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domingo, 27 de mayo de 2007
-Sin embargo, me han dicho que los habéis r e-
chazado - replicó con mal humor Galtzin. -¿Será
quizá después que te retiraste?... ¿ Hace mucho?
-Ahora mismo, Vuestra Nobleza; la trinchera
debe ser suya; nos llevaban ventaja.
-¿Pero, no os ha dado vergüenza? i Aban donar
la trinchera! ¡Es horroroso! -dijo Galtzin, indignado
por la indiferencia de aquel hombre.
_ ¿Y cómo no, cuando él es más fuerte?
_ ¡Eh; Vuestra Nobleza! -dijo entonces un so l-
dado conducido en camilla. -¿ Cómo no aban-
donarla cuando nos matan a todos? ¡Ah! Sí hu-
biéramos tenido la fuerza no la hubiésemos aban-
donado nunca. ¿Pero qué hacer? Yo acababa de
pinchar a uno cuando recibí el golpe. Con cui dado
hermanos, con cuidado: ¡ay¡ por favor gemía el he-
rido.
-Vamos; se vuelve demasiada gente -dijo
Galtzin deteniendo otra vez al soldado de los dos
fusiles. -¿Por qué te retiras tú, eh? i Alto!
El soldado obedeció, quitándose la gorra con la
mano izquierda.
-¿ Adónde vas? -siguió severamente el Prín cipe
-¿Y quién te ha permitido retirarte?


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Pero entonces, habiéndose acercado más, vio
que el brazo derecho del soldado estaba cubierto de
sangre hasta el codo.
-Estoy herido, Vuestra Nobleza.
-¡Herido! ¿Dónde?
-Aquí, de bala -y enseñó su brazo. -Pero no sé lo
que me han roto también aquí.
Y bajando la cabeza, dejó ver sobre la nuca m e-
chones de cabellos pegados entre sí por la sangre
coagulada.
-Y ese fusil, ¿de quién es?
-Es una carabina francesa, Vuestra Noble za; la
he cogido. No me hubiera retirado, pera era preciso
conducir a este soldadillo; puede caerse -y el hom-
bre señaló a un infante que marchaba algunos pasos
delante de ellos arras trando penosamente la pierna
izquierda.
El príncipe Galtzin sintióse cruelmente aver-
gonzado de sus injustas sospechas, y conociendo
que se turbaba, volvió el rostro, y sin pregun tar ni
vigilar ya a los heridos dirigióse a la ambulancia.
Abriéndose camino con trabajo hasta el portal, a
través de los soldados, parihuelas, camilleros que
entraban con heridos y salían con cadáveres, pen e-
tró en la Primera sala, lanzó una ojea da, en torno


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suyo, retrocedió involuntariamente y salió con apr e-
suramiento a la calle. Lo que acaba de ver era dem a-
siado horrible.
VII
La gran sala, sombría y de elevado techo, ilu-
minada solamente por cuatro o cinco bujías que los
médicos transportaban para examinar a los pacie n-
tes, estaba, tal como suena, atestada de gente. Los
camilleros traían sin cesar nuevos heridos y los d e-
positaban uno junto a otro en tierra; la prisa era tal,
que los infelices se em pujaban, bañándose en la
sangre de sus vecinos. Charcos de ella se estancaban
en los huecos vacíos; la respiración febril de algunos
centenares de hombres, el sudor de los portadores
de heridos, desprendía de si una atmó sfera pesada,
espesa, pestífera, en la que ardían sin brillo las bujías
encendidas en diferentes puntos de la sala; sentíase
murmullo confuso de gemidos, suspiros, ronquidos,
que gritos penetrantes interrumpían. Algunas he r-
manas, cuyos tranquilos rostros expresaban no la
compasión fútil y lacrimosa de la mujer, sino interés
despierto y vivo, se deslizaban de acá para allá entre


