, notó, al subirlo, que Vlang, el cual no se
separaba un paso de él y que le había parecido tan
valiente abajo en el alojamiento, huía el cuerpo y
bajaba la cabeza, como si las balas y las granadas
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que venían silbando hasta allí, sin interrupción, fu e-
sen a caer directamente sobre él; algunos soldados
hacían lo mismo, y la mayor parte de las fisonomías
expresaban, si no miedo, por lo menos inquietud:
esta circunstancia, acabó de afirmar, reanimán dolo,
su valor.
-Heme aquí, pues; heme aquí, también yo, en el
mamelón de Malakoff; me lo figuraba mil veces más
terrible, y ando y avanzo sin hacer cortesías a los
proyectiles. ¿Tengo, acaso, menos miedo que los
otros? No soy, pues, un cobarde -decíase con júbilo,
con el entusiasmo del amor propio satisfecho.
Este sentimiento fue, no obstante, amortigua do
por el espectáculo que se presentó ante sus ojos;
cuando llegaba ya con el crepúsculo a la batería de
Korniloff, cuatro marineros, cogiendo unos por los
pies y otros por los brazos el cuerpo ensangrentado
de un hombre descalzo y sin capote, se disponían a
arrojarlo por encima del parapeto (al segundo día de
bombardeo echábanse los muertos al foso, pues no
había tiempo de retirarlos). Volodia, presa de est u-
por, vio el cadáver chocar con la cresta del parapeto
y caer resbalando desde allí al foso; felizmente pa ra
él, encontró en aquel mismo momento al Coma n-
dante del baluarte, que le dio un conductor para
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guiarlo a la batería y al alojamiento blindado de los
sirvientes. No referiremos cuantas veces nuestro hé-
roe se vio expuesto al peligro aquella noche; nada
diremos de su decepción al ver que en vez de e n-
contrar allí un tiro ajus tado a todas las r eglas de
precisión, tal como se practicaba en Petersburgo, en
la llanura de Volkovo, hallóse frente a dos morteros
solamente, el uno con los rebordes partidos por una
granada, y el otro sosteniéndose sobre los fragmen-
tos de un afuste hecho pedazos; ni diremos cómo le
fue imposible procurarse soldados para repararlo
antes del día, cómo no encontró carga alguna de c a-
libre indicado en el manual; ni hablaremos de sus
impresiones al ver rodar por tierra a dos de sus art i-
lleros heridos ante él, ni, en fin, cómo se vio él
mismo, veinte veces con la vida pendiente de un c a-
bello. Por fortuna, el jefe de pieza, que le dieron p a-
ra ayudarlo, un marino de gran estatura, afecto a los
dos morteros desde que principiara el sitio, le asegu-
ró que podían servir aún, prometiéndole, mientras
paseaba por el baluarte con una linterna en la mano
con tanta tranquilidad como si estuviese en su
huerto, que los pondría en estado de servicio antes
del amanecer.
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El reducto blindado en el cual su guía lo intr o-
dujo, no era sino una gran cavidad estrecha y larga,
perforada en el suelo pedregoso, de unas dos sagenas
cúbicas de profundidad, protegida por vigas de e n-
cina de una archina de diámetro; allí se estableció
con su gente. En cuanto, Vlag divisó la puertecilla
baja que le daba paso, lanzóse dentro con tal prec i-
pitación, que lo arrastró casi a caer al suelo, pav i-
mentado con piedras, y escondiéndose en un rincón
no quiso salir más. Los soldados se instalaron en
tierra junto a las paredes; algunos encendieron sus
pipas, y Volodia armó su cama en un rincón, echóse
en ella y encendió a su vez un cigarrillo. Sobre sus
cabezas se sentía, debilitado por el blindaje, el e s-
tampido sin interrupción de las descargas; un cañón
solo, emplazado muy cerca, hacía retemblar el abr i-
go cada vez que disparaba. En el interior todo pe r-
manecía en calma. Los soldados, intimidados aún
por la presencia del oficial nuevo, sólo cambiaban
entre sí alguna que otra palabra para pedirse fuego o
algo de sitio; una rata roía allá entre las piedras, y
Vlang, que aun no se había repuesto de su emoción,,
lanzaba de vez en cuando profundos suspiros,
contemplando en rededor suyo. Lo mismo aquí, sin
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estar del todo a su gusto, sentíase casi predispuesto
a la alegría.
XXI
Al cabo de diez minutos, los soldados fueron
animándose, comenzando a charlar; cerca del lecho
del oficial, en el círculo de luz, habíanse colocado
los de mayor graduación; los dos artificieros, el uno
viejo, de cabellera gris, con el pecho adornado con
muchas medallas y cruces, entre las que faltaba la de
San Jorge; el otro, un joven que fumaba cigarrillos
liados por él, y el tambor, que, como siempre, se pu-
so allí en el fondo a las órdenes inmediatas del alf é-
rez. En las sombras de la entrada, tras del
bombardero y los soldados condecorados que oc u-
paban el primer término, estaban los humildes29, que
fueron los primeros en romper el mutismo. Uno de
ellos, que vino corriendo asustado y con gran estr é-
pito, sirvió de tema a su conversación.
-¡He, oye! ¿no has querido andar más por la c a-
lle?
29 Los bisoños, los quintos.
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-¿No se pasean por allí las muchachas, eh? -dijo
una voz.
-Al revés, cantan unas canciones maravillosas,
como no se oyen en el pueblo -respondió riendo y
sofocado el recién venido.
-Vassin no es amigo de las bombas, no; no le
gustan -exclamó otro de los del grupo aristocrático.
-Cuando es preciso, ya es otra cosa -replicó
lentamente Vassin, a quien todos atendían cuan do
hablaba.- El 24, por ejemplo, caían que era una
bendición. ¿A qué hacernos matar sin objeto? ¿Nos
lo agradecerían nuestros jefes?
Estas palabras provocaron gran risa.
-Y sin embargo, mirad a Menilkoff, que se está
siempre fuera -dijo otro.
-Es verdad; hazle que, entre -añadió el veterano
artificiero.- Si no se va a hacer matar como un tonto.
-¿ Quién es Menilkoff? -preguntó Volodia.
-Mire Vuestra Nobleza, es un animal que no ti e-
ne miedo a nada: se esta paseando ahí fuera. ¿Qui e-
re verlo Vuestra Nobleza? parece un oso.
- Sabe hacer sortilegios -añadió Vassin con su
voz reposada.
Menilkoff, soldado de gran corpulencia, cosa ra-
ra, de pelo rojo, frente enorme, extraordinariamente
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bombeada, y ojos saltones azul claros, entró en
aquel momento.
-¿Tienes miedo de las bombas?
-¿Por qué he de tener miedo? -contestó Me-
nilkoff rascándose el cogote,- no será una bomba la
que me mate, bien lo sé...
-¿Te gusta, pues, estar aquí?
-Seguramente; es muy divertido. -Y se echó a
reír.
-¡Entonces habrá que hacerte tomar parte en
una salida! ¿Quieres? Se lo diré al General añadió
Volodia, que no conocía, sin embargo a General a l-
guno.
-¡Por qué no he de querer! ¡Sí que quiero! -Y
Merillkoff se ocultó tras de sus compañeros.
-Vamos a jugar, muchachos; ¿quién tiene cartas?
-preguntó una voz impaciente, y organizóse el juego
en el rincón más apartado.
Volodia, entretanto, bebía té del que le preparó
el tambor, ofreciendo de él a los artificieros, con
quienes charlaba bromeando, deseoso de hacerse
popular y muy complacido por el respeto que le
demostraban. Los soldados, al notar que el barina
era buen chico, fueron animándo se, y uno de ellos
anunció que el sitio, iba a concluir muy pronto, pues
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un marinero le había asegurado, como cosa cierta,
que Constantino, el hermano del Czar, venía a l i-
bertarlos con la escuadra Mericana30, y que en breve
habría un armisticio de dos semanas para descansar,
y que por cada cañonazo que se disparase durante la
tregua se tendrían que pagar setenta y cinco kopeks.
Vassin, en quien Volodia había reparado ya,
aquel soldado bajito con ojos grandes y dulces y p a-
tillas, refirió a su vez, en medio, del silencio general,
roto en seguida por mil risotadas, el placer que h a-
bían sentido primero al verlo volver a su pueblo
con licencia, pero que en el acto su padre lo envió a
trabajar al campo, cada día, mientras que el señor
teniente de la guardia forestal mandaba a buscar a su
mujer en drochki. Muchos de los soldados roncaban
ya; Vlang habíase tumbado también en tierra, y el
artificiero veterano, tras de extender su capote en el
suelo persignábase devotamente mascullando las
oraciones de la noche, cuando se le ocurrió a Vo-
lodia, el capricho de salir para ver lo que aconte cía
fuera.
30 Americana.
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193
-Retirad las piernas -dijéronse al momento los
soldados unos a otros al verlo levantarse, y cada c u-
al encogió las suyas para dejarlo pasar.
Vlang, a quien creyérase dormido, se incorporó,
sujetando a Volodia por un faldón del capote.
-Vamos, no salga usted, ¿qué va usted a ha cer?
-le dijo con acento compungido y persuasivo: -¿no
sabe usted lo que pasa? llueven los proyectiles allí;
aquí se está mejor.
Pero Volodia salió sin atenderlo y fue a sen tarse
en el umbral mismo del alojamiento, junto a Me-
nilkoff.
La atmósfera estaba fresca y pura, sobre todo,
comparándola con la que acababa de respirar; la n o-
che clarísima y serena; entre el tronar del cañón oía-
se el ruido de las ruedas de las telegas que traían
cestones y faginas, y las voces de los que trabajaban
en el polvorín: sobre su cabeza brillaba el cielo e s-
trellado, dibujándose en él los surcos luminosos de
los proyectiles; a la izquierda veíase la reducida
abertura de una archina de alto, que conducía al inte-
rior de otro blindaje, dentro del que se podían ver
los pies y las espaldas de los marineros que allí p a-
raban y a los que se oía hablar; enfrente alzábase el
macizo que cubría el polvorín, ante el cual pasaban
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y repasaban cuerpos encorvados, y en la cúspide
misma de la eminencia, expuesta a las balas y las
granadas que no cesaban de silbar en aquel sitio,
aparecía una figura negra, elevada, con las manos en
los bolsillos, pisoteando la tierra fresca que traían en
sacos; de tiempo en tiempo caía una bomba y est a-
llaba a dos pasos de la cava; los soldados obreros
agachábanse y se apartaban de allí, mientras que la
obscura silueta proseguía tranquilamente igualando
la tierra con los pies y sin moverse de su sitio.
-¿Quién es ese? -preguntó Volodia a Menilkoff.
-No sé; voy a verlo.
-No vayas, es inútil.
Pero Menilkoff se levantó sin oirlo; acercóse al
hombre negro y permaneció largo rato inmóvil
junto a éste, con la misma indiferencia que é1, hacia
el peligro.
-Es el vigilante del polvorín, Vuestra Noble za?
-dijo al volver- una bomba ha horadado el espaldón
y lo vuelven a cubrir de tierra.
Al concluir la noche, conocía perfectamente el
número y la dirección de los cañones que dispar a-
ban y en que dirección hacían fuego.
