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domingo, 27 de mayo de 2007
ciéndole uno al oficial manco, que buscaba su pet a-
ca.
El entusiasmo del joven hacia él traslucíase en
las menudas atenciones que le prodigaba.
-¿Viene usted también de Sebastopol?
-prosiguió.- ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Es asombroso!
En Petersburgo no hacíamos sino acordarnos de
ustedes, de ustedes los héroes -añadió volviéndose
con naturalidad y respeto hacia Koseltzoff.
-¿Y si tienen ustedes que volver atrás? -le pre-
guntó éste.
- Eso es precisamente lo que tememos; pues
después de comprar el caballo y lo que nos era más
indispensable, por ejemplo esta cafetera y algunos
otros objetos menudos, nos hemos quedado sin un
céntimo -añadió en voz más baja, y dirigiendo una
mirada de reojo a su compañero- de manera que no
sé cómo saldremos del paso.
-¿No han recibido ustedes los auxilios de ma r-
cha? -añadió Koseltzoff.
-No- murmuró el joven- pero han prome tido
dárnoslo aquí.
-¿Traen ustedes el certificado?


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-Ya sé que el certificado es lo más esencial. Un
tío mío, senador en Moscou, hubiera podido dá r-
melo; pero me han asegurado que lo recibi ría aquí
sin falta. Me lo facilitarán, ¿no es verdad?
-Sin duda alguna.
-Así lo creo -replicó el mozo con acento que
probaba cómo a la fuerza de repetir la misma pre-
gunta en treinta sitios diferentes y haber recibido las
contestaciones mas contradictorias, ya no daba cr é-
dito a nadie.
V
-¿Quién ha pedido borchtch18 -interrumpió en
aquel momento la dueña de la casa, gruesa moceto-
na, de unos cuarenta años, no muy limpiamente
vestida, que traía una enorme cazuela.
Nadie contestó; todos los ojos se volvieron h a-
cia la mujer, hasta uno de los oficiales llegó a gu i-
ñarle el ojo, cambiando con su compañero una
mirada que tenía a la matrona por objetivo.
-Sí, Koseltzoff es quien la ha pedido -repuso el
oficial joven, - hay que despertarlo, vamos; ven a

18 Sopa polaca y de la Pequeña Rusia, hecha con jugo de remolacha,
carne y legumbres.


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comer -añadió, acercándose al que dormía y sac u-
diéndolo por un hombro.
Un jovenzuelo de diecisiete años, con ojos n e-
gros, vivos, brillantes y mejillas coloradas, se l e-
vantó de un salto, y como empujara
involuntariamente al doctor:
-Dispense usted -le dijo, frotándose los ojos y
permaneciendo plantado en medio de la sala. El
subteniente Koseltzoff reconoció en seguida a su
hermano menor y acercóse a él.
-¿ Me reconoces? -le dice.
-¡Ah, ah! ¡Esto es asombroso! -exclamó el man-
cebo abrazando a su hermano.
Sonaron dos besos, pero al irse a abrazar por
tercera vez, como exige el uso, vacilaron un segu n-
do; hubiérase dicho, que ambos se preguntaban por
qué habían de abrazarse tres veces precisamente.
-¡Cuánto me alegro de encontrarte! -dijo el ma-
yor, llevándose fuera a su hermano- hablemos un
poco.
-Vamos, vamos, ya no quiero borchtch; cómetelo
tú, Fedorow -dijo a su compañero.
-Pero tú tenías gana.
-No, ya no quiero.


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Una vez fuera y en el vestíbulo, tras de las pr i-
meras efusiones del mozalbete que no cesaba de
interrogar a su hermano sin hablarle de lo que a él le
concernía, el último, aprovechando unos segundos
de silencio, le preguntó por fin, cómo no había e n-
trado en la Guardia, según esperaban.
-Porque quiero ir a Sebastopol. Si todo ter mina
bien, ganaré más que si hubiera permane cido en la
Guardia; allí hay que pasar diez años hasta llegar a
coronel, mientras que aquí Todtleben, de teniente
coronel ha llegado a General en dos años. ¿Y si me
matan? Entonces... pues... ¡qué se le ha de hacer!
-¡ Qué modo de razonar! -dijo el hermano m a-
yor sonriendo.
-Y además, lo que te acabo de decir no tiene im-
portancia, la razón principal... -y se detuvo vac ilan-
do, sonriendo a su vez y poniéndose colorado
como si fuese a decir algo vergonzoso, la razón
principal... es que mi conciencia me daba que hacer,
sentía escrúpulos de vivir en Petersburgo mientras
aquí se muere por la pa tria. Deseaba también e n-
contrarte -añadió con más timidez.
-¡El demonio del chiquillo! -dijo su hermano sin
mirarlo y buscando su petaca. - Y siento que no p o-
damos permanecer juntos.


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-Vamos, te lo ruego, dime la verdad, eso de los
baluartes ¿es verdaderamente tan espantoso?
-Sí, al principio, después se acostumbra uno, ya
lo verás.
-Dime, además, te lo suplico, ¿crees que Se-
bastopol será tomado? Me parece que eso no suc e-
derá.
-¡ Sólo Dios lo sabe!
-Si supieses qué aburrido estoy. Figúrate mi des-
gracia; en el camino me han robado varias cosas,
entro ellas el casco, y me encuentro en una situación
tremenda. ¿Cómo me las arreglaré para presentarme
al jefe?
Vladimiro Koseltzoff, el menor, parecíase mu-
chísimo a su hermano Miguel, por lo menos tanto
como una flor de agabanzo que se entreabre a otra
deshojada. Tenía también rubio el Cabello, más p o-
blado y en rizos sobre las sienes mientras que sobre
la nuca, blanca y delicada, perdíase un largo m e-
chón, signo de felicidad según las comadres. Sangre
generosa, y joven coloreaba a cada impresión del
espíritu su cutis, habitualmente mate. Sobre sus ojos,
parecidos a los de su hermano, pero más abiertos y
más límpidos, extendíase a menudo un baño de hu-
medad. Fino bozo rubio comenzaba a sombrear sus


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mejillas y sus labios, éstos eran de rojo púr pura y se
plegaban con frecuencia en sonrisa tímida, dejando
ver la dentadura de un blanco deslumbrador. Tal
como aparecía allí, con el ca pote desabrochado,
bajo el cual llevaba camisa roja de cuello ruso; e s-
belto, ancho de hombros, con un cigarrillo entre los
dedos, apoyado contra la balaustrada del peristilo, el
rostro iluminado por franca alegría, los ojos fijos
sobre su hermano, era a buen seguro el adolescente
más simpático que se pudiera contemplar, apartába-
se de él la mirada con pena. Sinceramente feliz al
encontrar a su hermano, a quien consideraba con
respeto y orgullo, como a un héroe, sentía, sin e m-
bargo, algo de vergüenza por ese hermano, a causa
de su propia educación más cultivada, de sus con o-
cimientos en francés, del trato con personas de alta
posición, y encontrándose supe rior a él, esperaba
llegar a civilizarlo.
Sus impresiones, sus juicios se habían formado
en Petersburgo bajo la influencla de cierta dama,
que débil por los rostros lindos, hacíale pasar los
días de fiesta en su casa. Moscou contribuyó tam-
bién por su parte, pues allí había bailado en gran soi-
rée en casa de su tío el senador.