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los capotes y las camisas ensangrentadas, pasando a
veces sobre los heridos para llevarles medicame n-
tos, agua, ven dajes e hilas. Los médicos, con las
mangas remangadas, arrod illados ante los heridos,
bajo la luz de las teas que sus ayudantes sostenían,
examinaban y sondaban las heridas sin hacer caso
de los gritos espantosos y de las súplicas de los p a-
cientes. Sentado sobre una manta junto a la puerta
un mayor inscribía el número 532.
-Ivan Bogosef, fusilero, de la 3º compañía, del
regimiento, de C... fractura femuris complicata -gritaba
al otro extremo de la sala uno de los cirujanos,
mientras curaba una pierna rota- ¡Volvedle!
-¡Ay, ay! padres míos -murmuraba roncamente
el soldado, suplicando que lo dejaran tranquilo.
-Perforatio capitis. Simón Neferdof, teniente coro-
nel del regimiento N. Tenga usted un poco de p a-
ciencia, coronel; no hay medio... tendré que dejarle a
usted ahí -decía un tercero que sondaba con una e s-
pecie de corchete en la cabe za al desventur ado ofi-
cial.
-¡En nombre del Cielo, conclu ya usted de una
vez!
-Perforatio pectoris. Sebastián Sereda, de infantería,
¿qué regimiento? Por lo demás es inú til; no lo in s-


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criba usted, moritur. Llevárselo añadió el médico
alejándose del moribundo, que con la vista vidriosa
y extraviada agonizaba ya.
Unos cuarenta soldados camilleros esperaban su
carga a la puerta: de vivos enviados al hos pital y de
muertos a la capilla. Aguardaban si lenciosos, y a ve-
ces escapábaseles algún sus piro, mientras co ntem-
plaban aquel cuadro.
VIII
Kaluguin encontró muchos más heridos al di-
rigirse al baluarte. Conociendo prácticamente la i n-
fluencia perjudicial que este espectáculo pro duce en
el ánimo do todo hombre que va a entrar en fuego,
no tan sólo no los detuvo para interro garlos, sino
que se esforzó en no prestar aten ción a tales e n-
cuentros.
Al pie de la montaña se cruzó con un oficial de
órdenes, que bajaba del baluarte a rienda suelta.
-¡Zobkin, Zobkin! un momento.
-¿Qué?
-¿De dónde viene usted?
-De los alojamientos.


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-Y bien, ¿qué pasa allí? ¿Arrecia la cosa ?
-¡Oh! terriblemente.
Y el oficial se alejó al galope. La fusilería parecía
ir cesando; en cambio el cañoneo prose guía con
nuevo vigor.
-¡Hum! mal negocio- penso Kaluguin.
Experimentaba una sensación indefinible muy
desagradable; hasta llegó a tener un presentimiento,
es decir, una idea muy común... la idea, de la muerte.
Kaluguin tenía amor propio y nervios de ace ro;
era, en una palabra, lo que se ha convenido en ap e-
llidar un valiente. No se dejó, pues, dominar por
aquella primera impresión, sino que reanimó su v a-
lor recordando el caso de un ayu dante de Napoleón
que regresó con la cabeza en sangrentada, de spués
de transmitir una orden urgente.
-¿Está usted herido? -le preguntó el Emperador.
-Con permiso de Vuestra Majestad, ¡estoy
muerto! -respondió el ayudante, que cayendo del ca-
ballo expiró en el sitio.
Aquella anécdota le gustaba. Colocándose, con
la imaginación en el puesto de aquel ayudante, fust i-
gó a su caballo, adoptó un aire más a la cosaca, al i-
neándose con una mirada con el or denanza que lo
seguía al trote apoyado en los estribos, llegó al


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punto donde debía desmontar. Allí encontró a cu a-
tro soldados que fumaban su pipa sentados sobre
unas piedras.
-¿Qué hacéis aqui? -les gritó.
-Mire Vuestra Nobleza; hemos transportado un
herido, y descansábamos un poco -dijo uno de ellos,
ocultando su pipa tras de la espalda y quitándose el
gorro.
-¡Está bien!... ¡Descansáis! ¡Largo; a vuestros
puestos!
Y poniéndose a su frente avanzó con ellos por
la trinchera, encontrando heridos a cada mo mento.
En lo alto de la meseta giró a la izquier da, y encon-
tróse, algunos pasos más allá, com pletamente solo.
Un casco de bomba, silbó muy cerca de él, yendo a
sepultarse en la trinchera; una granada que se elevó
por los aires parecía dirigirse recta contra su pecho;
presa de terror, adelantó algunos pasos corriendo y
se echó a tierra; pero cuando la granada hubo est a-
llado bastante lejos, sintió violenta irritación contra
sí mismo y levantóse; miró en torno suyo, por si a l-
guien le había visto echarse al suelo, no había nadie.
Cuando el miedo se apodera del alma, no deja
ya lugar a otro sentimiento. Él, Kaluguin, que se va-