XXII
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195
Al día siguiente, 27 de agosto, después de diez
horas de sueño, salió Volodia fresco y descansado
del blindaje. Siguióle Vlang, pero éste al pri mer sil-
bido de una bala, dio un salto hacia atrás, y abrié n-
dose camino con la cabeza, se precipitó por la
angosta abertura entre la risa general de1 los solda-
dos, de los cuales todos, a excepción de Vlang, del
veterano artificiero y de otros dos o tres que solían
aparecer raras veces en el atrincheramiento, habían
salido fuera, para respirar el aire fresco de la mañ a-
na. A pesar de la violencia del bombardeo, no se les
pudo impedir que permanecieran allí, unos cerca de
la entrada, otros cubriéndose con el parapeto; en
cuanto a Menilkoff, desde que rayó el alba, iba y v e-
nía por las baterías observándolo todo, con aire i n-
diferente.
En el umbral mismo del alojamiento sentáronse
tres soldados, dos viejos y un joven: este último, j u-
dío de crespo cabello, infante agregado a la batería,
recogió una bala que rodó a sus pies y aplastándola
con un casco de bomba contra una piedra, la r e-
cortó en forma de cruz según el modelo de la de
San Jorge, mientras los otros conversaban, siguie n-
do, con interés su trabajo que le salía muy bien.
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- Yo digo que si continuamos aquí algún tiempo
más, cuando la paz se haga, nos darán el retiro.
-De seguro; no me faltaban más que cuatro años
de servicio, y hace cinco meses que estoy aquí.
-Eso no se cuenta para el retiro -dijo otro, en el
momento en que una bala de cañón, tras de pasar
silbando sobre el grupo, dio en tierra a una archina
de Menilkoff, que venía hacía ellos por la trinchera.
-A poco mata a Menilkoff -dijo un soldado.
-No me matara -repuso éste.
-Toma, tén esta cruz por tu valor -dijo el bisoño
judío, concluyendo la que hacía, y dándosela.
- No, hermano, aquí los m eses valen por años;
hay una orden acerca de eso -prosiguió aquel que
antes hablaba.
-Sea lo que fuere, es seguro que al llegar la paz
nos pasará una revista el Emperador en Varsovia, y
si no nos dan la absoluta, por lo menos será licencia
ilimitada.
En este instante, una bala pequeña, saltando de
rebote, y que parecía gemir al silbar, cruzó por sobre
sus cabezas y fue a caer sobre un pedrusco.
-¡Cuidado! -dijo uno- Puede ser que de aquí a la
noche tengas tu licencia absoluta.
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Todos se echaron a reír. Y no habían pasado
dos horas, no había venido la noche aún, cuan do
dos de ellos habían recibido, en efecto, la licencia
absoluta, y cinco estaban heridos; pero los demás
proseguían chanceando como antes.
Por la mañana fueron aprestados los dos mor-
teros, y Volodia recibió, a eso de las diez, orden del
comandante del baluarte de reunir su gente y situa r-
se con ella en la batería. Una vez metidos en faena,
ya no les quedaron ni señales de aquel terror, que la
tarde precedente se manifestaba de un modo tan
franco. Sólo Vlang no conseguía dominar el suyo,
agachándose y escondiéndose a cada momento.
Vassin también había perdido la sangre fría; agitá-
base y saludaba. En cuanto a Volodia, excitado por
satisfacción entusiasta, no pensó más en el peligro.
El júbilo que sentía al cumplir bien su deber, en no
ser un cobarde, en verse, por lo contrario, lleno de
valor; el senti miento del mando y la presencia de
veinte hombres, que (bien lo sabía) le observaban
con curiosidad, hicieron de él un verdadero héroe.
Hasta, vanagloriándose de su bravura, subíase a la
banqueta, con el capote desabrochado, para lla mar
bien la atención. El jefe del baluarte, al revistar su
fuerza, no obstante haberse acostum brado durante
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198
ocho meses a ver el valor bajo to das sus formas, no
pudo evitarse el admirar a aquel guapo mancebo,
que con el rostro, y los ojos animados, suelto el c a-
pote y dejando pasar la ca misa roja que aprisionaba
su cuello blanco y fino, hacía las señales de regl a-
mento, gritaba con voz de mando: «¡Primero! ¡S e-
gundo!» y subía alegremente al parapeto para ver
dónde caía su bomba. A las once y media, el fuego
de cañón cesó por ambas partes, y a las doce en
punto comenzó el asalto del mamelón de Malakoff,
así corno de los baluartes segundo, tercero y quinto.
XXIII
A la parte de acá de la bahía, entre Inkerman y
las fortificaciones del Norte, a la mitad del día y s o-
bre el mogote del telégrafo, veíase a los marineros;
junto a ellos, un oficial examinaba a Sebastopol con
un anteojo de larga vista, y otro, a caballo, al que
acompañaba un cosaco, acababa de reunírsele al pie
del gran mástil de señales.
El sol se hallaba en lo alto del horizonte, su s-
pendido sobre el golfo, en cuyas aguas, cubiertas de
grandes buques de guerra anclados, de veleros me r-
cantes y botes en movimiento, jugueteaban alegr e-
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mente sus rayos abrasadores y luminosos. Ligera
brisa, agitando apenas las hojas de algunas encinas
achaparradas, que crecían junto al telégrafo, hinch a-
ba las velas de los barcos y hacía rizarse ligeramente
las olas. En la costa opuesta del golfo, divisábase
Sebastopol, siempre igual, con su iglesia sin co n-
cluir, su columna, su muelle, su bulevar, que se de s-
taca verde sobre la montaña; el elegante edificio de
la Biblioteca las lagunas de azul de mar, con su
bosque de mástiles; los pintorescos acueductos, y
sobre todo esto las nubes del tono azulado form a-
das por el humo de la pólvora, iluminadas de tie m-
po en tiempo por el rojo resplandor de las
descargas; siempre el mismo Sebastopol, hermoso,
altivo, con su aspecto de fiesta, rodeado por una
parte de montañas amarillas, coronadas de humo, y
por la otra de mar, cuya superficie, azul, obscura, y
brillante, centellea al sol. En el horizonte, allá donde
el humo de un vapor traza una línea negra, va s u-
biendo, un nublado en fajas blaneas y angostas, pre-
cursoras del viento; en toda la línea de
fortificaciones, a lo largo de las montañas, sobre t o-
do en la izquierda, surgen de súbito, rasgados por
un relámpago, visible aún en pleno día, penachos de
humo blanco y espeso, que adoptando formas v a-
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200
riadas se extiende, se eleva y se colora sobre el cielo
de tonos sombríos aquellas masas de humo, brotan
por todas partes; de las montañas, de las baterías
enemigas, de la ciudad, y se remontan a los aires; el
estampido de las detonaciones conmueve el aire con
su continuo fragor. Cerca de mediodía, las humar e-
das van haciéndose más escasas, y las vibraciones
de las capas de aire menos frecuentes.
-¿Sabe usted que el segundo baluarte no co n-
testa? -dice el oficial de húsares. - Está todo por ti e-
rra; ¡es espantoso!
-Sí, y de Malakoff sólo responden dos veces por
cada tres -replica el que observa con el an teojo.-
¡Ese silencio me da rabia! No cesan de tirar sobre la
batería de Korniloff, y ésta no responde...
-Ya verá usted, será lo que he dicho; a mediodía,
cesará el bombardeo. Siempre sucede así. Vamos a
almorzar; nos están esperando. No hay nada más
que ver aquí.
-Espérese, no me distraiga- responde a su vez
con marcada agitación el que mira con el catalejo.
-¿Qué? ¿Qué hay?
-Movimiento en las trincheras. Columnas cerra-
das que se ponen en marcha.
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-Ah, sí; ya lo veo bien -dice uno de los marin e-
ros;- avanzan en columnas; hay que hacer la señal.
-Pero mire usted ahora, mire. Salen de las tri n-
cheras.
Distinguíanse, efectivamente, a la simple vista,
descender numerosas manchas negras desde la
montaña al barranco, y dirigirse desde las baterías
francesas a nuestros baluartes. En primer término,
ante ellas veíanse unas rayas negras también, muy
próximas a nuestras líneas. De los baluartes surgi e-
ron de repente, y de distintos puntos a la vez, los
albos penachos de las descargas, y merced al viento
oyóse el crujir de nutrida fusilería, parecido a la cre-
pitación de lluvia torrencial al caer sobre cristales.
Las líneas negras avanzaban envueltas en una cort i-
na de humo, e iban acercándose; la fusilería aumen-
taba en violencia; la humareda surgía a intervalos,
cada vez más cortos; extendíase rápidamente a lo
largo de la línea, en una sola nube de color violáceo
claro, desarrollándose y desenvolviéndose sin int e-
rrupción, surcada aquí y allá por fogo nazos o atr a-
vesada por puntos negros. Todos los ruidos se
confundían en el fragor de un prolongado trueno.
-Es el asalto -dijo el oficial, palideciendo de
emoción y alargando el anteojo al marino.
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202
Cosacos y oficiales pasaron a caballo por la
cumbre, precediendo al comandante en jefe que iba
en carruaje, acompañado por su escolta; sus rostros
expresaban penosa emoción de ansiedad.
-Es imposible que lo tomen -dijo el oficial de
caballería.
-¡Dios del Cielo! ¡La bandera!... ¡ mirad!
-exclamó el otro sofocado de angustia, y se apartó
del anteojo.- ¡El pabellón francés sobre el mamelón
de Malakoff
-¡Imposible!...
XXIV
El mayor de los Koseltzoff, que había tenido
tiempo durante la noche de ganar y de volver a pe r-
der todas sus ganancias, incluso además las mon e-
das de oro cosidas en las vueltas de su uni forme,
dormía, por la mañana en el cuartel del quinto b a-
luarte con el sueño más profundo, cuando estalló el
siniestro grito repetido con indiferentes voces de, ¡a
las armas, a las armas!
-Despierte usted, Mikhail Semenovitch, el asalto
-le gritó una voz al oído.
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- ¡Una broma de estudiante! - respondió abrien-
do los ojos sin creer en la noticia.
Pero cuando vio a un oficial pálido, agitado, que
corría aturdido de un lado para otro, lo comprendió
todo, y a la idea de que pudieran tomarle quizá por
un cobarde, que procuraba no incorporarse a su
compañía en el momento crítico, le dio tal volqueta-
zo en el corazón, que se echó fuera, y corrió de un
tirón a reunirse a sus soldados. Los cañones habían
enmudecido, pero la fusilería arreciaba de firme, si l-
bando las balas, no aisladamente, sino por enja m-
bres, como pasan sobre muchas cabezas en otoño
las bandadas de pájaros. Todo el espacio ocupado la
víspera por su batallón estaba lleno de humo, de
gritos e imprecaciones; en su camino encontró mu l-
titud de soldados y heridos, y treinta pasos allá di s-
tinguió a su compañía adosada al parapeto.
- El reducto de Schwarz ha sido ocupado por
ellos -le díjo un oficial joven.- Todo está perdido.
-¡Qué majadería! -le respondió con cólera, y sa-
cando de la vaina su espada corta y sin punta, e x-
clamó:- Adelante, muchachos, ¡hurra!...
Su voz fuerte y sonora, lo reanimó a él mismo;
corrió adelante a lo largo del camino cubierto ci n-
cuenta soldados siguieron en pos gritando; al d e-
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sembocar en un espacio libre, una granizada de pr o-
yectiles los recibió; dos le dieron simultáneamente,
pero no tuvo tiempo de comprender dónde le h a-
bían tocado y si le hirieran o con tusionaran, pues
entre el humo, aparecían ante él los uniformes az u-
les, pantalones grancé y oíanse gritos que no eran
rusos. Un francés, sen tado sobre el parapeto, agit a-
ba su chacó, gritando. La convicción de que s ería
muerto aguijoneaba el valor de Koseltzoff; corrió
mas, siempre a vanguardia; algunos soldados lo r e-
pasaron, otros aparecieron de pronto por otra parte
y corrieron con él; la distancia entre ellos Y los un i-
formes azules, que al huir se volvían a las trincheras,
permanecía invariable, pero sus pies tropezaban con
heridos y muertos; al llegar al foso exterior, todo se
confundió ante sus ojos, y sintió violentísimo dolor
en el pecho; media hora después hallábase sobre
una camilla, junto al cuartel Nicolás. Sabía que est a-
ba herido, pero sin sufrir molestia alguna; hubiera
deseado, no obstante, beber algo frío y hallarse
acostado con más comodidad.