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VI
Después de hablar hasta saciarse, hasta demo s-
trar cosa que sucede con frecuencia, que sin dejar de
quererse mucho tenían muy pocos intereses com u-
nes, los dos hermanos permane cieron silenci osos
durante algún tiempo.
-Bueno, bien, recoge tu equipaje y partamos.
El joven enrojeció turbándose.
-¿A Sebastopol directamente? -preguntó por fin.
-Claro está. Me parece que no tienes mucha im-
pedimenta. Ya te haremos sitio.
-Bueno, vamos -replicó Vladimiro, que entró en
la casa lanzando un suspiro.
Al abrir la puerta de la sala se detuvo e inclinó la
cabeza.
-Ir directamente a Sebastopol -se dijo- ¡-
exponerse a las bombas es terrible! Pero por otra
parte, ¿no da lo mismo que sea hoy u otro día? Al
menos, con mi hermano.
A decir verdad, ante la idea de que la telega lo
condujese de un tirón hasta Sebastopol, de que nin-
gún nuevo incidente lo detendría en el camino, fue
tan sólo cuando se dio cuenta del peligro que había
venido a buscar y cuya proximidad lo emocionó


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profundamente. Tranquilo por fin se reunió a sus
compañeros, permaneció tanto rato con ellos, que
su hermano, impaciente, abrió la puerta y lo vio
cuadrado delante del oficial que lo amonestaba c o-
mo a un escolar. A la vista de, su hermano. perdió
todo el aplomo.
-Voy en seguida - le gritó haciendo un ade mán
con la mano,- espérame, ahora voy.
Un segundo después fue a su encuentro.
- Imagínate -le dijo suspirando profundamente-
que no me puedo marchar contigo.
-¡ Qué tontería! ¿Por qué?
-Voy a decirte la verdad, Micha, no tenemos un
céntimo, por lo contrario, le debemos dinero a aquel
capitán, al que está allí, y eso es terri blemente ver-
gonzoso.
El hermano mayor frunció el entrecejo y no
respondió.
-¿ Debes mucho? - le preguntó por fin sin m i-
rarlo.
No, mucho no; pero me mortifica sobremanera.
Ha pagado por mí en tres casas de posta, utilizo su
azúcar y además hemos jugado a la preferencia, y le
he quedado a deber un pico...


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-¡Eso está mal, Volodia! ¿Qué hubieras he cho a
no encontrarme? -le dijo el primogénito con sever i-
dad, siempre sin mirarlo.
-Pero ya sabes que espero recibir mis auxilios de
marcha en Sebastopol, entonces lo paga ré. Esto
puede hacerse aún, por eso es mejor que llegue con
él mañana.
Miguel sacó en aquel momento del bolsillo un
portamonedas del cual extrajo, con mano vaci lante
dos asignados de diez rublos y uno de tres.
-He, aquí todo lo que tengo - dijo.- ¿Cuánto n e-
cesitas? -Exageraba un poco al decir que era aquel
todo su caudal, pues poseía además cuatro monedas
de oro cosidas entre las vueltas de su uniforme, p e-
ro a las cuales habíase prometido no tocar.
Resultó, ajustadas las cuentas, que Koseltzoff no
debía más que ocho rublos, incluyendo lo perdido al
Juego y el azúcar. Dióselos su hermano, advirtié n-
dole tan sólo que no se debe jugar nunca
cuando no se tiene dinero. El mozo no replicó, la
advertencia de su hermano mayor parecía conte ner
dudas sobre su delicadeza. Irritado, avergonzándose
por haber cometido un acto que podía dar lugar a
sospechas mortificantes para él por parte de Miguel,
a quien quería, su naturaleza impresionable sintióse


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trastornada con tal violencia, que conociendo la im-
posibilidad de re tener los sollozos que le oprimían
la garganta, tomó el asignado sin replicar y se lo ll e-
vó a su compañero de viaje.
VII
Nikolaieff, después de entonarse en Duvanka
con dos vasos de aguardiente, que vendía un
so1dado en el puente, sacudió las riendas y la telega
comenzó su traqueteo sobre el pedregoso cami no
en el que sólo a largos espacios aparecía algún trozo
de sombra, y que conduce a lo largo del Belbek
hasta Sebastopol, mientras que los dos hermanos,
tan juntos que sus piernas se to caban, permanecían
en obstinado silencio sin dejar de pensar uno en el
otro.
-¿Por qué me ha ofendido? -decíase el man-
cebo.- ¿Me tomará realmente por un estafa dor? Pa-
rece que está aún enojado. Henos aquí peleados p a-
ra siempre, y sin embargo, los dos, en Sebastopol,
¡qué dichosos hubiéramos sido! ¡Dos hermanos
bien unidos entre sí los dos batiéndose contra el
enemigo! el mayor, falto quizá de un poco de cultura
pero militar biza rro, y el menor, tan valiente c omo


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él, pues al cabo de una semana habré demostrado a
todos que ya no soy tan niño, no me pondré color a-
do, mi cara será varonil, y él bigote tendrá tiempo de
crecerme hasta aquí - decía pellizcándose con los
dedos el bozo que nacía junto a la comisura de los
labios.- ¡Podrá suceder que llegu emos hoy mismo y
podamos tomar parte en alguna ac ción! ¡Mi herm a-
no debe ser muy bravo y muy tenaz! Es de aquellos
que hablan poco y se por tan mejor que los demás,
pero, ¿hará a propósito eso de empujarme hacia el
borde de la telega? Debe de conocer que me inc o-
moda y hace como si no lo notara. Llegaremos de
seguro hoy - prosiguió mentalmente, estrechándose
contra el borde del carruaje por temor, si se removía
de demostrar a su hermano que iba incómodo. Lle-
garemos directamente al baluarte, yo con los ca-
ñones, mi hermano con su compañía. De pronto los
franceses se arrojan sobre nosotros; tiro sin cesar,
mato a una porción, pero así y todo vie nen sobre
mí, y he aquí mi hermano se lanza sable en mano,
yo cojo mi fusil y corremos juntos, los soldados nos
siguen. Los franceses se precipitan sobre él, corro,
mato primero a uno, lue go a otro, y salvo a Micha.
Estoy herido en un brazo, cojo el fusil con la otra
mano Y adelante, sin parar, mi hermano es muerto


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de un balazo junto a mí, me detengo un segundo, lo
miro con tristeza, me incorporo y grito: ¡Seguidme!
¡Adelante! ¡Venguémoslo! Y añadiré: Yo que ría a mi
hermano sobre todas las cosas, lo he perdido. Ve n-
guémoslo, demos muerte a nuestros enemigos o
muramos todos juntos. Todos me si guen gritando.
Pero he aquí al ejército francés entero, con Pellissier
a la cabeza concluimos con todos, Pero soy herido
una vez, dos veces, y a la tercera mortalmente; me
rodean todos. Gostschakoff viene, me pregunta lo
que deseo. Respondo que no deseo nada, sólo una
cosa, que me lleven junto a mi hermano y morir con
él. Me transportan, me acuestan junto a su cadáver
ensangrentado, me incorporo y les digo: Sí, no h a-
béis sabido apreciar a dos hombres que ama ban
sinceramente a su patria, vedlos aquí mo rir... ¡Que
Dios os perdone! Y después... expiro.
¡Quién hubiera podido decir hasta qué punto
tales ensueños se habían de realizar!
-¿Has esta do alguna vez en un combate? -
preguntó de súbito a su hermano, olvidándose por
completo que no quería hablarle.
-No, nunca hemos perdido dos mil hombres de
nuestro regimiento, pero todos durante los trabajos