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nagloriaba de no bajar nunca la cabeza, atravesó la
trinchera con paso veloz y casi a gatas.
-¡Alto! mala señal -se dijo al dar un trope zón,-
me matarán hoy, de seguro.
Respiraba con dificultad; estaba empapado en
sudor y admirábase de esto, sin hacer el menor e s-
fuerzo para dominar su miedo. De pronto, al ruido
de unos pasos que se acercaban, incorporóse viva-
mente, irguió la cabeza, hizo sonar con arrogancia
su sable y acortó la rapidez de su marcha. Cruzáron-
se entonces con él un oficial de zapadores y un m a-
rinero; aquél le gritó:
-¡A tierra! -indicándole el punto luminoso de
una bomba que caía con creciente velocidad y brillo.
El proyectil dio junto a la trinchera; al grito del
oficial, Kaluguin hizo un ligero saludo invo luntario;
después continuó su camino sin pestañear.
-¡He ahí un valiente! -dijo el marinero, que
contemplaba con sangre fría la caída de la bomba.
Su vista ya acostumbrada había calculado que
los cascos no alcanzarían a la trinchera.
-¡No ha querido tumbarse!
Para llegar al abrigo blindado del comandan te
del baluarte, no le faltaba ya a Kaluguin sino atrave-
sar un espacio descubierto, cuando se sin tió de nue-


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vo invadido por terror estúpido, su corazón latía
agitadamente; subiósele la sangre a la cabeza, y sólo
a costa, de violentísimo esfuerzo sobre sí mismo lo-
gró alcanzar corriendo el blindaje.
-¿Por qué viene usted tan sofocado? - le pr e-
guntó el General, después que le fue transmi tida la
orden de que era portador el ayudante.
-He venido muy de prisa, Excelencia.
-¿Puedo ofrecerle a usted un vaso de vino?
Kaluguin apuró un vaso lleno y encendió un c i-
garrillo. La lucha había terminado, pero con tinuaba
aún el recio cañoneo por ambas partes. En el bli n-
daje se encontraban reunidos el jefe del baluarte y
algunos oficiales, entre ellos Praskunin; referían los
pormenores de la acción. La casamata aparecía tap i-
zada con papel de fon do azul, y amueblábanla un
canapé, una cama y una mesa cubierta de papelotes;
reloj en la pared y una imagen ante la que ardía una
lamparilla completaban el adorno. Sentado en ha-
bitación tan confortable, Kaluguin contemplaba to-
dos aquellos indicios de una existencia tranquíla, y
midiendo a ojo las recias vigas del techo de una, ar-
china en cuadro, oía el tronar del cañón, apagado por
los blindajes, y no podía com prender cómo pudo
sucumbir dos veces a imperdonables accesos de de-


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bilidad. Indignado contra sí mismo, se hubiera qu e-
rido exponer otra vez a los riesgos de antes, para
ponerse así a prueba.
Un oficial de marina, muy bigotudo y con la
cruz de San Jorge sobre su capote de Estado Mayor,
llegó en aquel momento a pedirle al General obreros
para poner en estado de servicio dos cañoneras
desmoronadas de su batería.
-Me felicito de verlo, capitán -dijo Kaluguin al
recién venido; - el General me ha encargado pr e-
guntar a usted si sus cañones pueden dispa rar me-
tralla contra las trincheras.
-Sólo una pieza -respondió él con aire indolente.
-Vamos a examinarlas...
El oficial frunció las cejas, y dijo medio re-
funfuñando -Acabo de pasar allá toda la noche, y
vengo a descansar un poco. ¿No puede ir usted s o-
lo? Allí encontrará a mi segundo, el teniente Kratz,
ese le enseñará a usted todo.
El capitán venía mandando desde hacia seis meses
aquella batería, una de las más peligrosas; desde que
comenzó el sitio, y mucho antes de que se constr u-
yeran los abrigos blindados, no había abandonado
el baluarte, lo que le hiciera adquirir entre los mar i-