Un médico, grueso y bajito con patillas negras,
acercóse a él y le desabrochó el capote. Koseltzoff
contempló, por encima de su barba, la cara del
doctor, que examinaba su herida sin causarle dolor
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205
alguno; aquél, tras de cubrirla con la camisa del h e-
rido, se enjugó los dedos con el faldón de la levita, y
volviendo la cabeza, pasó silencioso, a otro herido.
Koseltzoff seguía maquinalmente con la vista lo que
pasaba en torno suyo, y transportándose con la
memoria al quinto baluarte, sintió dulce satisfacción
al hacerse justicia; había cumplido con su deber,
siendo la primera vez, desde que estaba en el serv i-
cio, que lo hiciera sin tener nada que reprocharse. El
médico, que acababa de curar otro oficial, hizo una
seña al capellán, de hermosa y luenga barba roja,
que permanecía allí con su cruz.
-Pero, ¿es que voy a morir? -le preguntó Ko-
seltzoff, viéndolo acercarse.
El pope nada respondió, recitó unas oraciones, y
le presentó la cruz.
La muerte no asustaba a Koseltzoff; aproxi-
mando con mano débil la cruz a sus labios, lloró.
-Los franceses... ¿han sido rechazados? --
preguntó al capellán con voz firme.
-La victoria es nuestra en toda la línea -res-
pondió éste para co nsolar al moribundo, ocul-
tándole la verdad, pues el pabellón francés on deaba
ya sobre el mamelón de Malakoff.
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-¡Gracias sean dadas a Dios! -murmuró el heri-
do, cuyas lágrimas corrían, sin que él lo sin tiera, por
sus mejillas. El recuerdo de su hermano atravesó
durante un segundo por su cerebro.
- Dios quiera concederle la misma dicha -
agregó.
XXV
Pero no fue tal la suerte de Volodia. Escuchan-
do estaba una historia que refería Vassin, cuando el
grito de alarma ¡vienen los franceses! hizo que se le
agolpara la sangre al corazón; sintió palidecer y h e-
larse sus mejillas, quedó un segundo herido de est u-
por, después, mirando en torno suyo, vio a los
soldados abrocharse los capotes y salir fuera, unos
tras de otros, y oyó a uno de ellos, probablemente
Menilkoff, decir chanceándose: -Vamos, hijos,
ofrezcámosles el pan y la sal.
Volodia y Vlang, que no se apartaban de él, s a-
lieron juntos, precipitándose a la batería. Tanto de
una parte como de otra, la artillería había cesado de
tirar. La despreciable y cínica pusilanimidad del jun-
ker, más que la sangre fría de los soldados, tuyo la
virtud de reanimar el valor del alférez.
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-¿Me pareceré a él? -se dijo, lanzándose viv a-
mente hacia el parapeto tras el cual estaban empl a-
zados los morteros.
Desde allí vio distintamente a los franceses cr u-
zar corriendo un espacio libre de todo obstáculo y
venir derechos hacia él; sus bayonetas, brillando al
sol, se agitaban en las trincheras más próximas. Un
zuavo de corta estatura, de hombros cuadrados, c o-
rría, sable en mano, ante los demás, brincando los
fosos.
-A metralla -gritó Volodia, saltando de la ba n-
queta, pero a los soldados se les había ocurrido ya
esto, y el crujir metálico, de la metralla, lanzada pr i-
mero por un mortero y después por el segundo, r e-
sonó sobre su cabeza. -¡Primero! ¡segundo! -mandó,
cruzando velozmente el espacio entre las dos piezas
y olvidándose por completo del peligro. Los gritos y
el montar de los fusiles del batallón encargado de
defender nuestra batería oíase por una parte, cuando
de, súbito, por la izquierda elevóse un clamor d e-
sesperado, repetido por muchas voces.
-¡Vienen por retaguardia! -y Volodia, volvié n-
dose, divisó unos veinte franceses. Uno de ellos,
buen mozo, de barba roja, corrió hacia él, y det e-
niéndose a diez pasos de la batería le disparó un tiro
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y prosiguió su carrera. Volodia, petrificado no qu e-
ría creer a sus ojos. ¡Ante él, sobre el parapeto, más
uniformes azules y dos franceses que clavaban ya un
cañón! Excepto Menilkoff, muerto de un balazo
junto a él, y de Vlang, que con los ojos bajos y el
rostro inflamado por el furor, blandía el espeque, no
quedaba nadie.
-Sígame usted, VIadimir Semenovitch, sígame
-gritó Vlang con voz desesperada; defendiéndose
con la palanca contra los franceses que venían por
la gola.
El aspecto amenazador del junker y el golpe con
que derribó a uno los detuvieron.
-Sígame usted, Vladimir Semenovitch. ¿Qué es-
pera? ¡Huya usted! -y se precipitó a la trinchera,
desde donde nuestra infantería disparaba sobre el
enemigo. Volvió a salir, sin embargo, enseguida p a-
ra ver qué había sido de su adorado alférez. Una
masa informe, envuelta en un capote gris, vacía con
el rostro hacia tierra en el lugar donde quedara Vo-
lodia, y todo el espacio aquél hallábase ocupado ya
por los franceses que tiraban sobre los nuestros.
XXVI
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Vlang logró encontrar su batería en la segunda
línea, de defensa; de los veinte soldados que la
componían poco antes, ocho solamente habían
quedado con vida.
Hacia las nueve de la noche, el junker con su
gente atravesaba la bahía en vapor con rumbo a la
Severnaia. El buque iba, cargado de heridos, de c a-
ñones y de caballos; el fuego había cesado en toda el
campo de batalla. Como la noche anterior, brillaban
las estrellas en el cielo, pero el viento había arreci a-
do y agitaba el mar.
En el primero y segundo baluarte surgían nume-
rosos fogonazos al ras del suelo que iluminaban el
horizonte, precediendo a otras tantas explosiones
que sacudían la atmósfera, permitiendo ver lanzadas
por el aire nubes de piedras y objetos negros de
forma extraña; algo ardía cerca de los docks, y una
llamarada rojiza reflejábase en el agua; el puente,
cubierto por apretada muchedumbre aparecía ilum i-
nado por los fuegos de la batería Nicolás; un haz de
llamas parecía elevar se sobre el agua en la lejana
punta de la batería Alejandro, iluminando la capa
inferior de una nube, de humo que se balanceaba
encima de ella.
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Como la noche anterior, las luces de la escuadra
enemiga brillaban a lo lejos en el mar, tranquilas e
insolentes; los mástiles de nuestros buques, echados
a pique y sumergiéndose poco a poco en las pr o-
fundas aguas, dibujábanse sobre la roja luz del i n-
cendio. Sobre la cubierta del vapor nadie hablaba;
de tiempo en tiempo, entre el cabrilleo de las ondas,
hendidas por sus ruedas, y el ruido de la máquina,
oíase resoplar a los caballos, cuyas herraduras go l-
peaban la tablazón, y al capitán lanzar algunas voces
de mando, así como los lamentos dolorosos de los
heridos. Vlang, que no había comido desde el día
antes, sacó un cantero de pan del bolsillo y mordió
en él, pero al acordarse de Volodia rompió a soll o-
zar tan ruidosamente que llamó la atención de los
soldados.
-¡Mira! Come pan y llora nuestro Vlang - dijo
Vassin.
-Es extraño -añadió otro.
-Mira allí, han quemado nuestros cuarteles
-prosiguió suspirando.- ¡Cuántos han muerto de los
nuestros! ¡Y a pesar de todo, los franceses han e n-
trado!
-Y a duras penas hemos logrado escapar vivos;
hay que dar gracias a Dios -agregó Vasssin.
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-¡Lo mismo da; es desesperante!
-¿Por qué? ¿Crees que les irá bien ahí? Espérate;
ya verás cómo lo recobramos. ¡Perderemos más
gente, es posible; pero, tan verdad como que Dios
es Santo, que si el Emperador lo manda, se recobr a-
rá! ¿Crees que se les ha dejado de cualquier modo?
¡Vaya! No les quedan sino cuatro paredes; han sido
volados los atrincheramientos. Han conseguido
plantar su bandera sobre el mamelón, es cierto; pero
no se arriesgarán a entrar en la ciudad. -Espérate un
poco, no quedaremos en deuda contigo. Danos
tiempo tan sólo -exclamó, mirando hacia las pos i-
ciones de los franceses.
-Así será, de seguro -añadió otro, convencid a-
mente.
En toda la línea de los baluartes de Sebastopol,
donde durante meses enteros alentó la vida ardiente
y enérgica, donde durante meses sólo la muerte r e-
levaba a los héroes que agonizando unos tras otros
inspiraban el terror, el odio y hasta la admiración
del enemigo; sobre aquellos baluartes, repito, no se
veía ya un alma; todo estaba muerto, feroz, espanto-
so, pero no en silencio, que todo iba desplománd o-
se en aquel contorno con hórrido fracaso. Sobre la
tierra, agrietada, por reciente explosión, yacían e s-
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212
parcidas cureñas rotas y cadáveres rusos y franceses
aplastados; enormes cañones de hierro fundido, que
rodaron al foso a impulsos de terrible fuerza, medio
enterrados en el suelo y mudos para siempre; bo m-
bas, balas, fragmentos de vigas, zanjas, armaduras
de los blindajes y más cadáveres aún con capotes
azules o grises que parecían sacudidos por supremas
convulsiones, y a los que, iluminaba a i ntervalos el
rojo resplandor de las explosiones que hacían r e-
temblar el aire.
El enemigo veía, bien claro que algo insólito
ocurría en el formidable Sebastopol, y aquellas e x-
plosiones, aquel silencio de muerte en los baluartes
hacíale temblar; bajo la impresión de la resistencia
tranquila y firme de aquella postrera jornada, no se
atrevía aún a creer en la desaparición de su invenc i-
ble adversario, y espera ba con ansiedad, callado e
inmóvil, el fin de aquella noche lúgubre.
El ejército de Sebastopol, semejante a un mar
cuya masa líquida, inquieta y azulada, se extiende y
se desborda, avanzaba con lentitud en la noche
sombría, ondulando en la obscuridad impenetrable
por el puente de la bahía, dirigiéndose a la Sever-
naia; alejándose de aquellos lugares en los que h a-
bían sucumbido en tan crecido número los héroes
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que regaran con su sangre; de aquellos lugares d e-
fendidos durante once meses contra un enemigo
dos veces superior en fuerza, y los cuales había r e-
cibido orden de abandonar aquel mismo día, sin
combatir.
La primera impresión cansada por aquella orden
del día, oprimió pesadamente el corazón de los r u-
sos; después, el temor de la persecución fue el se n-
timiento dominante en todos. Los soldados, hechos
a batirse en los sitios que abandonaban, sintiéronse
sin defensa en cuanto se alejaron de ellos; inquietos,
agolpábanse en la entrada del puente, sacudido por
ráfagas violentas. A través de la aglomeración de
regimientos, de milicias, de carruajes, echándose
unos sobre otros; la infantería, cuyos fusiles choc a-
ban entre sí, y los oficiales de órdenes, a duras p e-
nas podían abrirse camino; los vecinos y los
sirvientes militares que acompañaban a los bagajes,
pedían llorando, que los dejaran pasar, mientras que
la artillería, presurosa por alejarse, rodaba con e s-
trépito al descender a la bahía.