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, allí me hirieron. La guerra no se hace como tú te
figuras, Volodia.
Este diminutivo enterneció al adolescente, y
quiso explicarse con su hermano, que no se ima-
ginaba haberlo ofendido.
-¿Estas enfadado conmigo, Micha? -1e preguntó
al cabo de algunos instantes.
-¿Por qué?
-Es que... nada... creí que había habido entre no-
sotros.
-Nada de eso -replicó su hermano, volvién dose
hacia él y dándole una palmada amistosa en la rod i-
lla.
-¡Perdón, Micha, si te he ofendido! -contestó el
otro, volviendo la cabeza para ocultar la s lagrimas
que llenaban sus ojos.
VIII
-¿Pero es este, y de verdad, Sebastopol? -pre-
guntó Volodia cuando llegaron a la cúspide de la
montaña.
Ante ellos apareció la bahía con su bosque de
mástiles; el mar con la escuadra enemiga a lo lejos,
las blancas baterías de la costa, los cuarteles, los


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acueductos, los docks, los edificios del a ciudad.
Nubes de humo, blanco y violáceo cla ro elevábanse
sin cesar sobre las amarillentas que rodean la pobl a-
ción y se dibujaban sobre el cielo azul, iluminado
por los rayos ro jizos del sol, reflejados luminosa-
mente por las ondas, mientras que el astro rey de s-
cendía en el horizonte hacia el obscuro mar.
Sin el más leve estremecimiento de temor co n-
templó Volodia aquel lugar temible en que tanto
pensara; por lo contrario experimentaba, cierto g o-
zo estético, un sentimiento de satisfacción heroica,
al considerar que, antes de me dia hora se encontr a-
ría él mismo, allí, y atención profunda puso al co n-
templar con persistencia aquel cuadro de original
atractivo, hasta el momento de llegar a la Severnaia,
donde estaban los bagajes del regimiento de su
hermano y donde debía informarse del sitio en que
se encontraba su propio regimiento y su batería.
El oficial del tren 19 vivía, a lo que llamaban la
Pequeña Ciudad Nueva, formada por barracones
construidos con tablazón por las familias de los m a-
rineros. En una tienda de campaña contigua a un
cobertizo de grandes dimensiones, hecho de ramas

19 Encargado de los bagajes y administración del regimiento.


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de encina sin deshojar y que aun no habían tenido
tiempo de secarse, los dos hermanos encontraron al
oficial, sentado, en mangas de camisa, y ésta de un
amarillo sucio ante una mesa no muy limpia, sobre
la cual se enfriaba un vaso de te Junto a una fuen te
vacía y una garrafa de aguardiente, algunas migas de
pan y de caviar veíanse esparcidas: estaba contando
un paquete de asignados. Pero antes de sacarlo a e s-
cena nos es indispensable examinar de cerca el int e-
rior de su campamen to, sus ocupaciones y su
manera de vivir. La barraca, recién construida, era
grande, cómoda y de gran solidez, provista de m e-
sas y de bancos cubiertos de césped, como no se
construyen sino para los Generales, y a fin de imp e-
dir la caída de la hojarasca, tres tapices de mal gusto,
aunque nuevos, y probablemente muy caros, apar e-
cen extendidos sobre las paredes y en lo alto del b a-
rracón. Sobre una cama de hierro, colocada bajo el
tapiz principal, que representa la eterna ama zona,
vense un cobertor rojo afelpado, una al mohada
manchada y rota, una pelliza de gineta20 y sobre una
mesa, revueltos, una palmatoria, un espejo con ma r-
co de plata, un cepillo del mismo metal de suciedad

20 Especie de gato salvaje.


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extraordinaria, un peine roto de asta lleno de p e-
lambre, grasiento, una botella de licor adornada con
enorme marbete rojo y oro, un reloj de bolsillo,
también de oro, con el retrato de Pedro I, pinzas
doradas, cajas conteniendo cápsulas, una corteza de
pan y nai pes viejos esparcidos en deso rden, y por
último, sobre la cama, una porción de botellas, v a-
cías unas y llenas las demás. Aquel of icial tenía a
cargo el tren de equipaje y la aliment ación del gana-
do. Uno de sus amigos, que se ocupaba de opera-
ciones financieras, compartía su habitación, y en
aquel momento dormía en la tienda, mientras él
ajustaba las cuentas del mes con el dinero de la C o-
rona; su exterior era agradable y marcial, gran est a-
tura, recio bigote y corpulencia de bue na le y le
distinguían, pero poseía dos cosas poco favorables
que saltaban al punto a la vista; primero, un sudor
continuo en la cara, junto con el abotagamiento que
ocultaba casi sus ojuelos grises dándolo la aparie n-
cia de un odre lleno, y extremada suciedad, que se
extendía desde sus cabellos escasos y canosos hasta
sus enormes pies desnudos, calzados con zapatillas
forradas de armiño.
¡Cuánto dinero! ¡Cuánto dinero, Dios mío! -dijo
Koseltzoff primero, que al entrar lanzó una mirada


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de codicia a los asignados. -¡ Si me prestara usted la
mitad, Vassili Mikhailovitch!...
El oficial del tren hizo un rnohín al ver a sus v i-
sitantes, y recogiendo el dinero, los saludó sin l e-
vantarse.
-¡Oh, si fuera mío; pero es dinero de la Corona!
¡batiuchka! Mas ¿ qué trae usted ahí?
Y miraba a Volodia, mientras ordenaba los pa-
peles, encerrándolos en una cajita, abierta que tenía
junto a sí.
-Es mi hermano; sale de la escuela militar. V e-
nimos a preguntar dónde está el regimiento.
-Siéntense ustedes, señores -les dijo, levan-
tándose para pasar a la tienda. - ¿Tomarán uste des
un vaso de porter?21
-Vé por el porter, Vassili Mikkhailovitch.
Volodia, al cual el aire de importancia del ofi cial
de tren produjo profunda impresión, así co mo su
abandono y el respeto que le demostraba a su he r-
mano, decíase, al tomar asiento en el bor de del di-
ván : «Este oficial a quien todo el mundo respeta, es
sin duda un buen muchacho y de seguro muy v a-
liente»

21 Cerveza Inglesa.


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-¿Dónde está, pues, nuestro regimiento? -
preguntó el hermano mayor al oficial.
-¿Qué dice usted? -le gritó éste. -He visto hoy a
Seiffer -contestó- me ha dicho que está en el quinto
baluarte.
-¿Es eso seguro?
-Lo que digo es cierto: ahora bien; ¡que el diablo
se lo lleve, no le cuesta gran trabajo mentir! Diga
usted -añadió,- ¿quiere usted porter?
-Con mucho gusto -respondió Koseltzoff .
-Y usted, Ossip Ignatievitch -continuó la misma
voz dentro, de la tienda, dirigiéndose a1 negociante
que dormía,- ¿quiere usted beber? Basta de dormir;
son cerca de las cinco.
Concluya usted de machacar. Ya ve usted que
no duermo -respondióle una voz atiplada y perez o-
sa.
-Entonces levántese usted, ¡que ya me voy fa sti-
diando!
Y el oficial del tren se incorporó a sus huésp e-
des.
-Sirve porter de Sympheropol -gritó a su criado.
Este, empujando aVolodia, sacó de debajo del
banco, con desprecio, según le pareció al joven, una
botella del porter pedido.


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Tiempo hacía que vaciaran la botella, y la co n-
versación seguía sostenida, cuando se abrió la
puerta de la tienda para dar paso a un hombre de
corta estatura, vestido de bata azul con cordones y
borlas, y gorro con cenefa encarnada, adornado con
una escarapela.
-Dame un vaso -dijo, sentándose junto a la m e-
sa. -¿Viene usted, sin duda, de Petersburgo, joven? -
añadió, dirigiéndose con amabilidad a Volodia.
-Sí, y voy a Sebastopol.
-¿A petición propia?
-Sí.
-¿Y a qué demonios va usted? Señores, en ve r-
dad, no comprendo esto -prosiguió el negociante.-
Me parece que si pudiera regresaría a pie a Pe-
tersburgo.
-Pero ¿de qué se queja usted? -le preguntó el
mayor de los Koseltzoff.- Lleva usted aquí una vida
muy envidiable.
-Este peligro constante, estas privaciones (pues
no puede uno procurarse nada), todo esto es terr i-
ble. No los comprendo a ustedes, seño res. Y si s i-
quiera se obtuvieran algunas ventajas; pero, ¿es
agradable, pregunto yo, quedar inútil a su edad para
toda la vida?