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nos una reputación de valor a toda prueba, así es
que su negativa, sorprendió vivamente a Kaluguin.
-¡He aquí lo que son las reputaciones! -se dijo.
-Entonces iré solo, con su permiso -añadió con
cierto retintín, al cual el otro no prestó atención
ninguna.
Kaluguin olvidábase que aquel hombre lleva ba
seis meses completos de vida de baluarte, mientras
él, ajustando bien las cuentas, no ha bía pasado allí,
en varias veces, arriba de unas cincuenta horas. La
vanidad, el deseo de brillar, de obtener una reco m-
pensa, de crearse una reputación, hasta el placer del
peligro le aguijoneaban aún, mientras que el capitán
sentía ya indiferencia por todo eso. También había
alardeado, hecho demostraciones de valor, expuesto
inútilmente su vida, esperado y recibido r ecom-
pensas, adquirido su reputación de oficial valien te;
pero hoy todos aquellos estimulantes perdie ron ya
su poder sobre él; apreciaba las cosas de otra man e-
ra, comprendiendo bien que le que daban pocas
probabilidades de escapar a la muer te. Tras una
permanencia de más de seis me ses en los baluartes,
no se arriesgaba a la lige ra y limitábase a cumplir
estrictamente su de ber, de tal modo que el bisoño
teniente Kratz, que estaba a sus órdenes en la bat e-


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ría, sólo des de la semana anterior, y Kaluguin, a
quien aquél iba enseñando en detalle las obras, p a-
recían diez veces más valientes que el capitán. S o-
brepujándose el uno al otro, se asomaban al exterior
de las cañoneras y trepaban sobre las banquetas y
traveses.
Terminada la visita, y de vuelta ya al blin daje,
tropezóse Kaluguin con el General, que se dirigía
hacia la torrecilla de atalaya, seguido de sus ayuda n-
tes.
-Capitán Praskunin - dijo en aquel momento
-haga usted el favor de bajar a los alojamientos de la
derecha, al segundo batallón de M.... que está traba-
jando allí: que cese en los traba jos, y se retire sin
ruido a unirse a su regimiento en la reserva, al pie de
la montaña. ¿Se en tera usted? Condúzcalo usted
mismo al regimiento.
-¡A la orden! - respondió Praskunin, que se alejó
a escape.
El cañoneo iba cesando.
IX


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-¿Es este el segundo batallón de M...? -preguntó
Praskunin a un soldado que transportaba sacos ll e-
nos de tierra.
-Sí.
-¿Dónde está el jefe?
Mikhailof, suponiendo que preguntaban por el c a-
pitán de la compañía, salió del hoyo donde estaba
resguardado; llevóse la mano a la visera de la gorra y
acercóse a Praskunin, a quien había tomado por un
jefe.
-De parte del General... en retirada... inmedi ata-
mente... sin ruido... a retaguardia... ya lo sabe usted...
a la reserva... -le dijo Praskunin, mirando de reojo
en dirección de los fuegos del enemigo.
Mikhailof, que a todo esto reconociera a su
compañero, bajo la mano, y haciéndose bien cargo
de la maniobra, dio las órdenes necesa rias a su tro-
pa. Cogieron los soldados sus fusiles alinearon sus
capotes y emprendieron la marcha.
Quien no lo haya experimentado alguna vez, no
podrá apreciar nunca la intensidad del júbi lo, que
siente un hombre al alejarse, después de tres horas
de bombardeo, de lugar tan peligro so como los
alojamientos de una obra de forti ficación. Durante
esas tres horas, Mikhailof, que no sin motivo pe n-