Aunque la atención se viera distraída por mil
detalles, el sentimiento de la conservación y el
deseo de huir lo más pronto p osible de aquel lugar
horrible, invadía el espíritu de cada cual, así del so l-
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dado mortalmente herido, echado entre otros qu i-
nientos infelices sobre las losas del muelle Pablo y
pidiendo a Dios la muerte, como del miliciano re n-
dido, que haciendo el postrer esfuerzo penetra en la
compacta multitud para dejar camino libre a un jefe;
como del General que pide paso con voz imperiosa
a los soldados impacientes, o del marinero perdido
entre un batallón en marcha y casi ahogado por la
muchedumbre en movimiento, y del oficial herido a
quien transportan cuatro soldados que, detenidos
por el tropel, dejan en el suelo la camilla junto a la
batería Nicolás, y del veterano artillero que durante
dieciséis años no se separó del cañón y que con
ayuda de sus compañeros y por orden, para él i n-
comprensible, de su jefe, apréstase a volcarlo de un
golpe en la bahía, y en fin, de los marinos que ac a-
ban de echar a pique sus buques y que reman con
vigor al alejarse en los botes y falúas. Al llegar al
extremo del puente, cada soldado, con poquísimas
excepciones, se descubría persignándose; pero ad e-
más de este sentimiento experimentaba otro, más
profundo: una sensación próxima al arrepent i-
miento, a la vergüenza, al odio, y con indescriptible
amargura en el corazón, suspiraban todos penos a-
mente, proferían entre dientes terrible amenaza
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215
contra el enemigo y lanzaban, al llegar a la costa
norte, la última mirada sobre Sebastopol abandona-
do.
FIN
g(16252330)a(1370685))
Sebastopol
Tolstoi
El musico Alberto
10 consejos
Lo mas utilizado
La nueva Web 20
Obra Julio VerneJulio Verne
Alejo EvitaObra de AllendeAllendeCaballo de Troya 2 Historia de España siglo XXCaballo de Troya 7 Paratorpes El alquimista La carta robada El jugador de Dostoyevski Cien años de soledad Aguas primaverales Aparece Peter Pan Paraíso perdido Los viajes de Gulliver Retrato adolescente Matrix, de donde venimos Los mensajes de los sabios Libros curiosos
Estupidos hombres blancosEl arte de amarMapa Piri Reis
Revista Tara Reflexiones canarias Los tiempos finales Las parábolas de Krion El viaje a casa En soledad con Dios Cartas desde el hogar Pasand
misma violencia. Hacia las once de la mañana, Vo-
lodia Koseltzoff reunióse a los oficiales de su bat e-
ría. Íbase acostumbrando a aquellas caras nuevas;
les interrogaba y les transmitía, a su vez parte de sus
impresiones. La conversación modesta, quizá un
poco pedante, de los ar tilleros, le agradaba, insp i-
rándole respeto, y en cambio su exterior simpático,
sus tímidas maneras y su ingenuidad, predisponían a
aquellos señores en favor suyo. El oficial más ant i-
guo de la batería, un capitán bajito, de pelo rojo, con
tupé y peinado bien liso sobre las sienes, educa do
en las antiguas tradiciones de la artillería, galante
con las damas y con pretensiones de sabio, explorá-
bale sobre sus conocimientos en esta ciencia, sobre
los adelantos más recientes, y lo trataba como a un
hijo, lo cual traía encantado a Volodia. El subt e-
niente Dedenko, oficialito con acento de pequeño
ruso27, de cabellera alborotada y capote roto, le
gustaba también, a pesar de sus gritos; pues bajo
27 Natural de la Rusia Menor.
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aquella ruda corteza, adivinaba Volodia un hombre
digno y pundonoroso. Dedenko ofreció con insi s-
tencia sus servicios al joven y trató de probarle que
los cañones de Sebastopol no habían sido emplaz a-
dos según las reglas. Por el contrario, el teniente,
Tchernovitzky, de cejas notablemente arqueadas,
vestido de levita aseada cuidadosamente, aunque
ajada y con remiendos, y cadena de oro sobre chal e-
co de raso, no le inspiró bien que fue se superior a
los otros en distinción y finura, la menor simpatía;
no cesaba de preguntar a Volodia detalles sobre el
Emperador y el ministro de la Guerra; refería con
ficticio entusiasmo las hazañas realizadas en Sebas-
topo1; hacía alarde de gran saber, de sentimientos
muy nobles, perro a pesar de todo, y sin que supiera
decirse el por qué, aquellos discursos sonaban en
hueco al oído del joven, y aun pudo notar que los
demás oficiales evitaban generalmente la convers a-
ción de Tchernovitzky. El junker Vlang, a aquel a
quien despertó la noche antes, sentado modest a-
mente en un rincón, callaba, riéndose a veces de a l-
gún chiste, pronto siempre a recordar lo que
olvidaban los otros; ofrecía por turno a estos el
frasco del aguardiente y liaba cigarrillos para todos.
Seducido por las maneras sencillas y afables de
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Volodia, que no lo trataba como a un chiquillo, y
por su exterior agradable, no se apartaban sus oja-
zos cariñosos del rostro del recién llegado; adivin a-
ba y preveía todos sus deseos, impulsado por un
sentimiento de admiración exaltada que los oficiales
notaron en seguida y con motivo del cual no le e s-
casearon las bromas.
Poco antes de comer, el segundo capitán, Kraut,
relevado de su servicio en el baluarte, vino a unirse
a la reducida sociedad. Rubio, guapo rnozo, vivo,
poseedor de bigotes rojos y patillas de igual color,
hablaba el ruso perfectamen te, pero con e xcesiva
corrección y elegancia, para un ruso de pura sangre.
Tan irreprochable en el servicio como en la vida
privada, la perfección era su defecto; excelente
compañero de seguridad a prueba en los asuntos de
intereses, faltábale algo como hombre, precisamente
porque lo poseía todo. Por un contraste notable con
los alemanes idealistas de Alemania era, a ejemplo
de los alemanes rusos, práctico en grado exorbita n-
te.
-¡He aquí, he aquí a nuestro héroe! -exclamó el
capitán en el momento en que entraba Kraut accio-
nando, y haciendo chocar sus espuelas. - ¿Qué quie-
re usted, Federico Cristianovitch, té o aguardiente?
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-Me he mandado hacer té -respondió;- pero no
rehusaré el aguardiente mientras lo hacen, para con-
solarme el espíritu. Me alegro mucho de conocerle.
Le ruego que nos quiera y sea un buen compañero
para nosotros -dijo a Volodia, que se había levant a-
do para saludarlo. - Capitán de segunda Kraut... Me
han dicho que llegó usted anoche.
-Permítame usted que le dé las gracias por su
cama, que he utilizado esta noche.
-¿Y ha dormido usted siquiera cómodamente?
Porque le falta una pata, y no es posible componerla
mientras dure el sitio.
- Y bien, ¿ha salido usted bien hoy?- le preguntó
Dedenko.
-¡Sí, gracias a Dios! Pero Shovortzoff ha caído.
Hubo que arreglar una cureña; las gualderas queda-
ron hechas añicos...
Y se levantó de pronto para pasear por la esta n-
cia: veíase que experimentaba la sensación agradable
del hombre que acaba de salir sano y salvo de un
gran peligro.
-Y bien, Dimitri Gravilovitch -dijo, dando una
palmada amistosa, - ¿cómo estamos? ¡ batiuchka!
¿Por dónde anda su propuesta? ¿No ha, resollado
aún?
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-No; no hay nada.
-Y no habrá -intervino Dedenko,- ya se lo he
demostrado.
-¿Por qué no resultará nada?
-Porque la comunicación está mal puesta.
-¡Qué sempiterno discutidor! -dijo Kraut j o-
vialmente.- ¡Un verdadero ruso-menor testarudo!
Bueno, pues, ya verá usted cómo para mortificarle
lo ascenderán a teniente.
- No, no harán nada.
-Vlang, -añadió Kraut, dirigiéndose al junker,-
llene usted mi pipa y tráigamela, haga usted el favor.
La presencia de Kraut había animado a to dos.
Hablando con cada uno, daba detalles y pre guntaba
lo que había ocurrido en su ausencia.
XVIII
-Conque... ¿se ha instalado usted ya? -preguntó
Kraut a Volodia. -Pero, usted perdone, ¿cómo se
llama? El nombre y apellido. Así es costumbre entro
nosotros, en artillería. ¿Tiene usted caballo de
montar?
-No -respondió el alférez- y estoy en un co m-
promiso; se lo he dicho al capitán. No tengo ni c a-
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ballo ni dinero hasta que reciba los gastos de forraje
y de marcha. Quisiera pedir al comandante de la
batería que me prestase su ca ballo, pero temo que
rehuse.
-¿Quiere usted pedírselo a Apolo Sergueitch?
-dijo Kraut, emitiendo con los labios un sonido, que
debía expresar la duda. Y se quedó mi rando al c a-
pitán.
-¡Bueno, bueno! -repuso este.- ¡Si rehusa, el mal
no será mucho! A decir verdad, maldita la falta que
hace aquí el caballo; yo me encargo de pedírselo hoy
mismo.
-¡No lo conoce usted! - añadió por su parte De-
denko- rehusaría cualquiera otra cosa; pero no le
negará eso al señor ¿qué apuesta usted?
-¡Bah! Usted siempre esta dispuesto a contrad e-
cir... usted...
-Contradigo cuando hay por qué. El no es ru m-
boso de suyo, pero prestará el caballo, porque no
tiene ningún interés en rehusarlo.
-¿Cómo ningún interés? Cuando la avena le sale
aquí a ocho, rublos; es evidente su interés; siempre
será un caballo menos que alimentar.
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-¡Vladimir Seinenovitch! -interrumpió Vlang,
que venía con la pipa de Kraut- pídale usted el E s-
tornino, es un caballo superior...
-¿Con el cual se cayó usted al foso, ¡eh! Vlang?
-hizo observar el capitán segundo.
-Se equivoca usted al decir que la avena está a
ocho rublos -sostenía entretanto Dedenko, que ha-
bía continuado la discusión.- Según las últimas noti-
cias, está a diez cincuenta... es eviden te, que no le
resulte provechoso en...
-¿Pero quiere usted que no le quede nada? Si
usted estuviera en su lugar, no prestaría un caballo
ni para ir a paseo. Cuando yo sea comandante de
batería, mis caballos, ¡ batiutchka!, tendrán sus cuatro
garnetz bien llenos, y no pensaré en adquirir rentas.
-El que viva lo vera -replicó Kraut,- usted hará
lo mismo cuando tenga una batería, y éste también
-indicando a Volodia.
-¿Por qué supone usted, Federico Cristiano-
vitch, que el señor querrá obtener también menudos
provechos? Si tiene algún caudal, ¿a qué ha de pr o-
ceder así? -preguntó a su vez Tchernovitzky.
- No... yo... dispense usted, capitán -dijo Vodolia
ruborizándose hasta las orejas, - eso se ría indigno a
mis propios ojos.
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-¡Oh, oh! ¡ Qué sopa en leche!28 -le dijo Kraut.
-Eso es otra cuestión, capitán; pero creo que no
puedo quedarme con dinero que no me pertenezca.