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-Unos tratan de hacer su negocio, otros vi ven
por el honor -replicó con aspereza Kozeltzoff ma-
yor.
-¡Qué vale el honor cuando uno no tiene qué
llevarse a la boca! -repuso el negociante con cierta
risita desdeñosa y volviéndose hacia el oficial del
tren, que siguió su ejemplo. - Da cuerda a la música
-añadió, señalando con el dedo una caja- oiremos
Lucía, que tanto me gusta.
-¿Es buena, persona ese Vassilli Mikhailovitch?
-preguntó Volodia a su hermano, cuando a la caída
de la tarde rodaba su coche de nuevo por la carret e-
ra de Sebastopol.
-Ni bueno ni malo, sino de avaricia terrible. En
cuanto al negociante, no puedo verlo ni en pintura.
El mejor día le rompo el alma.
IX
Cuando llegaron, ya al obscurecer, al puente
grande sobre la bahía, Volodia no se encontraba
precisamente disgustado pero sentía terrible peso en
el corazón; todo lo que veía, todo lo que es cuchaba
aveníase muy poco con las últimas impresiones que
le dejaran el salón de exámenes, claro y entarimado,


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las voces de sus compañeros y la alegría, de su si m-
pático reír, el uniforme nuevo; su Czar adorado, a
quien acostumbróse a ver durante siete años, y que
al despedirlos, con lágrimas en los ojos, habíalos
apellidado «sus hijos.» Sí, todo lo que veía se arm o-
nizaba muy poco con sus ilusiones de mil facetas.
-Hemos llegado -le dijo su hermano, al des-
cender del carruaje ante la batería. de M....- SI nos
dejan atravesar el puente iremos desde luego a los
cuarteles de Nicolás; allí te quedarás hasta por la
mañana; en cuanto a mí, volveré al regimiento para
saber dónde está la batería; te iré a buscar temprano.
-¿Para qué? Mejor será que vayamos jun tos
-contestó Volodia.- Iré, contigo al baluarte. ¿No da
lo mismo? Es preciso acostumbrarse. Si vas tú, ¿por
qué no he de ir yo?...
-Harás mejor en quedarte.
-Déjame ir, te lo ruego; así al menos veré lo que
es...
-Te aconsejo que no vayas; pero sin embargo...
El cielo, sin nubes estaba sombrío; las estre llas,
los fogonazos de las descargas y los surcos de las
bombas, que cruzaban el espacio, lucían en la ob s-
curidad, la cabeza del puente y la gran Construcción
blanca de la batería destacábase en la negrura de la


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noche. Los dos hermanos se aproximaron al puente,
donde un miliciano, preparando torpemente el fusil,
les gritó- ¿Quién vive?
-¡Soldados!
-No se puede pasar.
-¡Imposible! Es preciso que pasemos.
-Decídselo al oficial.
-El oficial dormitaba; levantóse y dio la orden
de que los dejaran pasar.
-Se puede ir, no se puede volver. ¡Atención!
¿Dónde os metéis todos a la vez? -gritó a los c a-
rruajes detenidos a la entrada del puente, y en los
cuales se apilaban los cestones.
En el primer pontón encontraron a algunos so l-
dados que hablaban en voz alta.
-Ha recibido su equipo. Lo ha recibido todo,
¡Eh, amigos! -dijo otra voz .- Cuando se llega a la
Severnaia se renace. El aire es otro, de verdad.
-¿Qué canturreas ahí? -dijo el primero.- El otro
día una maldita bomba se les llevó las piernas a dos
marineros...
El agua invadía en algunos sitios el segundo
pontón, donde ambos hermanos se detuvieron para
esperar su carruaje; el viento que parecía débil en
tierra, soplaba aquí más violentamente y a ráfagas;


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balanceábase el puente, y las olas, chocando con f u-
ria inundaban el piso; el mar mugía sordamente,
formando una línea negra, unida, sin fin, que se
destacaba en el horizonte estrellado, donde lucían
plateados fulgores. En lontananza veíanse las luces
en la escuadra enemiga; a la derecha un vapor pr o-
cedente de la Severnaia acercábase rápida y ruid o-
samente. Estalló una bomba, iluminando durante un
segundo el montón de cestones, la cubierta del b u-
que y en ella a hombres de Pie; a un tercero que en
mangas de camisa, sentado, con las piernas colga n-
do, ocupábase en una reparación junto al borde
mismo del puente, y la espuma blanquecina de las
olas de verdosos reflejos, hendidas por el vapor en
marcha.
Los mismos trazos luminosos continuaban su r-
cando el cielo sobre Sebastopol, y los ruidos que
inspiraban espanto iban aproximándose; una ola,
venida del mar, reventó contra el costado derecho
del puente, mojando los pies de Volodia; dos solda-
dos, arrastrando sus piernas con ruido por el agua,
pasaron por su inmediación. De pronto, algo estalló
con estrépito e iluminó la parte del puente que se
extendía ante ellos y por la cual rodaba un carruaje,


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seguido de un militar a caballo. Los cascos cayeron
silbando en el agua, haciéndola saltar a chorros.
-¡Ah, Mikhail Semenovitch! -dijo el jinete, dete-
niéndose ante Koseltzoff mayor. - ¿Ya está usted
restablecido?
-Sí, como puede usted ver. ¿ Adónde le envía a
usted Dios?
-A la Severnaia, por cartuchos; me mandan en
lugar del ayudante del regimiento. Se espera de un
momento a otro el asalto.
-¿Y Martzeff, dónde está?
-Ha perdido una pierna ayer; en la ciudad en su
cuarto... dormía. ¿Le conocía usted?
-El regimiento está en el quinto... ¿no es verdad?
-Sí; ha relevado a los de M... Pase usted a la
ambulancia; allí encontrará usted a algunos de los
nuestros que lo conducirán.
-¿Y mi alojamiento de la Morskaia, se ha libr a-
do?
-¡Ja¡¡Ja!...¡ batiuchka! hace mucho tiempo que lo
arrasaron las bombas. No reconocerá usted a Se-
bastopol; no queda un alma: ni mujeres, ni música,
ni fondistas; el último se marchó ayer. ¡Ha quedado
todo más triste!... ¡Adiós!
Y el oficial partió al trote.


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Miedo terrible se apoderó de pronto de Volo-
dia; parecióle que una bomba iba a caer sobre él y
que alguno de sus cascos le daría irremediablemente
en la cabeza. Aquellas tinieblas húmedas, aquellos
sones siniestros, el rumor constan te de las olas irr i-
tadas, todo parecía sujetarle para que no diese un
paso más y decirle que nada bueno le esperaba allí;
que haría bien en vol verse atrás, en huir deprisa l e-
jos de aquellos lugares terribles en que reinaba la
muerte. -¿Quién sabe? Tal vez es muy tarde ya... ¡mi
suerte está decidida!... -He aquí lo que él se decía,
temblando ante esa idea y también por el agua, que
penetraba en sus botas. Lanzó un suspiro y se
apartó un poco de su hermano.
-¡Dios mío! Verdaderamente moriré; pre-
cisamente yo... ¡Dios mío, ten piedad de mí! -
murmuró persignándose.
-Y bien, Volodia, adelante -le dijo su hermano
cuando el vehículo los alcanzó. - ¿Has visto la bo m-
ba?
Más lejos encontraron otra vez carruajes que
transportaban heridos y cestones; uno de ellos, lleno
de muebles, iba conducido por una mujer.
Arrimándose instintivamente contra la muralla
de la batería Nicolás, los dos hermanos si guieron


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junto a ella en silencio, poniendo oído a la deton a-
ción de las bombas que reventaban sobre sus cab e-
zas, al rugir de los cascos esparcidos desde arriba, y
llegaron, por fin, al sitio de la batería en que estaba
la Santa imagen. Allí supieron que la quinta, batería,
ligera, a la cual debía unirse Volodia, se encontraba
en la Korabelnaia. Decidieron, en su consecuencia, a
pesar del peligro, irse a dormir al quinto baluarte y
de allí pasar al día siguiente a la batería. Penetraron,
pues, por el estrecho pasadizo, y pasando sobre los
hombres que dormían al pie del muro, arribaron
por fin a la ambulancia.