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saba en la muerto como en cosa inevitable, había
tenido tiempo de ha bituarse a la idea de que sería
irremisiblemente muerto y de que no pertenecía ya
al mundo de los vivos. A pesar de esto, costóle ha-
cer un esfuerzo violento para no correr, cuando s a-
lió do los alojamientos a la cabeza de su compañía y
al lado de Praskunin.
-¡Hasta la vista! ¡Buen viaje! -gritóle el mayor
que mandaba el batallón que había que dado en los
alojamientos.
Míkhailof había compartido con él su queso,
sentados los dos en el hoyo al abrigo del parapeto.
-Lo mismo digo. ¡Buena suerte! Me parece que
la cosa va amainando.
Pero apenas había pronunciado estas pala bras,
cuando el enemigo, que reparó sin duda el mov i-
miento, volvió a tirar de firme; los nues tros contes-
taron, y el fuego de cañón se reanudó con violencia.
Brillaban las estrellas, pero sin resplandor; la noche
era muy obscura; tan sólo el fulgor de los fogonazos
y la explosión de las granadas iluminaban, durante
unos segundos los objetos próximos; los soldados,
en silencio, caminando rápidamente, adelantábanse
unos a otros; se oía tan sólo el ruido regular de sus
pasos sobre el piso endurecido, acompañado por el


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estampido incesante del cañoneo, el choque metál i-
co de las bayonetas al chocar entre sí, y el suspiro, o
la plegaria de algún soldado.
-¡Señor, Señor!
De vez en cuando gemía un herido y oíase pedir
una camilla. En la compañía mandada por Mikhai-
lof, el fuego de la artillería llevaba ya puestos fuera
de combate veintiséis hombres des de la tarde ant e-
rior. Un fogonazo iluminó las lejanas tinieblas del
horizonte; el centinela gritó desde el baluarte
¡Ca... ñón!
Y un proyectil, silbando por encima de Ia com-
pañía, fue a hundirse en tierra, socavándola y h a-
ciendo saltar mil terrones y pedruscos.
-¡Que el demonio se los lleve! ¡Qué despa cio
andan! -decíase Praskunin, mirando hacia atrás a
cada momento, y sin dejar de seguir a Mikhailof.-
Podría adelantarme, puesto que ya comuniqué o r-
den... ¡Pero... no, no; en el acto irían diciendo que
era una gallina!... Pase lo que pase, iré con ellos.
-¿Por qué me sigue éste? -decíase por su parte
Mikhailof. -He reparado que siempre trae consigo la
desgracia, Y otra bomba que viene... derecha hacia
nosotros... me parece...


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Algunos pasos más allá encontraron a Kaluguin,
que hacía golpear airosamente su sable contra las
piedras; iba a los alojamientos; el General lo enviaba
a preguntar si avanzaban los trabajos; pero a la vista
de Mikhailof, se dijo que en lugar de exponerse a
aquel fuego terrible, lo cual no le había sido orden a-
do, podía muy bien informarse interrogando al of i-
cial que regresaba de allí. Mikhailof le dio, en efecto,
todos los detalles precisos; Kaluguin lo acompañó
un rato, y por último, volvió a seguir la trinchera
que conducía al abrigo blindado
-¿Qué hay de nuevo? Pregunto el oficial que c e-
naba solo dentro de este reducto.
-Nada; creo que no habrá más fuego esta noche.
-¡Cómo! ¿Qué no habrá? Al contrario, el Gen e-
ral acaba de subir al baluarte; ha venido otro reg i-
miento. Ademas oiga usted, otra vez la fusilería.
-No vaya usted, ¿para qué añadió viendo a Kaluguin
hacer un movimiento.
Debería ir, no obstante, decíase éste, pero por
otra parte, ¿no me he expuesto bastante al pe ligro
por hoy? El fuego es terrible.
-Es verdad – dijo en alta voz -será mejor que
me espere aquí.