-Y yo le digo a usted otra cosa -prosiguió el ca-
pitán con tono mas seguro. - Sepa usted que es muy
ventajoso llevar bien las cuentas siendo comandante
de batería. Sepa usted que éste no tiene que cuidarse
de la alimentación de sus soldados; así ocurre,
siempre, entro nosotros, en artillería. Si usted no l o-
gra unir bien los dos cabos, no le quedará un cént i-
mo. Enumere más a la ligera los gastos. En primer
lugar el herraje -y el capitán dobló un dedo- después
el botiquín - dobló el segundo- luego la of icina -ya
son tres,- más los caballos de tiro, que cuestan segu-
ramente quinientos rublos -son cuatro- la recompo-
sición de los cuellos de los soldados y el carbón que
se gasta, en gran cantidad, y por úl timo, la mesa de
los oficiales. Además, como jefe de batería, hay que
vivir de un modo conveniente; necesita una caleche,
una, pelliza, etc.
-Y lo principal -dijo el capitán, que había gua r-
dado silencio hasta entonces, - helo aquí, Vladimir
Semenovitch. Aquí tiene usted a un hombre como
28 Modismo cariñoso ruso, equivalente a ¡que candidez, que inocencia!
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yo, por ejemplo, que ha servido veinte años rec i-
biendo primero doscientos, después trescientos r u-
blos de paga... Pues bien, ¿cómo no ha de
recompensar el Gobierno sus años de servicios
dándole un pedazo de pan para la vejez?
-Es indiscutible -replicó el segundo capitán- así,
no se dé usted prisa a juzgar; sirva usted algún tie m-
po, y ya verá...
Volodia, avergonzado de la observación que
había soltado sin reflexionar, rnurmuró algunas p a-
labras y oyó en silencio cómo la emprendió Deden-
ko para defender la tesis contraria; la dis cusión fue
interrumpida por la entrada del asistente del t e-
niente coronel, anunciando que la comida estaba
servida.
-Debe usted decirlo a Apolo Sergevitch que nos
dé vino hoy -dijo el teniente Tchernovitzky abro-
chándose- ¡al diablo su avaricia! Si lo matan no lo
disfrutará nadie.
-Dígaselo usted mismo.
-¡ Ah! no, usted es más antiguo; la jerarquía ante
todo.
XIX
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Una mesa cubierta con mantel bastante ma n-
chado aparecía dispuesta en el centro de la habit a-
ción donde Vodolia fue recibido la noche antes por
el jefe; éste le tendió la mano preguntán dole nuevas
de Petersburgo y de su viaje.
-Bueno, señores; hagan ustedes el favor de ace r-
car el aguardiente ¿los alféreces no beben? - añadió
sonriendo.
El comandante de la batería no parecía hoy tan
severo como la noche anterior; más bien tenia el a s-
pecto de un. huésped bondadoso y hospitalario; de
un compañero entre sus oficiales, todos, a pesar de
esto, desde el veterano capitán al alferez Dedenko,
le demostraban un respeto que se traducía en la
atención tímida, con que le hablaban, aproximánd o-
se por turno para beber su copa de aguardiente.
La comida componíase de chtchi servido en una
gran sopera, donde flotaban trozos de carne emp a-
pados en grasa, hojas de laurel y mucha pimienta; de
zrasi a la polonesa con mostaza, y de kolduny con
manteca ligeramente rancia; no había servilletas; las
cucharas eran de madera o de estaño; vasos apar e-
cían sólo dos, y sobre la mesa sólo una garrafa de
agua con el cuello roto. La conversación no cesaba;
se habló primero de la batalla de InKerman, en la
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cual hubo de tomar parte la batería; cada cual reco r-
daba sus impresiones, sus juicios sobre las causas
del fracaso, callándose en cuanto, hablaba el jefe de
la batería. Después se lamentaron de carecer de c a-
ñones de ciertos calibres; fueron discutidos los ú l-
timos perfeccionamientos, lo que dio ocasión a
Volodia para demostrar su ciencia, y dato curioso, la
conversación no llegó a rozar siquiera levemente el
asunto de la tremenda situación de Sebastopol, lo
que parecía querer decir que todos y cada uno, por
lo que a sí mismo concernía, se preocupaban de ello
demasiado para poder hablar. Volodia muy admira-
do y aún apesadumbrándose de que ni se aludiese
tan sólo a los deberes del servicio, decíase que sin
duda no había llegado uno a Sebastopol para dar
detalles sobre los nuevos cañones y comer con el
comandante de la batería. Una granada estalló, d u-
rante la comida, a dos pasos de la casa; el techo y las
paredes fueron sacudidas como en un terre moto, y
el humo de la pólvora extendióse por fuera sobre
los vidrios de la ventana.
-No habrá visto usted esto en Petersburgo pero
aquí recibimos a menudo esas sorpresas. A ver,
Vlang, haga, usted el favor de mirar -añadió el c o-
mandante,- dónde ha caído esa granada.
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Vlang miró y anunció que en la plaza.
Poco antes de concluir de comer, uno de los
soldados escribientes entró para dar a su jefe tres
pliegos cerrados:
-Este es muy urgente; lo acaba de traer un cos a-
co, a caballo, de parte del Comandante General de
artillería.
Los oficiales siguieron con ansiosa impaciencia
los dedos ejercitados de su superior al romper el s e-
llo del sobre que traía escrito «muy urgen te», y de
donde sacó un papel.
-¿Qué podrá ser esto? -preguntóse cada cual.-
¿Será la orden de salir de Sebastopol para desca n-
sar, o la de sacar a las fortificaciones toda la batería?
-¡Siempre lo mismo! -exclamó el comandan te
arrojando con cólera el pliego sobre la mesa.
-¿Qué es eso, Apolo Sergevitch? -preguntó el
oficial más antiguo.
-Piden un oficial y sirvientes para una batería de
morteros. No tengo más que cuatro oficia les y mis
sirvientes no están completos -dijo entre dientes- y
ahora, me exigen... Sin embargo, es preciso que vaya
alguno, señores -prosiguió al cabo de un instante-
hay que estar a las siete. Envíeme usted al sargento
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primero. Y bien, caballeros, ¿quién va a ir? dec í-
danlo ustedes mismos.
-Pues mire usted... El señor no ha hecho aún
ningún servicio - dijo Tchernovitzky señalando a
Volodia.
El comandante de la batería, guardó silencio.
-Sí, no deseo otra cosa -exclamó Volodia, sin-
tiendo un sudor frío humedecerle el cuello y el esp i-
nazo.
-No; ¿por qué? -interrumpió el capitán- nadie
debe rehuir el servicio, pero ofrecerse voluntario es
inútil; puesto que Apolo Sergevitch nos deja libres,
echaremos suertes como la otra vez.
Todos se conformaron. Kraut cortó con cuid a-
do unos cuadraditos de papel, y enrollándolos, los
echó en una gorra. El capitán soltó algunas bromas
y aprovechó la ocasión para pedir vino al teniente
coronel, a fin de adquirir valor, según añadió. De-
denko tenía aspecto sombrío, Volodia sonreía,
Tchernovitzky pretendía que él iba a ser el design a-
do por la suerte, Kraut permanecía completamente
tranquilo.
Ofrecieron a Volodia que sacase el primero; el
joven cogió una de las papeletas, la más larga, pero
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la cambió en el acto por otra más pe queña y más fi-
na, y desenvolviéndola, leyó la palabra Ir.
-Me toca a mí -dijo.
-Pues bien, ¡que Dios lo proteja!... Este será su
bautismo de fuego -dijo el comandante, conte m-
plando con una sonrisa de bondad el rostro co n-
movido del alférez, - pero, alístese usted pronto;
para que vaya usted mejor, Vlang le acompañara en
lugar del artificiero.
XX
Vlang, muy satisfecho de su misión, corrió a
vestirse y volvió en el acto a ayudar a Volodia a ha-
cer sus preparativos, aconsejándole que se llevara su
cama, la pelliza, un número viejo de Los Anales de la
Patria, una cafetera con una lamparilla de espíritu de
vino y otros objetos inútiles. El capitán, a su vez,
encargó a Volodia, que leyese en el Manual para uso
de los oficiales de artillería, el pasaje referente al tiro de
mortero, sacando, acto seguido, copia de él. Volodia
se puso, desde luego, al trabajo, feliz y sorprendido,
al sentir que el terror a los peligros, el miedo, sobre
todo, de pasar por un cobardón, no eran tan fuertes
en él como el día antes, pues las impresiones del día
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y sus ocupaciones habían contribuido a disminuir su
intensidad. A las siete de la tarde, cuando el sol de s-
cendía ya a ocultarse tras del cuartel Nicolás, el sa r-
gento primero vino a decirle que la gente estaba lista
y esperando.
-Ya he dado la lista a Vlang; Vuestra Nobleza se
la podrá pedir.
-¿Habrá que hacerles un discurso? -preguntó
Volodia al ir, acompañado del junker, en busca de
los veinte artilleros que, ceñido el sable, lo esper a-
ban fuera- ¿O bastará decirles sencillamente: «bu e-
nos días, muchachos» o no decir nada. ¿Por qué no
decirles buenos días, muchachos? Me parece que
eso es lo que corresponde... - y con su voz llena y
sonora gritó:- ¡Buenos días, muchachos!
Los soldados respondieron alegremente a su
saludo; su voz joven y fresca, habíales acariciado
agradablemente el oído. Púsose a su frente, y a pesar
de que su corazón latía como si aca base de cr uzar
algunas verstas corriendo, su paso era ligero y sus l a-
bios sonreían. Al llegar cerca, del mamelón de Ma-
lakoff, notó, al subirlo, que Vlang, el cual no se
separaba un paso de él y que le había parecido tan
valiente abajo en el alojamiento, huía el cuerpo y
bajaba la cabeza, como si las balas y las granadas
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que venían silbando hasta allí, sin interrupción, fu e-
sen a caer directamente sobre él; algunos soldados
hacían lo mismo, y la mayor parte de las fisonomías
expresaban, si no miedo, por lo menos inquietud:
esta circunstancia, acabó de afirmar, reanimán dolo,
su valor.
-Heme aquí, pues; heme aquí, también yo, en el
mamelón de Malakoff; me lo figuraba mil veces más
terrible, y ando y avanzo sin hacer cortesías a los
proyectiles. ¿Tengo, acaso, menos miedo que los
otros? No soy, pues, un cobarde -decíase con júbilo,
con el entusiasmo del amor propio satisfecho.
Este sentimiento fue, no obstante, amortigua do
por el espectáculo que se presentó ante sus ojos;
cuando llegaba ya con el crepúsculo a la batería de
Korniloff, cuatro marineros, cogiendo unos por los
pies y otros por los brazos el cuerpo ensangrentado
de un hombre descalzo y sin capote, se disponían a
arrojarlo por encima del parapeto (al segundo día de
bombardeo echábanse los muertos al foso, pues no
había tiempo de retirarlos). Volodia, presa de est u-
por, vio el cadáver chocar con la cresta del parapeto
y caer resbalando desde allí al foso; felizmente pa ra
él, encontró en aquel mismo momento al Coma n-
dante del baluarte, que le dio un conductor para
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guiarlo a la batería y al alojamiento blindado de los
sirvientes. No referiremos cuantas veces nuestro hé-
roe se vio expuesto al peligro aquella noche; nada
diremos de su decepción al ver que en vez de e n-
contrar allí un tiro ajus tado a todas las r eglas de
precisión, tal como se practicaba en Petersburgo, en
la llanura de Volkovo, hallóse frente a dos morteros
solamente, el uno con los rebordes partidos por una
granada, y el otro sosteniéndose sobre los fragmen-
tos de un afuste hecho pedazos; ni diremos cómo le
fue imposible procurarse soldados para repararlo
antes del día, cómo no encontró carga alguna de c a-
libre indicado en el manual; ni hablaremos de sus
impresiones al ver rodar por tierra a dos de sus art i-
lleros heridos ante él, ni, en fin, cómo se vio él
mismo, veinte veces con la vida pendiente de un c a-
bello. Por fortuna, el jefe de pieza, que le dieron p a-
ra ayudarlo, un marino de gran estatura, afecto a los
dos morteros desde que principiara el sitio, le asegu-
ró que podían servir aún, prometiéndole, mientras
paseaba por el baluarte con una linterna en la mano
con tanta tranquilidad como si estuviese en su
huerto, que los pondría en estado de servicio antes
del amanecer.