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X
Al entrar en la primera sala, provista de ca mas
en las que había heridos, les impresionó el olor p e-
sado y nauseabundo particular de los hospitales; dos
hermanas de la caridad vinieron a su encuentro;
una, de cincuenta años de edad próximamente y de
severa fisonomía, llevaba en las manos un paquete
de vendajes e hilas y daba órdenes a un practicante
muy joven que la seguía; la otra, linda joven de,
veinte años, tenía el rostro de rubia, pálida y delic a-
da. Esta parecía singularmente gentil y tímida, seguía
a su compañera con las manos en el bolsillo del de-
lantal y veíase que tenía miedo de quedarse re-
zagada.
Koseltzoff preguntó dónde estaba Martzeff,
aquel que el día antes había perdido una pierna.
-¿ Del regimiento, de P...? -preguntó la de más
edad- ¿Es usted pariente suyo?
-¡No, su compañero!...
-Condúzcalos usted -dijo en francés a la otra
hermana,- y los d ejo, acompañada del practi-
cante, para acercarse a un herido.


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-Vaya, veamos, ¿qué miras tanto? -dijo Ko-
seltzoff a Volodia, que, parado, fruncida la fren te e
impregnados los ojos de simpatía dolorosa, no p o-
día apartar la mirada de los pacientes, a los que no
cesaba de examinar mientras seguía a su hermano,
repitiendo a pesar suyo:
-¡Dios mío, Dios mío!...
-Acaba de llegar, ¿no es cierto? -preguntó la
hermana de la caridad señalando a Volodia.
-Sí, acaba de llegar.
La joven lo contempló de nuevo y rompió a ll o-
rar, repitiendo con desesperación- ¡Dios mío, Dios
mío! ¿Cuándo acabará esto?...
Entraron en la sala de oficiales. Martzeff yacía
acostado de espaldas, con los brazos musculosos
descubiertos hasta el codo y cruzados tras de la c a-
beza. La expresión de su rostro amarillento era la de
un hombre que aprieta los dientes para no gritar de
dolor. Su pierna sana calzada con un calcetín, salía
por debajo del co bertor, y los dedos del pie con-
traíanse convulsivamente.
-Y bien ¿cómo está usted? - le preguntó la he r-
mana levantando la cabeza, algo caliente del herido
y arreglándole la almohada, con sus dedos delic a-
dos, sobre uno de los cuales distinguió Volodia una


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sortija de oro.- He aquí a dos compañeros que vi e-
nen a verlo.
-¡Sufro, claro está! -replicó con rabia; - no, no
toque usted, está bien así -y los dedos del pie se
agitaban en el calcetín con movimientos nerviosos. -
¡Buenos días! ¿Cómo se llama usted? ¡Ah, perdón
cuando Koseltzoff se dio a conocer- Aquí se olvida
uno de todo, y, sin embargo, ¡hemos vivido juntos!
-añadió mientras miraba a Volodia con aspecto de
curiosidad.
-Es mi hermano; viene de Petersburgo.
-¡Ah! Y yo he concluido, me parece. ¡Cuánto su-
fro! ¡Si esto pudiera terminar cuanto antes!...
Y con un movimiento convulsivo retiró la pie r-
na. Sus dedos saltaron con redoblada agitación; cu-
brióse la cara con las manos.
-Hay que dejarle tranquilo; está muy malo -les
dijo, al oído la hermana con los ojos llenos de lá-
grirnas.
Los dos hermanos, que habían decidido ir al
quinto baluarte, cambiaron de opinión al salir de la
ambulancia, y convinieron, sin comunicarse la ve r-
dadera razón, en irse cada uno por su lado para no
exponerse a un peligro inútil.


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-¿Encontrarás el camino, Volodia? -le preguntó
el mayor.- Por lo demás, Nikolaieff te conducirá a la
Korabelnaia; ahora me voy solo y mañana me reuni-
ré contigo.
Y no se dijeron nada más en aquella última e n-
trevista.
XI
El cañón tronaba con igual violencia, pero la
calle Ekatherinenskaia que seguía Volodia, acompa-
ñado del silencioso Nikolaieff, permanecía desierta
y tranquila. No distinguía en la obscuridad sino p a-
redes blancas, en pie, entre grandes edificios de s-
plomados, y las losas de la acera por donde
caminaba; cruzábase a veces con soldados y ofici a-
les, y al pasar a la izquierda, próximo al Almiranta z-
go, divisó, a la viva luz de una hoguera que ardía,
tras el cercado, una fila, de acacias plantadas hacía
poco a lo largo de la acera y sostenidas por sus tuto-
res pintados de verde. Sus pasos y los de Nicolaieff,
que respiraba estrepitosamente, interrumpían tan
sólo el silencio. Sus ideas eran vagas; la linda he r-
mana de la caridad, la pierna de Martzeff con sus
dedos dentro del calcetín, la obscuridad, las bo m-


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bas, las diferentes imágenes de la muerte, cruzaban
confusamente entre sus recuerdos: su alma, joven e
impresionable, sentíase inquieta y dolorida en su
aislamiento, por la absoluta indiferencia de cada uno
hacia su propia suerte, aunque esté expuesta al pel i-
gro. -¡Sufriré, perderé la vida, y nadie me llorará! -se
decía.
¿Dónde estaba, pues, la vida del héroe llena de
ardor enérgico, y de simpatías en la cual tanto soñ a-
ra? Las bombas silbaban y estallaban , aproximán-
dose cada vez más, y Nikolaieff suspiraba con más
frecuencia sin romper el silencio. Al atravesar el
puente que conduce a la Korabelnaia, vio a dos p a-
sos de él sumergirse un objeto, silbando, en el golfo;
iluminar con fulgor purpúreo las olas de matiz vi o-
láceo y rebotar, lanzando al aire el agua en menuda
lluvia.
¡Maldita!... la bribona está viva aún –murmuró
Nikolaieff.
-Sí -replicó Volodia a pesar suyo y sorprendido,
por el eco de su voz, agudo y chillón.
A su encuentro venían heridos transportados en
camillas, carretas llenas de gaviones, un regimiento,
algunos jinetes. Uno de éstos, oficial, seguido de un
cosaco, detúvose al ver a Volodia; examinó su ro s-


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tro, y después, volviéndole la espalda, dio un latig a-
zo a su montura y prosiguió su camino.
-¡Solo, solo, que viva o no, a todos les da lo
mismo!... -díjose el adolescente, pronto a echarse a
llorar.
Después que hubo cruzado un murallón blanco,
entró en una calle formada por casitas complet a-
mente derruidas, iluminadas sin cesar por el fulgor
de las bombas. Una. mujer borracha, harapienta,
acompañada de un marinero, salió por una puerte-
cilla, tropezando contra él.
-Perdón, Vuestra Nobleza -murmuró.
El corazón del pobre mozo iba oprirniéndose
cada vez más, mientras que en el sombrío horizonte
los fogonazos brillaban de continuo, y los proyect i-
les venían ruidosamente a estallar en torno suyo. De
pronto, Nikolaieff suspiró y dijo con voz que pare-
cióle a Volodia expresión de terror mal contenido:
-¿Valía la pena de darse prisa, para venir aquí,
desde allí... andando, y andando?... ¿Y para qué
tanta prisa?...
-Pero a Dios gracias, mi hermano se curó
-contestó Volodia para librarse, hablando, de la h o-
rrible sensación que se apoderaba de él.