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Veinte rninutos después volvió el General
acompañado por sus oficiales, entre los que esta ba
el junker barón Pesth. Pero Praskunin no venía.
Los alojamientos habían sido tomados y vueltos a
recuperar por nuestra gente.
Y tras de oír los detalles circunstanciados de la
empresa, Kaluguin salió con Pesth del abrigo.
X
-Tiene usted sangre en el capote; ¿se ha ba tido
usted al arma blanca? -le preguntó Kaluguin.
-¡Oh! He sido atroz; figúrese usted...
Y Pesth se puso a referirle cómo había con-
ducido al fuego su compañía, después de muerto el
comandante de ella, y de que modo sin él se hubiera
perdido la acción. El fondo del relato, es decir, la
pérdida del comandante y lo del fran cés muerto por
Pesth, era verídico; pero el junker, al precisar los
pormenores, los amplificaba vanidosamente.
Pero se envanecía sin premeditación; durante
todo el fuego, se había sentido rodeado de bru mas
fantásticas, hasta tal punto, que todo lo ocurrido pa-
recíale cosas vagamente acaecidas Dios sabe dónde


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y Dios sabe cuando, y referen tes a otro cua lquiera,
que no fuese él. Y naturalmente, intentaba crear i n-
cidentes en honra suya. He aquí, sin embargo, lo su-
cedido:
El batallón al cual fue agregado para tomar parte
en la salida, hubo de permanecer dos ho ras bajo el
fuego enemigo; después, su coman dante había pro-
nunciado algunas palabras; los de las compañías se
movieron; la tropa, salió de su abrigo en el parapeto
y se formó en línea de columnas cien pasos más allá.
Pesth recibió orden de colocarse al flanco exterior
de la segunda compañía.
Sin darse cuenta del lugar, ni de la operación, el
junker, con la respiración comprimida, presa de un
escalofrío nervioso, que le corría por la es palda,
colocóse en el sitio indicado, y miró ma quinalmente
ante sí en la obscuridad, esperando algo muy terr i-
ble. A pesar de todo, no era el miedo la impresión
dominante en él, pues ya no se hacía fuego; lo que le
parecía extraño, inquie tante, era verse en pleno
campo, fuera de las fortificaciones.
El comandante del batallón pronunció de nue-
vo, algunas palabras que fueron repetidas otra vez
en voz baja por los oficiales, y de súbito la muralla
negra, formada por la primera compañía, se hundió;


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había recibido la orden de echar se a tierra; la segun-
da compañía hizo lo propio, y Pesth, al tumbarse, se
pinchó en la mano con algo puntiagudo. Sólo se
veía la silueta del capitán de la segunda, que pe rma-
necía de pie, blan diendo su espada y sin cesar de
hablar y de moverse ante los soldados.
-Atención, muchachos; portaos bien, valien tes,
nada de tiros, vamos sobre esa canalla a la bayoneta.
Cuando yo grite ¡hurra! seguidme todos de cerca y
bien juntos. Así verán de lo que somos capaces. -
No nos cubriremos de vergüen za, ¿no es verdad,
hijos míos? ¡Por el Czar, nuestro padre!
-¿Cómo se llama el capitán? -preguntó Pesth a
otro junker su vecino.- ¡Es un valiente!
-Sí, en el fuego siempre esta así; se llama Lissin
Kovosky.
En aquel momento brotó una llamarada, seguida
de ensordecedora detonación; cascos y pie dras vo-
laron por el aire; cincuenta segundos des pués, una
de las piedras cayó de gran altura, y aplastó el pie a
un soldado. Había caído una bomba en medio de la
compañía, lo que probaba que los franceses repar a-
ron en la columna.
¡Ah! nos tiras bombas ahora. Déjanos sólo a l-
canzarte, probarás las bayonetas rusas ¡mal dito!...


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Y el capitán gritaba tan recio, que el comandante
del batallón lo mandó callar.
La primera compañía se incorporó, y tras ella la,
segunda; la tropa recogió los fusiles y el batallón
avanzó. Pesth, poseído de terror, no pudo acordarse
jamás de si marcharon mucho tiempo; iba como bo-
rracho. De súbito, por todas partes surgieron mu l-
titud de fogonazos, entre silbidos y crepitaciones
horrorosas, dio un grito y corrió hacia adelante,
porque corrían y gritaban todos ;después tropezó,
cayendo sobre alguien. Era el capitán herido al
frente de la compañía, que to mando al junker por
francés, le cogió por una pierna. Desprendióse
Pesth y se levantó; un bulto se arrojó sobro él en la
obscuridad, y poco le faltó para no caer de nuevo.
Una voz le gritó:
¡Dale!, ¿Qué esperas?
Sintió que una mano sujetaba su fusil y que la
punta de su bayoneta se hundía en cuerpo blando.
-¡ Ah! ¡Dios!...
Estas palabras fueron dichas en francés con
acento de dolor y espanto. El junker comprendió que
acababa de matar a un francés. Frío sudor humed e-
ció su cuerpo, sintió temblor ex traño y dejó caer el
fusil. Pero esto duró sólo un segundo; la idea de