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El reducto blindado en el cual su guía lo intr o-
dujo, no era sino una gran cavidad estrecha y larga,
perforada en el suelo pedregoso, de unas dos sagenas
cúbicas de profundidad, protegida por vigas de e n-
cina de una archina de diámetro; allí se estableció
con su gente. En cuanto, Vlag divisó la puertecilla
baja que le daba paso, lanzóse dentro con tal prec i-
pitación, que lo arrastró casi a caer al suelo, pav i-
mentado con piedras, y escondiéndose en un rincón
no quiso salir más. Los soldados se instalaron en
tierra junto a las paredes; algunos encendieron sus
pipas, y Volodia armó su cama en un rincón, echóse
en ella y encendió a su vez un cigarrillo. Sobre sus
cabezas se sentía, debilitado por el blindaje, el e s-
tampido sin interrupción de las descargas; un cañón
solo, emplazado muy cerca, hacía retemblar el abr i-
go cada vez que disparaba. En el interior todo pe r-
manecía en calma. Los soldados, intimidados aún
por la presencia del oficial nuevo, sólo cambiaban
entre sí alguna que otra palabra para pedirse fuego o
algo de sitio; una rata roía allá entre las piedras, y
Vlang, que aun no se había repuesto de su emoción,,
lanzaba de vez en cuando profundos suspiros,
contemplando en rededor suyo. Lo mismo aquí, sin
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estar del todo a su gusto, sentíase casi predispuesto
a la alegría.
XXI
Al cabo de diez minutos, los soldados fueron
animándose, comenzando a charlar; cerca del lecho
del oficial, en el círculo de luz, habíanse colocado
los de mayor graduación; los dos artificieros, el uno
viejo, de cabellera gris, con el pecho adornado con
muchas medallas y cruces, entre las que faltaba la de
San Jorge; el otro, un joven que fumaba cigarrillos
liados por él, y el tambor, que, como siempre, se pu-
so allí en el fondo a las órdenes inmediatas del alf é-
rez. En las sombras de la entrada, tras del
bombardero y los soldados condecorados que oc u-
paban el primer término, estaban los humildes29, que
fueron los primeros en romper el mutismo. Uno de
ellos, que vino corriendo asustado y con gran estr é-
pito, sirvió de tema a su conversación.
-¡He, oye! ¿no has querido andar más por la c a-
lle?
29 Los bisoños, los quintos.
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-¿No se pasean por allí las muchachas, eh? -dijo
una voz.
-Al revés, cantan unas canciones maravillosas,
como no se oyen en el pueblo -respondió riendo y
sofocado el recién venido.
-Vassin no es amigo de las bombas, no; no le
gustan -exclamó otro de los del grupo aristocrático.
-Cuando es preciso, ya es otra cosa -replicó
lentamente Vassin, a quien todos atendían cuan do
hablaba.- El 24, por ejemplo, caían que era una
bendición. ¿A qué hacernos matar sin objeto? ¿Nos
lo agradecerían nuestros jefes?
Estas palabras provocaron gran risa.
-Y sin embargo, mirad a Menilkoff, que se está
siempre fuera -dijo otro.
-Es verdad; hazle que, entre -añadió el veterano
artificiero.- Si no se va a hacer matar como un tonto.
-¿ Quién es Menilkoff? -preguntó Volodia.
-Mire Vuestra Nobleza, es un animal que no ti e-
ne miedo a nada: se esta paseando ahí fuera. ¿Qui e-
re verlo Vuestra Nobleza? parece un oso.
- Sabe hacer sortilegios -añadió Vassin con su
voz reposada.
Menilkoff, soldado de gran corpulencia, cosa ra-
ra, de pelo rojo, frente enorme, extraordinariamente
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bombeada, y ojos saltones azul claros, entró en
aquel momento.
-¿Tienes miedo de las bombas?
-¿Por qué he de tener miedo? -contestó Me-
nilkoff rascándose el cogote,- no será una bomba la
que me mate, bien lo sé...
-¿Te gusta, pues, estar aquí?
-Seguramente; es muy divertido. -Y se echó a
reír.
-¡Entonces habrá que hacerte tomar parte en
una salida! ¿Quieres? Se lo diré al General añadió
Volodia, que no conocía, sin embargo a General a l-
guno.
-¡Por qué no he de querer! ¡Sí que quiero! -Y
Merillkoff se ocultó tras de sus compañeros.
-Vamos a jugar, muchachos; ¿quién tiene cartas?
-preguntó una voz impaciente, y organizóse el juego
en el rincón más apartado.
Volodia, entretanto, bebía té del que le preparó
el tambor, ofreciendo de él a los artificieros, con
quienes charlaba bromeando, deseoso de hacerse
popular y muy complacido por el respeto que le
demostraban. Los soldados, al notar que el barina
era buen chico, fueron animándo se, y uno de ellos
anunció que el sitio, iba a concluir muy pronto, pues
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un marinero le había asegurado, como cosa cierta,
que Constantino, el hermano del Czar, venía a l i-
bertarlos con la escuadra Mericana30, y que en breve
habría un armisticio de dos semanas para descansar,
y que por cada cañonazo que se disparase durante la
tregua se tendrían que pagar setenta y cinco kopeks.
Vassin, en quien Volodia había reparado ya,
aquel soldado bajito con ojos grandes y dulces y p a-
tillas, refirió a su vez, en medio, del silencio general,
roto en seguida por mil risotadas, el placer que h a-
bían sentido primero al verlo volver a su pueblo
con licencia, pero que en el acto su padre lo envió a
trabajar al campo, cada día, mientras que el señor
teniente de la guardia forestal mandaba a buscar a su
mujer en drochki. Muchos de los soldados roncaban
ya; Vlang habíase tumbado también en tierra, y el
artificiero veterano, tras de extender su capote en el
suelo persignábase devotamente mascullando las
oraciones de la noche, cuando se le ocurrió a Vo-
lodia, el capricho de salir para ver lo que aconte cía
fuera.
30 Americana.
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-Retirad las piernas -dijéronse al momento los
soldados unos a otros al verlo levantarse, y cada c u-
al encogió las suyas para dejarlo pasar.
Vlang, a quien creyérase dormido, se incorporó,
sujetando a Volodia por un faldón del capote.
-Vamos, no salga usted, ¿qué va usted a ha cer?
-le dijo con acento compungido y persuasivo: -¿no
sabe usted lo que pasa? llueven los proyectiles allí;
aquí se está mejor.
Pero Volodia salió sin atenderlo y fue a sen tarse
en el umbral mismo del alojamiento, junto a Me-
nilkoff.
La atmósfera estaba fresca y pura, sobre todo,
comparándola con la que acababa de respirar; la n o-
che clarísima y serena; entre el tronar del cañón oía-
se el ruido de las ruedas de las telegas que traían
cestones y faginas, y las voces de los que trabajaban
en el polvorín: sobre su cabeza brillaba el cielo e s-
trellado, dibujándose en él los surcos luminosos de
los proyectiles; a la izquierda veíase la reducida
abertura de una archina de alto, que conducía al inte-
rior de otro blindaje, dentro del que se podían ver
los pies y las espaldas de los marineros que allí p a-
raban y a los que se oía hablar; enfrente alzábase el
macizo que cubría el polvorín, ante el cual pasaban
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y repasaban cuerpos encorvados, y en la cúspide
misma de la eminencia, expuesta a las balas y las
granadas que no cesaban de silbar en aquel sitio,
aparecía una figura negra, elevada, con las manos en
los bolsillos, pisoteando la tierra fresca que traían en
sacos; de tiempo en tiempo caía una bomba y est a-
llaba a dos pasos de la cava; los soldados obreros
agachábanse y se apartaban de allí, mientras que la
obscura silueta proseguía tranquilamente igualando
la tierra con los pies y sin moverse de su sitio.
-¿Quién es ese? -preguntó Volodia a Menilkoff.
-No sé; voy a verlo.
-No vayas, es inútil.
Pero Menilkoff se levantó sin oirlo; acercóse al
hombre negro y permaneció largo rato inmóvil
junto a éste, con la misma indiferencia que é1, hacia
el peligro.
-Es el vigilante del polvorín, Vuestra Noble za?
-dijo al volver- una bomba ha horadado el espaldón
y lo vuelven a cubrir de tierra.
Al concluir la noche, conocía perfectamente el
número y la dirección de los cañones que dispar a-
ban y en que dirección hacían fuego.
XXII
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195
Al día siguiente, 27 de agosto, después de diez
horas de sueño, salió Volodia fresco y descansado
del blindaje. Siguióle Vlang, pero éste al pri mer sil-
bido de una bala, dio un salto hacia atrás, y abrié n-
dose camino con la cabeza, se precipitó por la
angosta abertura entre la risa general de1 los solda-
dos, de los cuales todos, a excepción de Vlang, del
veterano artificiero y de otros dos o tres que solían
aparecer raras veces en el atrincheramiento, habían
salido fuera, para respirar el aire fresco de la mañ a-
na. A pesar de la violencia del bombardeo, no se les
pudo impedir que permanecieran allí, unos cerca de
la entrada, otros cubriéndose con el parapeto; en
cuanto a Menilkoff, desde que rayó el alba, iba y v e-
nía por las baterías observándolo todo, con aire i n-
diferente.
En el umbral mismo del alojamiento sentáronse
tres soldados, dos viejos y un joven: este último, j u-
dío de crespo cabello, infante agregado a la batería,
recogió una bala que rodó a sus pies y aplastándola
con un casco de bomba contra una piedra, la r e-
cortó en forma de cruz según el modelo de la de
San Jorge, mientras los otros conversaban, siguie n-
do, con interés su trabajo que le salía muy bien.
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- Yo digo que si continuamos aquí algún tiempo
más, cuando la paz se haga, nos darán el retiro.
-De seguro; no me faltaban más que cuatro años
de servicio, y hace cinco meses que estoy aquí.
-Eso no se cuenta para el retiro -dijo otro, en el
momento en que una bala de cañón, tras de pasar
silbando sobre el grupo, dio en tierra a una archina
de Menilkoff, que venía hacía ellos por la trinchera.
-A poco mata a Menilkoff -dijo un soldado.
-No me matara -repuso éste.
-Toma, tén esta cruz por tu valor -dijo el bisoño
judío, concluyendo la que hacía, y dándosela.
- No, hermano, aquí los m eses valen por años;
hay una orden acerca de eso -prosiguió aquel que
antes hablaba.
-Sea lo que fuere, es seguro que al llegar la paz
nos pasará una revista el Emperador en Varsovia, y
si no nos dan la absoluta, por lo menos será licencia
ilimitada.
En este instante, una bala pequeña, saltando de
rebote, y que parecía gemir al silbar, cruzó por sobre
sus cabezas y fue a caer sobre un pedrusco.