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-¡Sí, perfectamente curado!... ¡Cuando to dos
están enfermos! Los sanos se encontrarían mucho
mejor en el hospital en un tiempo como este. ¿Se n-
timos nosotros, acaso, ninguna alegría por estar
aquí? Ahora un brazo... ya una pierna... se pierde... y
mire usted, aquí aun... en la ciudad, se está mejor
que en los baluartes. ¡Dios de Dios! ¡En el camino
hay que rezar todas las oraciones!... ¡Eh, canalla!
¿Vienes a zumbarme en los oídos? -añadió atento al
ruido de un casco que pasó junto a él. - Y bueno,
ahora -continuó Nikolaieff,- me han mandado co n-
ducir a Vuestra Nobleza, y ya sé que hay que hacer
lo que mandan; pero el coche lo dejé al cuidado de
un compañero, Y el equipaje está deshecho me han
dicho que venga, y he venido. Pero si se pierde algo
de lo que traemos, ¿seré yo, Nikolaieff, quien re s-
ponda? ¡He aquí la artillería, Vuestra Nobleza! -dijo
de súbito:- pregunte al centinela, él le indicará...
Volodia se adelantó solo. No oyendo ya tras de
sí los suspiros de Nikolaieff, sintióse defini-
tivamente abandonado; la impresión de ese aba n-
dono ante el peligro, ante la muerte, como creía,
pesó sobre su corazón con el frío glacial de una l o-
sa; parado en el centro de la plaza, miró en torno
suyo para ver si le observaban, y cogiéndose la c a-


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beza con las manos, murmuró con voz entrecortada
por el terror -¡Dios mío! ¿Seré verdaderamente un
miedoso vil, un cobarde? ¡Yo que soñaba no hace
mucho, morir por la patria, por el Czar, y todo con
júbilo!... ¡Si, soy un ser desgraciado y despreciable!
-exclamó con profunda desesperación y desilusi o-
nado de sí mismo. Por último, dueño al fin de su
emoción, dijo al centinela que le indicase dónde p a-
raba el comandante de la batería.
XII
El comandante de la batería habitaba en una c a-
sita de dos pisos, que tenía entrada por el patio. A
través de una de las ventanas, a la que le faltaba un
cristal, substituido por una hoja de papel, veíase el
débil resplandor de una bujía; el asistente, sentado a
la puerta, fumaba su pipa. Después de anunciar a su
amo la visita de Volodia, introdujo a éste en la h a-
bitación. Allí, entre dos huecos de ventana, junto a
un espejo roto, veíase una mesa cargada de papel o-
tes oficiales, algunas sillas, una cama de hierro con
ropa limpia y un biombo delante.
Junto a la puerta se hallaba el sargento pri mero,
buen mozo, de poblados bigotes y el sable al cinto,


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en el capote ostentaba una cruz y la medalla de la
campaña de Hungría. El oficial de estado mayor,
jefe de la. batería, de pequeña estatura, con la cara
hinchada y en ella un ven daje, paseábase por la e s-
tancia. De corpulencia muy pronunciada, parecía,
tener unos cuarenta años de edad; la calvicie se le
marcaba distintamente en la parte superior del cr á-
neo; su espeso bigote descendía recto hasta ocultarle
la boca, sus ojos pardos tenían agradable expresión,
las manos eran blancas y finas, algo llenas; los pies
muy echados hacia afuera., asentábanse en tierra con
cierta seguridad y coquetería que probaban que no
era la timidez el lado débil del comandante.
-Tengo el honor de presentarme; vengo agre-
gado a la quinta batería ligera, Koseltzoff segundo,
alférez -dijo Volodia, que al entrar en la es tancia re-
citó de un golpe esta lección aprendida de memoria.
El comandante de la batería le contestó con un
saludo bastante seco y lo invitó a sentarse. El joven
se sentó, y cogiendo en su distracción un par de tije-
ras, comenzó a juguetear con ellas maquinalmente.
El comandante, con las manos cruzadas a la espalda
y baja la cabeza, reanudó su paseo en silencio, dir i-
giendo de vez en cuando la mirada a los dedos del
alférez que continuaban usando con las tijeras.


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-Sí -dijo por último, deteniéndose delante del
sargento- desde mañana habrá que dar un garnetz22
más a los caballos de los furgones; están flacos.
¿Qué te parece?
-¿Por qué no? Se puede hacer, Vuestra Alta N o-
bleza. La avena está ahora más barata -respondió el
sargento, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo
y removiendo los dedos, movimiento habitual en él-
Y además hay, que el forrajeador Frantzone me ha
escrito ayer dos letras, Vuestra Alta Nobleza: dice
que hay que comprar; ahora están a buen precio;
¿qué dispone usted, pues?
-Bueno, comprarlos, hay dinero -respondió el
jefe, volviendo a pasear. - ¿Dónde tiene usted su
equipaje? -dijo de pronto, deteniéndose delante de
Volodia.
El pobre muchacho, perseguido por la idea de
que era un cobarde, veía transparentarse en cada mi-
rada, en cada frase, el desprecio que debía inspirar, y
le pareció que su superior había penetrado ya tan
triste secreto y se burlaba de él; así es que respondió
turbado que su equipaje estaba en la Grafskaia, y
que su hermano se lo enviaría al día siguiente.

22 Medida de avena.


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-¿Dónde alojaremos al alferez? -preguntó el te-
niente coronel al sargento primero, sin aten der a la
respuesta del joven.
-¿ El alférez?... -repitió el sargento. Y una rápida
mirada dirigida sobre Volodia y que parecía decir
«¿quién es este alferecillo?» acabó de desconcertar al
oficial.- Pues allá abajo, Vues tra Alta Nobleza; con
el segundo capitán, puesto que el capitán se halla en
el baluarte; su cama está desocupada.
-¿Le acomoda eso por hoy? -preguntó el jefe de
la batería.- Debe usted estar cansado, me parece.
Mañana ya lo podremos instalar más cómodamente.
Volodia, se levantó y saludó.
-¿Quiere usted tomar té? -añadió su supe rior.-
Se puede hacer que calienten el samovar...
El alférez, que estaba ya en la puerta, volvió,
saludó otra vez y salió. El asistente del
teniente coronel lo condujo a la planta baja, hacié n-
dolo entrar en una pieza sucia, en la que un montón
de objetos rotos aparecían arrojados al azar por t o-
das partes, y donde en un rincón, sobre una cama de
hierro, dormía, sin sábanas ni cobertor, envuelto en
su capote, un hombre, a quien el joven tomó por un
soldado.