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que era un héroe acudió a su imaginación. Rec o-
giendo el arma, se alejó del muerto corriendo, y gr i-
tando: ¡hurra! con los demás. Veinte pasos más allá,
alcanzó la trinchera donde se encontraban los
nuestros y el comandante del batallón.
- ¡He matado a uno! -dijo a éste.
-Es usted un valiente, Barón -le fue contestado.
XI
-¿Sabe usted que Praskunin ha muerto? -dijo
Pesth a Kaluguin, al acompañarlo a su casa.
- No es posible.
- ¿Cómo que no? ¡Lo he visto yo!
-Adiós, tengo prisa.
-¡Buena jornada! -se decía Kaluguin al volver a
su morada, -¡he tenido suerte por prim era vez! La
acción ha sido brillante y he salido sano y salvo; h a-
brá muchas propuestas, lo me nos que me pueden
dar es un sable de honor. Y a fe mía que lo he mere-
cido.
Y después de dar parte al General de cuanto
viera, se dirigió a su cuarto; el príncipe Galtzin, le-


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yendo un libro que cogió de sobre la me sa, lo espe-
raba desde hacía mucho tiempo.
Inexplicable sensación de alegría fue la de Kalu-
guin al volverse a encontrar en su casa, lejos del p e-
ligro. Con la camisa de dormir, echa do sobre su
cama, refirió a Galtzin los inciden tes del combate;
los incidentes los arre glaba, como es natural, para
demostrar que él, Kaluguin, era un oficial experto y
valiente. Tocaba esto, no obstante, con suma discre-
ción, así a la ligera, deslizándose sobre ello, ya que
nadie debía de ignorarlo ni tenía derecho a dudar,
excepto, quizá, el difunto capitán Praskunin quien,
aunque se sentía muy favorecido al ir de bracete con
el ayudante, había contado la vís pera, precisamente
al oído de uno de sus cole gas, que Kaluguin, exce-
lente chico aparte de esto, no era inuy amigo de vi-
sitar los baluartes.
Quedó Praskunin de vuelta con Mikhailof; ha-
bían llegado a un lugar de menos exposición, y c o-
menzaban a sentir renacer sus alientos, cuando
divisaron, al volver la cabeza, el súbito resplandor
de un fogonazo; el vigía gritó:
-¡Mor...te... ro!
Y uno de los soldados que le seguían, añadió:
-¡Viene derecha al baluarte!


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MÍkhailof observó. El punto luminoso de la
bomba parecía fijo en el cenit, mientras la di rección
que había de seguir hacíase imposible de determ i-
nar; duró aquello el espacio de un segundo. De
pronto, redoblando la velocidad, fue acercándose
más y más el proyectil; veíanse ya saltar las chispas
de la mecha y se oía el lúgubre silbido; iba a caer
precisamente en medio del batallón.
-¡A tierra! -gritó una voz.
Mikhailof y Praskunin obedecieron. El últi mo,
con los ojos cerrados, oyó caer la bomba por allí,
muy cerca de él, sobre la dura tierra. Un segundo,
que le pareció una hora, transcurrió; la bomba no
estallaba. Praskunin se aterrorizó después pensó si
tenía motivos para aterrorizar se; quizá había caído
más lejos y equivocábase al sentir silbar la mecha a
su lado. Abriendo los ojos, miró con satisfacción a
Mikhailof, tendido sin moverse, a sus pies; pero al
mismo tiempo divisó, a una archina de distancia, la
espoleta inflamada de la bomba girando como una
peonza.
Terror glacial, que anulaba toda idea y todo
sentimiento, se apoderó de su ser; cubrióse el rostro
con las manos.