-¡Cuidado! -dijo uno- Puede ser que de aquí a la
noche tengas tu licencia absoluta.
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Todos se echaron a reír. Y no habían pasado
dos horas, no había venido la noche aún, cuan do
dos de ellos habían recibido, en efecto, la licencia
absoluta, y cinco estaban heridos; pero los demás
proseguían chanceando como antes.
Por la mañana fueron aprestados los dos mor-
teros, y Volodia recibió, a eso de las diez, orden del
comandante del baluarte de reunir su gente y situa r-
se con ella en la batería. Una vez metidos en faena,
ya no les quedaron ni señales de aquel terror, que la
tarde precedente se manifestaba de un modo tan
franco. Sólo Vlang no conseguía dominar el suyo,
agachándose y escondiéndose a cada momento.
Vassin también había perdido la sangre fría; agitá-
base y saludaba. En cuanto a Volodia, excitado por
satisfacción entusiasta, no pensó más en el peligro.
El júbilo que sentía al cumplir bien su deber, en no
ser un cobarde, en verse, por lo contrario, lleno de
valor; el senti miento del mando y la presencia de
veinte hombres, que (bien lo sabía) le observaban
con curiosidad, hicieron de él un verdadero héroe.
Hasta, vanagloriándose de su bravura, subíase a la
banqueta, con el capote desabrochado, para lla mar
bien la atención. El jefe del baluarte, al revistar su
fuerza, no obstante haberse acostum brado durante
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ocho meses a ver el valor bajo to das sus formas, no
pudo evitarse el admirar a aquel guapo mancebo,
que con el rostro, y los ojos animados, suelto el c a-
pote y dejando pasar la ca misa roja que aprisionaba
su cuello blanco y fino, hacía las señales de regl a-
mento, gritaba con voz de mando: «¡Primero! ¡S e-
gundo!» y subía alegremente al parapeto para ver
dónde caía su bomba. A las once y media, el fuego
de cañón cesó por ambas partes, y a las doce en
punto comenzó el asalto del mamelón de Malakoff,
así corno de los baluartes segundo, tercero y quinto.
XXIII
A la parte de acá de la bahía, entre Inkerman y
las fortificaciones del Norte, a la mitad del día y s o-
bre el mogote del telégrafo, veíase a los marineros;
junto a ellos, un oficial examinaba a Sebastopol con
un anteojo de larga vista, y otro, a caballo, al que
acompañaba un cosaco, acababa de reunírsele al pie
del gran mástil de señales.
El sol se hallaba en lo alto del horizonte, su s-
pendido sobre el golfo, en cuyas aguas, cubiertas de
grandes buques de guerra anclados, de veleros me r-
cantes y botes en movimiento, jugueteaban alegr e-
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mente sus rayos abrasadores y luminosos. Ligera
brisa, agitando apenas las hojas de algunas encinas
achaparradas, que crecían junto al telégrafo, hinch a-
ba las velas de los barcos y hacía rizarse ligeramente
las olas. En la costa opuesta del golfo, divisábase
Sebastopol, siempre igual, con su iglesia sin co n-
cluir, su columna, su muelle, su bulevar, que se de s-
taca verde sobre la montaña; el elegante edificio de
la Biblioteca las lagunas de azul de mar, con su
bosque de mástiles; los pintorescos acueductos, y
sobre todo esto las nubes del tono azulado form a-
das por el humo de la pólvora, iluminadas de tie m-
po en tiempo por el rojo resplandor de las
descargas; siempre el mismo Sebastopol, hermoso,
altivo, con su aspecto de fiesta, rodeado por una
parte de montañas amarillas, coronadas de humo, y
por la otra de mar, cuya superficie, azul, obscura, y
brillante, centellea al sol. En el horizonte, allá donde
el humo de un vapor traza una línea negra, va s u-
biendo, un nublado en fajas blaneas y angostas, pre-
cursoras del viento; en toda la línea de
fortificaciones, a lo largo de las montañas, sobre t o-
do en la izquierda, surgen de súbito, rasgados por
un relámpago, visible aún en pleno día, penachos de
humo blanco y espeso, que adoptando formas v a-
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riadas se extiende, se eleva y se colora sobre el cielo
de tonos sombríos aquellas masas de humo, brotan
por todas partes; de las montañas, de las baterías
enemigas, de la ciudad, y se remontan a los aires; el
estampido de las detonaciones conmueve el aire con
su continuo fragor. Cerca de mediodía, las humar e-
das van haciéndose más escasas, y las vibraciones
de las capas de aire menos frecuentes.
-¿Sabe usted que el segundo baluarte no co n-
testa? -dice el oficial de húsares. - Está todo por ti e-
rra; ¡es espantoso!
-Sí, y de Malakoff sólo responden dos veces por
cada tres -replica el que observa con el an teojo.-
¡Ese silencio me da rabia! No cesan de tirar sobre la
batería de Korniloff, y ésta no responde...
-Ya verá usted, será lo que he dicho; a mediodía,
cesará el bombardeo. Siempre sucede así. Vamos a
almorzar; nos están esperando. No hay nada más
que ver aquí.
-Espérese, no me distraiga- responde a su vez
con marcada agitación el que mira con el catalejo.
-¿Qué? ¿Qué hay?
-Movimiento en las trincheras. Columnas cerra-
das que se ponen en marcha.
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-Ah, sí; ya lo veo bien -dice uno de los marin e-
ros;- avanzan en columnas; hay que hacer la señal.
-Pero mire usted ahora, mire. Salen de las tri n-
cheras.
Distinguíanse, efectivamente, a la simple vista,
descender numerosas manchas negras desde la
montaña al barranco, y dirigirse desde las baterías
francesas a nuestros baluartes. En primer término,
ante ellas veíanse unas rayas negras también, muy
próximas a nuestras líneas. De los baluartes surgi e-
ron de repente, y de distintos puntos a la vez, los
albos penachos de las descargas, y merced al viento
oyóse el crujir de nutrida fusilería, parecido a la cre-
pitación de lluvia torrencial al caer sobre cristales.
Las líneas negras avanzaban envueltas en una cort i-
na de humo, e iban acercándose; la fusilería aumen-
taba en violencia; la humareda surgía a intervalos,
cada vez más cortos; extendíase rápidamente a lo
largo de la línea, en una sola nube de color violáceo
claro, desarrollándose y desenvolviéndose sin int e-
rrupción, surcada aquí y allá por fogo nazos o atr a-
vesada por puntos negros. Todos los ruidos se
confundían en el fragor de un prolongado trueno.
-Es el asalto -dijo el oficial, palideciendo de
emoción y alargando el anteojo al marino.
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Cosacos y oficiales pasaron a caballo por la
cumbre, precediendo al comandante en jefe que iba
en carruaje, acompañado por su escolta; sus rostros
expresaban penosa emoción de ansiedad.
-Es imposible que lo tomen -dijo el oficial de
caballería.
-¡Dios del Cielo! ¡La bandera!... ¡ mirad!
-exclamó el otro sofocado de angustia, y se apartó
del anteojo.- ¡El pabellón francés sobre el mamelón
de Malakoff
-¡Imposible!...
XXIV
El mayor de los Koseltzoff, que había tenido
tiempo durante la noche de ganar y de volver a pe r-
der todas sus ganancias, incluso además las mon e-
das de oro cosidas en las vueltas de su uni forme,
dormía, por la mañana en el cuartel del quinto b a-
luarte con el sueño más profundo, cuando estalló el
siniestro grito repetido con indiferentes voces de, ¡a
las armas, a las armas!
-Despierte usted, Mikhail Semenovitch, el asalto
-le gritó una voz al oído.
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- ¡Una broma de estudiante! - respondió abrien-
do los ojos sin creer en la noticia.
Pero cuando vio a un oficial pálido, agitado, que
corría aturdido de un lado para otro, lo comprendió
todo, y a la idea de que pudieran tomarle quizá por
un cobarde, que procuraba no incorporarse a su
compañía en el momento crítico, le dio tal volqueta-
zo en el corazón, que se echó fuera, y corrió de un
tirón a reunirse a sus soldados. Los cañones habían
enmudecido, pero la fusilería arreciaba de firme, si l-
bando las balas, no aisladamente, sino por enja m-
bres, como pasan sobre muchas cabezas en otoño
las bandadas de pájaros. Todo el espacio ocupado la
víspera por su batallón estaba lleno de humo, de
gritos e imprecaciones; en su camino encontró mu l-
titud de soldados y heridos, y treinta pasos allá di s-
tinguió a su compañía adosada al parapeto.
- El reducto de Schwarz ha sido ocupado por
ellos -le díjo un oficial joven.- Todo está perdido.
-¡Qué majadería! -le respondió con cólera, y sa-
cando de la vaina su espada corta y sin punta, e x-
clamó:- Adelante, muchachos, ¡hurra!...
Su voz fuerte y sonora, lo reanimó a él mismo;
corrió adelante a lo largo del camino cubierto ci n-
cuenta soldados siguieron en pos gritando; al d e-
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sembocar en un espacio libre, una granizada de pr o-
yectiles los recibió; dos le dieron simultáneamente,
pero no tuvo tiempo de comprender dónde le h a-
bían tocado y si le hirieran o con tusionaran, pues
entre el humo, aparecían ante él los uniformes az u-
les, pantalones grancé y oíanse gritos que no eran
rusos. Un francés, sen tado sobre el parapeto, agit a-
ba su chacó, gritando. La convicción de que s ería
muerto aguijoneaba el valor de Koseltzoff; corrió
mas, siempre a vanguardia; algunos soldados lo r e-
pasaron, otros aparecieron de pronto por otra parte
y corrieron con él; la distancia entre ellos Y los un i-
formes azules, que al huir se volvían a las trincheras,
permanecía invariable, pero sus pies tropezaban con
heridos y muertos; al llegar al foso exterior, todo se
confundió ante sus ojos, y sintió violentísimo dolor
en el pecho; media hora después hallábase sobre
una camilla, junto al cuartel Nicolás. Sabía que est a-
ba herido, pero sin sufrir molestia alguna; hubiera
deseado, no obstante, beber algo frío y hallarse
acostado con más comodidad.
Un médico, grueso y bajito con patillas negras,
acercóse a él y le desabrochó el capote. Koseltzoff
contempló, por encima de su barba, la cara del
doctor, que examinaba su herida sin causarle dolor
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alguno; aquél, tras de cubrirla con la camisa del h e-
rido, se enjugó los dedos con el faldón de la levita, y
volviendo la cabeza, pasó silencioso, a otro herido.
Koseltzoff seguía maquinalmente con la vista lo que
pasaba en torno suyo, y transportándose con la
memoria al quinto baluarte, sintió dulce satisfacción
al hacerse justicia; había cumplido con su deber,
siendo la primera vez, desde que estaba en el serv i-
cio, que lo hiciera sin tener nada que reprocharse. El
médico, que acababa de curar otro oficial, hizo una
seña al capellán, de hermosa y luenga barba roja,
que permanecía allí con su cruz.
-Pero, ¿es que voy a morir? -le preguntó Ko-
seltzoff, viéndolo acercarse.
El pope nada respondió, recitó unas oraciones, y
le presentó la cruz.
La muerte no asustaba a Koseltzoff; aproxi-
mando con mano débil la cruz a sus labios, lloró.
-Los franceses... ¿han sido rechazados? --
preguntó al capellán con voz firme.
-La victoria es nuestra en toda la línea -res-
pondió éste para co nsolar al moribundo, ocul-
tándole la verdad, pues el pabellón francés on deaba
ya sobre el mamelón de Malakoff.