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-Pedro Nicolalevitch -y el sirviente t ocó en el
hombro al que dormía- el alférez ha de acostarse
aquí. Es nuestro junker -agregó, dirigiéndose a Volo-
dia.
-No se mueva usted, se lo suplico -exclamó éste,
viendo al junker, joven alto y robusto, de hermosas
facciones, pero completamente desprovistas de i n-
teligencia, levantarse, y echándose el capote sobre
los hombros, salir medio dormido y murmurando:
-Lo mismo me da; iré a dormir al patio.
XIII
Solo con sus pensamientos, la primera impr e-
sión de Volodia fue otra vez el espanto producido
por la turbación que trastornaba su espíri tu. Con-
tando con el sueño para no pensar más en lo que le
rodeaba, y olvidarse de sí mismo, dio un soplo a la
bujía y se acostó, cubriéndose por completo con el
capote y hasta la cabeza, pues había conservado de
su infancia el miedo a la obscuridad; pero de súbito
la idea lo acudió de que una bomba podría horadar
el techo y matarlo; puso oído y escuchó: sobre su
cabeza paseaba el comandante de la batería.


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- Comenzará por matarlo a él primero -se dijo- a
mí después; ¡no moriré solo!
Esta reflexión lo tranquilizó, y ya iba a dormir se
cuando la idea de que Sebastopol pudiese ser tom a-
do aquella misma noche, de que los franceses forz a-
ran su puerta y de que no tenía ni un arma para
defenderse, le despertó del todo; levantóse y rec o-
rrió la estancia; el temor del verdadero peligro había
sofocado el miedo misterioso a la obscuridad, bu s-
có, encontrando sólo al alcance de su mano un e s-
cabel y un samovar.- Soy un cobarde, un pusilánime,
un miserable -se dijo otra vez, lleno de indign ación
y de desprecio contra sí mismo. Se acostó y trató de
no meditar más. Pero entonces las impresiones del
día aparecieron en su imaginación, y los estampidos
incesantes que hacían retemblar los vidrios de su
única ventana le recordaron el peligro; sucedíanse
las visiones: ora veía heridos cubiertos de sangre,
bombas haciendo explosión y cuyos cascos pen e-
traban en su cuarto; ora a la linda hermana de la c a-
ridad que lo curaba llorando ante su agonía, o a su
madre, que después de acompañarlo a la capital del
distrito, rogaba a Dios por él, vertiendo lágrimas
ante una imagen milagrosa. Huyóle el sueño, pero
de improviso la idea de mi Dios Todopoderoso,


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que todo lo ve y que escucha todas las plegarias,
surgió nítida Y clara entre sus delirios; se arrodilló,
persignándose, y Juntó las manos como le enseñ a-
ron en su niñez. Sólo aquella actitud hizo nacer en
su alma un sentimiento de infinita dulzura, de m u-
cho tiempo atrás olvidado.
-Si he de morir, es que soy inútil. Si es así, S e-
ñor, hágase tu voluntad; ¡cuanto antes sea cumpl i-
da!... Pero si el valor y la energía que me faltan me
son necesarios, evítame la vergüenza y la deshonra,
que no podría soportar, y enséñame lo que debo ha-
cer para cumplir tu voluntad. -Su alma, de niño d é-
bil y aterroriza da, se conforto, se renándose en el
acto y sumer giéndose en nuevos horizontes, a m-
plios y luminosos; penso mil cosas, experimento mil
sensaciones durante el corto transcurso de aque lla
impresión; después se durmió reposadamente al
sordo rumor del bombardeo y de los vidrios que
retemblaban.
¡ Señor! Tú sólo oíste; sólo a Ti llegarán las pl e-
garias sencillas pero ardientes y desesperadas de la
ignorancia, del arrepentimiento confuso, que piden
la curación del cuerpo, la purificación del alma; or a-
ciones que de aquellos lugares ha bitados por la
muerte subieran hasta Ti, comenzando por el Gene-


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ral que presiente con terror el ataque, y que un s e-
gundo antes sólo pensaba en llevar al cuello la cruz
de San Jorge, hasta concluir por el simple soldado,
que sobre el desnudo suelo de la batería Nicolás, te
suplica. que des a sus sufrimientos la recompensa
inconscientemente presentida.
XIV
El primogénito de los Koseltzoff encontró en la
calle a un soldado de su regimiento y se hizo aco m-
pañar por él al quinto baluarte.
-Péguese Vuestra Nobleza bien al muro -le dijo
el soldado.
-¿Por qué?
-Hay peligro, Vuestra Nobleza; pasan ya por en-
cima -respondió el infante, escuchando el sil bido
del proyectil que hería con golpe seco en el lado
opuesto del camino apisonado; pero Koseltzoff
prosiguió por el centro sin hacer caso del aviso.
Eran aquellas las mismas calles, los mismos f o-
gonazos, más frecuentes, los mismos rumores y los
mismos lamentos, y el encontrar heridos y las bat e-
rías, trincheras y parapetos, tales como los hubo de
ver en la primavera; pero ahora el aspecto era más


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triste, más sombrío, pudiera decirse que más guerre-
ro; mayor número de casas aparecían agujereadas, y
en las ventanas no había luces; sólo el hospital
constituía una excepción. Ni una mujer en la calle, y
el carácter de la vida habitual e indiferente, impreso
antes sobre todas las cosas, había desaparecido, r e-
emplazado por el de expectación inquieta y de e s-
fuerzos redoblados e incesantes.
He aquí ya la última trinchera y a un soldado del
regimiento de P... que reconoce al antiguo oficial de
su compañía; he aquí al tercer batallón cuya prese n-
cia se puede adivinar por el murmullo contenido de
las voces y el choque me tálico de los fusiles apoy a-
dos contra el muro, y que la luz de las descargas
ilumina a frecuentes intervalos.
-¿Dónde está el jefe del regimiento? - pregunta
Koseltzoff.
-En el blindaje de los marinos, Vuestra Noble-
za-responde el servicial soldado. -¿Quiere Vuestra
Nobleza venir? Yo lo conduciré...
Y pasando de una trinchera a otra, guía a Ko-
seltzoff al foso, donde hallan a un marinero fuma n-
do su pipa, tras él se abre una puerta, a través de
cuyas junturas brilla una luz.
-¿Se puede entrar?


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-Yo anunciaré.
El marinero entra en la casamata, donde se oye
el rumor de dos voces.
-Si Prusia continúa en su neutralidad, entonces -
dice una de ellas, -Austria...
-¿ Qué importa lo que haga Austria, mientras los
pueblos eslavos?... -responde la otra.
-¡Ah! Sí, dile que entre -añadió la misma voz.
Koseltzoff, que no había puesto nunca los pies
en aquel alojamiento, quedó sorprendido por su
elegancia; un entarimado substituía al piso natural;
una mampara cubría la puerta; en el ángulo derecho,
una gran icona23 representando la Santa Virgen, con
su dosel dorado, iluminada por una lamparilla de
cristal color de rosa; dos lechos colocados junto a la
pared, en uno de los cuales dormía vestido un mar i-
no; sobre el otro, sentábanse el nuevo jefe de! reg i-
miento y un ayudante de campo. Koseltzoff, que no
era nada tímido y que no creía estar en falta en m o-
do alguno ni con el estado ni con el Jefe de su re-
gimiento, experimentó, sin embargo, al hallarse en
presencia de éste, su compañero poco antes, cierta
aprensión singular.

23 De eikon (griego), imagen, retablo.


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-Es extraño -se dijo al verlo levantarse para oir-
le;- no hace aún siete semanas que manda el r egi-
miento, y ya en su actitud, en su mirada, en su traje,
respira la autoridad. No ha mucho tiempo que este
mismo Batritcheff se divertía con nosotros, y se
comía solo, sin invitar nunca a nadie, sus bithi,24 y sus
vareniki25, y ahora la expresión de orgullo lleno de
sequedad, en sus ojos, que me dicen : «Aunque sea
yo tu compañero, pues soy un coronel de la nueva
escuela puedes estar seguro de que sé que darías la
mitad de tu vida por hallarte en mi lugar.»
-¡Se ha cuidado usted bastante tiempo!... - díjole
fríamente el coronel.
-He estado enfermo, mi coronel, y mi herida no
se cicatrizó aún.
-Si es así, ¿por qué ha vuelto usted? -La corpu-
lencia de Koseltzoff inspiraba desconfianza a su j e-
fe.- ¿Puede usted hacer servicio?
_Seguramente; sí puedo.
-Está bien. El alférez Taitkeff le entregará a u s-
ted la novena compañía, la que ha mandado usted
ya; vaya usted a recibir la orden del día, y haga el f a-
vor, al salir, de enviarme al ayudante del regimiento.

24 Carne picada (¿albondigas?)
25 Plato ruso de crema agria.


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Al salir de allí Koseltzoff hubiérase podido cre-
er que se sentía incómodo o que estaba irri tado, pe-
ro no precisamente contra su coronel, sino en
particular contra sí mismo y contra todo cuanto lo
rodeaba.
XV
Antes de ir a reunirse a sus oficiales, fue a bu s-
car su compañía situada en el camino cubierto que
conducía al sexto baluarte.
Al entrar en el abrigo blindado abierto por un
lado, encontró tanta gente, que a duras penas pudo
abrirse paso entre ella. En uno de los extremos ardía
una vela de sebo que un soldado, ten dido en tierra,
sostenía sobre un libro en el cual leía uno de sus
compañeros deletreando; en torno suyo, multitud
de cabezas vueltas hacia el lector, al cual escuchaban
ávidamente. Koseltzoff reconoció el a b c 26 en esta
frase. O-ra-ción des-pués del es-tu-dio. Te-doy gra-
cias, Cre-ador mí-o.
-Despabilad la luz -gritó uno.

26 La cartilla de enseñanza de las escuelas.


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-¡Qué buen libro! -exclamó el lector que se di s-
ponía a proseguir; pero a la voz de Koseltzoff lla-
mando al sargento primero, enmudeció: los
soldados salieron de su inmovilidad, tosiendo s o-
nándose, cosa que ocurre siempre tras un rato de
forzoso silencio; el sargento, abrochándose el un i-
forme, se levantó de en medio de un grupo, y p a-
sando por encima de sus compañeros, pisándole los
pies, que por falta de espacio no sabían dónde m e-
ter.
-¡Hola, muchacho! ¿Está siempre lo mismo
nuestra compañía?
-¡Salud a Vuestra Nobl eza! Lo felicitamos por
estar de regreso -respondió el sargento alegremente.
-¿Se curó ya Vuestra Nobleza? ¡Ah, bueno!
Alabado sea Dios, pues hemos notado mucho su
falta.
Conocíase que Koseltzoff era querido en la
compañía; oyóse enseguida cómo se comunicaban
unos a otros que el antiguo oficial de ella había
vuelto; aquel que fue herido, Koseltzoff Mikhail
Semenovitch. Algunos soldados, entre ellos el ta m-
bor, vinieron a saludarlo.


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-¡Hola,Obanetchuk! -le dijo el oficial- ¿estás
bueno y sano? ¡Hola, hijos mios! -añadió alzando la
voz.
Los soldados respondieron a coro:
-¡Salud a Vuestra Nobleza!
-¿Cómo va, muchachos?
-Esto va mal, Vuestra Nobleza; el francés va g a-
nando; tira desde sus atrincheramientos, pero no se
deja ver fuera de ellos.
-Y bien, ¿quién sabe? Tal vez tendré yo la suerte
de verlo salir de sus trincheras. No será la, primera
vez que vayamos juntos y que lo batiremos.
-Estamos dispuestos a hacer cuanto se pueda,
Vuestra Nobleza -respondieron muchos a la vez.
-¿Son, pues, muy valientes?
-Terriblemente atrevidos -dijo a media voz el
tambor, pero de modo que pudiera ser oído, y dir i-
giéndose a otro soldado, como para justificar a su
superior por haber empleado aquella expresión y
persuadir a su compañero de que no tenía nada de
exagerado ni de inverosímil.
Koseltzoff se separó de sus soldados para ir a
reunirse con los oficiales en el cuartel.
XVI


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La sala de banderas del cuartel estaba llena
de gente, de multitud de oficiales de marina, de art i-
llería y de infantería; los unos dormían, los otros
charlaban sentados sobre cajas de muni ciones o so-
bre el afuste de un cañón; el grupo más numeroso lo
formaban algunos sentados sobre sus burkas exten-
didas en el suelo, y que bebían porter y jugaban a los
naipes.
¡Eh! Koseltzoff, ¿ya de vuelta? ¿Y tu herida? -
dijeron varias voces salidas de diferentes lados.
Después de estrechar la mano a sus conocidos,
Koseltzoff se re unió al grupo central de los ju-
gadores. Uno de estos, de exterior agradable, mor e-
no, delgado, de larga nariz, seco y con gran bigote
que le cubría las mejillas, llevaba la banca con sus
dedos blancos y finos, en uno de los cuales se veía
una sortija con solitario; parecía agitado. Y al echar
las cartas hacíalo con negligencia afectada a su dere-
cha, medio recostado y apoyándose en los codos, un
mayor de pelo gris, apuntaba y pagaba cada vez m e-
dio rublo con exagerada tranquilidad; A la izquierda,
sentado sobre sus talones, un oficial de cara ence n-
dida y reluciente, bromeaba y sonreía con esfuerzo,
y cuando mataban su carta agitábase una de sus ma-


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nos en el bolsillo vacío del pantalón; jugaba fuerte
pero sin dinero, lo que ponía de mal talante al oficial
moreno, de rostro agraciado. Yendo y viniendo por
la estancia, con un paquete de asignados en la mano,
otro oficial, pálido, delgado y calvo, de enorme n a-
riz y enorme boca, ponía dinero contante a cada va-
banca y ganaba siempre.
Koseltzoff bebióse una copa de aguardiente y se
sentó junto a los jugadores.
-Vamos, Mikhail Semenovitch, vamos, apunte
usted -le dijo el banquero- apostaría a que ha traído
un dineral.
-¿Dónde lo he de haber encontrado? Al revés;
he gastado mis últimos rublos en la ciudad.
-¿De verdad? Habrá desplumado usted a a l-
guien en Sympheropol; estoy seguro.
-¡Vaya una idea! -replicó Koseltzoff, a quien
agradaba que en esto no se le diese crédito sobre su
palabra, y desabrochándose el uniforme para estar
con más comodidad, cogió algunos naipes usados.
-No tengo nada que arriesgar; pero ¡que el di a-
blo me lleve!... ¿quién puede prever la suer te?
Un mosquito en ocasiones hace prodigios. Bebamos
para tener ánimos.


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Y no tardó nada en beberse otra copa de agua r-
diente, y en perder sus últimos tres rublos, mientras
que ciento cincuenta eran inscriptos en la cuenta del
oficialote de rostro empapado en sudor.
-Haga usted el favor de enviarme el dinero - dijo
el que tenía la banca interrumpiendo la talla para mi-
rar a éste.
-Permítame usted demorar el envío hasta mañ a-
na -respondió el interpelado levantándose; su mano
no cesaba de moverse con agitación en el bolsillo.
-¡Hum! -murmuró el banquero, lanzando con
despecho a derecha e izquierda las últimas cartas de
la baraja.- No se puede jugar así - exclamó,- otro ta-
lla; esto no es posible, Takar Ivanovitch; jugamos
dinero contante y no de boquilla.
-¿Dudará usted de mí? Sería verdaderamente
extraño.
-¿De quién he de recibir ocho rublos? -preguntó
en aquel momento el mayor, que acababa de ganar, -
he pagado más de

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