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-¡Gracias sean dadas a Dios! -murmuró el heri-
do, cuyas lágrimas corrían, sin que él lo sin tiera, por
sus mejillas. El recuerdo de su hermano atravesó
durante un segundo por su cerebro.
- Dios quiera concederle la misma dicha -
agregó.
XXV
Pero no fue tal la suerte de Volodia. Escuchan-
do estaba una historia que refería Vassin, cuando el
grito de alarma ¡vienen los franceses! hizo que se le
agolpara la sangre al corazón; sintió palidecer y h e-
larse sus mejillas, quedó un segundo herido de est u-
por, después, mirando en torno suyo, vio a los
soldados abrocharse los capotes y salir fuera, unos
tras de otros, y oyó a uno de ellos, probablemente
Menilkoff, decir chanceándose: -Vamos, hijos,
ofrezcámosles el pan y la sal.
Volodia y Vlang, que no se apartaban de él, s a-
lieron juntos, precipitándose a la batería. Tanto de
una parte como de otra, la artillería había cesado de
tirar. La despreciable y cínica pusilanimidad del jun-
ker, más que la sangre fría de los soldados, tuyo la
virtud de reanimar el valor del alférez.
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-¿Me pareceré a él? -se dijo, lanzándose viv a-
mente hacia el parapeto tras el cual estaban empl a-
zados los morteros.
Desde allí vio distintamente a los franceses cr u-
zar corriendo un espacio libre de todo obstáculo y
venir derechos hacia él; sus bayonetas, brillando al
sol, se agitaban en las trincheras más próximas. Un
zuavo de corta estatura, de hombros cuadrados, c o-
rría, sable en mano, ante los demás, brincando los
fosos.
-A metralla -gritó Volodia, saltando de la ba n-
queta, pero a los soldados se les había ocurrido ya
esto, y el crujir metálico, de la metralla, lanzada pr i-
mero por un mortero y después por el segundo, r e-
sonó sobre su cabeza. -¡Primero! ¡segundo! -mandó,
cruzando velozmente el espacio entre las dos piezas
y olvidándose por completo del peligro. Los gritos y
el montar de los fusiles del batallón encargado de
defender nuestra batería oíase por una parte, cuando
de, súbito, por la izquierda elevóse un clamor d e-
sesperado, repetido por muchas voces.
-¡Vienen por retaguardia! -y Volodia, volvié n-
dose, divisó unos veinte franceses. Uno de ellos,
buen mozo, de barba roja, corrió hacia él, y det e-
niéndose a diez pasos de la batería le disparó un tiro
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y prosiguió su carrera. Volodia, petrificado no qu e-
ría creer a sus ojos. ¡Ante él, sobre el parapeto, más
uniformes azules y dos franceses que clavaban ya un
cañón! Excepto Menilkoff, muerto de un balazo
junto a él, y de Vlang, que con los ojos bajos y el
rostro inflamado por el furor, blandía el espeque, no
quedaba nadie.
-Sígame usted, VIadimir Semenovitch, sígame
-gritó Vlang con voz desesperada; defendiéndose
con la palanca contra los franceses que venían por
la gola.
El aspecto amenazador del junker y el golpe con
que derribó a uno los detuvieron.
-Sígame usted, Vladimir Semenovitch. ¿Qué es-
pera? ¡Huya usted! -y se precipitó a la trinchera,
desde donde nuestra infantería disparaba sobre el
enemigo. Volvió a salir, sin embargo, enseguida p a-
ra ver qué había sido de su adorado alférez. Una
masa informe, envuelta en un capote gris, vacía con
el rostro hacia tierra en el lugar donde quedara Vo-
lodia, y todo el espacio aquél hallábase ocupado ya
por los franceses que tiraban sobre los nuestros.
XXVI
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Vlang logró encontrar su batería en la segunda
línea, de defensa; de los veinte soldados que la
componían poco antes, ocho solamente habían
quedado con vida.
Hacia las nueve de la noche, el junker con su
gente atravesaba la bahía en vapor con rumbo a la
Severnaia. El buque iba, cargado de heridos, de c a-
ñones y de caballos; el fuego había cesado en toda el
campo de batalla. Como la noche anterior, brillaban
las estrellas en el cielo, pero el viento había arreci a-
do y agitaba el mar.
En el primero y segundo baluarte surgían nume-
rosos fogonazos al ras del suelo que iluminaban el
horizonte, precediendo a otras tantas explosiones
que sacudían la atmósfera, permitiendo ver lanzadas
por el aire nubes de piedras y objetos negros de
forma extraña; algo ardía cerca de los docks, y una
llamarada rojiza reflejábase en el agua; el puente,
cubierto por apretada muchedumbre aparecía ilum i-
nado por los fuegos de la batería Nicolás; un haz de
llamas parecía elevar se sobre el agua en la lejana
punta de la batería Alejandro, iluminando la capa
inferior de una nube, de humo que se balanceaba
encima de ella.
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Como la noche anterior, las luces de la escuadra
enemiga brillaban a lo lejos en el mar, tranquilas e
insolentes; los mástiles de nuestros buques, echados
a pique y sumergiéndose poco a poco en las pr o-
fundas aguas, dibujábanse sobre la roja luz del i n-
cendio. Sobre la cubierta del vapor nadie hablaba;
de tiempo en tiempo, entre el cabrilleo de las ondas,
hendidas por sus ruedas, y el ruido de la máquina,
oíase resoplar a los caballos, cuyas herraduras go l-
peaban la tablazón, y al capitán lanzar algunas voces
de mando, así como los lamentos dolorosos de los
heridos. Vlang, que no había comido desde el día
antes, sacó un cantero de pan del bolsillo y mordió
en él, pero al acordarse de Volodia rompió a soll o-
zar tan ruidosamente que llamó la atención de los
soldados.
-¡Mira! Come pan y llora nuestro Vlang - dijo
Vassin.
-Es extraño -añadió otro.
-Mira allí, han quemado nuestros cuarteles
-prosiguió suspirando.- ¡Cuántos han muerto de los
nuestros! ¡Y a pesar de todo, los franceses han e n-
trado!
-Y a duras penas hemos logrado escapar vivos;
hay que dar gracias a Dios -agregó Vasssin.
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-¡Lo mismo da; es desesperante!
-¿Por qué? ¿Crees que les irá bien ahí? Espérate;
ya verás cómo lo recobramos. ¡Perderemos más
gente, es posible; pero, tan verdad como que Dios
es Santo, que si el Emperador lo manda, se recobr a-
rá! ¿Crees que se les ha dejado de cualquier modo?
¡Vaya! No les quedan sino cuatro paredes; han sido
volados los atrincheramientos. Han conseguido
plantar su bandera sobre el mamelón, es cierto; pero
no se arriesgarán a entrar en la ciudad. -Espérate un
poco, no quedaremos en deuda contigo. Danos
tiempo tan sólo -exclamó, mirando hacia las pos i-
ciones de los franceses.
-Así será, de seguro -añadió otro, convencid a-
mente.
En toda la línea de los baluartes de Sebastopol,
donde durante meses enteros alentó la vida ardiente
y enérgica, donde durante meses sólo la muerte r e-
levaba a los héroes que agonizando unos tras otros
inspiraban el terror, el odio y hasta la admiración
del enemigo; sobre aquellos baluartes, repito, no se
veía ya un alma; todo estaba muerto, feroz, espanto-
so, pero no en silencio, que todo iba desplománd o-
se en aquel contorno con hórrido fracaso. Sobre la
tierra, agrietada, por reciente explosión, yacían e s-
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parcidas cureñas rotas y cadáveres rusos y franceses
aplastados; enormes cañones de hierro fundido, que
rodaron al foso a impulsos de terrible fuerza, medio
enterrados en el suelo y mudos para siempre; bo m-
bas, balas, fragmentos de vigas, zanjas, armaduras
de los blindajes y más cadáveres aún con capotes
azules o grises que parecían sacudidos por supremas
convulsiones, y a los que, iluminaba a i ntervalos el
rojo resplandor de las explosiones que hacían r e-
temblar el aire.
El enemigo veía, bien claro que algo insólito
ocurría en el formidable Sebastopol, y aquellas e x-
plosiones, aquel silencio de muerte en los baluartes
hacíale temblar; bajo la impresión de la resistencia
tranquila y firme de aquella postrera jornada, no se
atrevía aún a creer en la desaparición de su invenc i-
ble adversario, y espera ba con ansiedad, callado e
inmóvil, el fin de aquella noche lúgubre.
El ejército de Sebastopol, semejante a un mar
cuya masa líquida, inquieta y azulada, se extiende y
se desborda, avanzaba con lentitud en la noche
sombría, ondulando en la obscuridad impenetrable
por el puente de la bahía, dirigiéndose a la Sever-
naia; alejándose de aquellos lugares en los que h a-
bían sucumbido en tan crecido número los héroes
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que regaran con su sangre; de aquellos lugares d e-
fendidos durante once meses contra un enemigo
dos veces superior en fuerza, y los cuales había r e-
cibido orden de abandonar aquel mismo día, sin
combatir.
La primera impresión cansada por aquella orden
del día, oprimió pesadamente el corazón de los r u-
sos; después, el temor de la persecución fue el se n-
timiento dominante en todos. Los soldados, hechos
a batirse en los sitios que abandonaban, sintiéronse
sin defensa en cuanto se alejaron de ellos; inquietos,
agolpábanse en la entrada del puente, sacudido por
ráfagas violentas. A través de la aglomeración de
regimientos, de milicias, de carruajes, echándose
unos sobre otros; la infantería, cuyos fusiles choc a-
ban entre sí, y los oficiales de órdenes, a duras p e-
nas podían abrirse camino; los vecinos y los
sirvientes militares que acompañaban a los bagajes,
pedían llorando, que los dejaran pasar, mientras que
la artillería, presurosa por alejarse, rodaba con e s-
trépito al descender a la bahía.
Aunque la atención se viera distraída por mil
detalles, el sentimiento de la conservación y el
deseo de huir lo más pronto p osible de aquel lugar
horrible, invadía el espíritu de cada cual, así del so l-
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dado mortalmente herido, echado entre otros qu i-
nientos infelices sobre las losas del muelle Pablo y
pidiendo a Dios la muerte, como del miliciano re n-
dido, que haciendo el postrer esfuerzo penetra en la
compacta multitud para dejar camino libre a un jefe;
como del General que pide paso con voz imperiosa
a los soldados impacientes, o del marinero perdido
entre un batallón en marcha y casi ahogado por la
muchedumbre en movimiento, y del oficial herido a
quien transportan cuatro soldados que, detenidos
por el tropel, dejan en el suelo la camilla junto a la
batería Nicolás, y del veterano artillero que durante
dieciséis años no se separó del cañón y que con
ayuda de sus compañeros y por orden, para él i n-
comprensible, de su jefe, apréstase a volcarlo de un
golpe en la bahía, y en fin, de los marinos que ac a-
ban de echar a pique sus buques y que reman con
vigor al alejarse en los botes y falúas. Al llegar al
extremo del puente, cada soldado, con poquísimas
excepciones, se descubría persignándose; pero ad e-
más de este sentimiento experimentaba otro, más
profundo: una sensación próxima al arrepent i-
miento, a la vergüenza, al odio, y con indescriptible
amargura en el corazón, suspiraban todos penos a-
mente, proferían entre dientes terrible amenaza
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contra el enemigo y lanzaban, al llegar a la costa
norte, la última mirada sobre Sebastopol abandona-
do.
FIN
Sebastopol
Tolstoi
El musico Alberto
10 consejos
Lo mas utilizado
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