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Pasó otro segundo, durante el cual un mun do
entero de ideas, de esperanzas, de recuerdos y de
sensaciones acudió a su mente.
-¿A quién matará? ¿A mí o a Mikhailof? ¿O a
los dos juntos? Y si es a mí, ¿en dónde me dará?
¿En la cabeza? Y todo habrá concluido; ¿en un
pie?... me lo cortarán, y yo insistiré pa ra que me den
cloroformo y poder seguir con Vida. Quizá muera
sólo Mikhailof, y contaré des pués quo estábamos
juntos y que me roció con su sangre. ¡No, no, está
más cerca de mí! ¡Seré yo! ...
-Y aquí se acordó de los doce rublos que debía a
Mikhailof y de otra deuda de Petersburgo que hu-
biera debido pagar a su tiempo; una canción zíngana
que cantó la víspera, acudióle a la memoria. Pre-
sentóse también a su imagi nación la mujer a quien
amaba, con una gorra de cintas, color lila en la c a-
beza; el hombre que le ofendió cinco años antes y
del que no se ha bía vengado; pero entre todos
aquellos recuerdos y otros muchos más, el sent i-
miento de lo presente (la espera de la muerte) no le
abandonaba. Si no estallase, se decía, y estuvo a
punto de abrir los ojos con audacia, desesperadísi-
mo; pero en aquel instante, a través de sus párpados
entreabiertos, una llamarada roja hirió sus pupi las


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algo le golpeó, con estruendo terrible, en mitad del
pecho, salió corriendo al azar, se le enredaron los
pies en el sable, vaciló y cayó de costado.
-¡Gracias a Dios! Sólo tengo una contusión.
Esta fue su primera idea, y quiso tocarse el pecho;
pero le, pareció que tenía las manos ata das; una
prensa le oprimía el cráneo, ante su vista corrían los
soldados contábalos maquinalmente.
- Uno, dos, tres soldados; ahí va un oficial que
pierde la capa.
Brilló otro fogonazo, y preguntóse qué ha bían
disparado; era mortero o cañón sin duda. Tiraron
de nuevo, otra vez soldados; cinco, seis, siete; s i-
guen adelante, y de pronto sintió miedo horrible de
ser pisoteado por ellos. Quiso gritar, decir que est a-
ba contusionado, pero tenía seca la boca: se le peg a-
ba la lengua al paladar y sentía sed ardiente;
conociendo que su pecho estaba mojado, la sens a-
ción de aquella, humedad hacíale pensar en el agua;
hubiera querido beber lo que le mojaba...
-He debido desollarme al caerse dijo, y cada vez
más asustado, ante la idea de que lo aplastasen los
soldados que corrían en masa ante él, trató de gritar
de nuevo -¡ Recogedme!...


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Pero en vez de esto, lanzó un gemido tan te-
rrible, que él mismo se asustó. Luego, mil chis pas
luminosas comenzaron a danzar ante sus ojos; pare-
cíale que los soldados amontonaban piedras sobre
él; las chispas danzaban cada vez con menor viveza;
hizo un violento esfuerzo para librarse de ellas, se
extendió, cesó de ver, de oír, de pensar, de sentir.
Había sido muerto en el sitio por un casco que le
dio en mitad del pecho.
XII
Mikhailof, por su parte, también se echó a tierra
al ver la bomba; como Praskunin, había pensado en
multitud de cosas durante los dos segundos que
precedieron a la explosión. Roga ba a Dios menta l-
mente, repitiendo:
-¡Hágase tu voluntad! ¿Por qué soy mili tar, Se-
ñor? ¿por qué he permutado para infantería por v e-
nir a campaña? ¿por qué no he per manecido en el
regimiento de hulanos en el Gobierno de F... junto a
mi amiga Natacha? ¡Y ahora, lo que me espera!...
Y se puso a contar: uno, dos, tres, cuatro, d i-
ciéndose que si la bomba reventaba en núme ro par


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viviría, y si era en impar perecería. -¡Todo concluyó!
¡ Soy muerto! -pensó al oír la explosión, sin aco r-
darse de lo de pares o nones.
Herido en la cabeza, sintió violentísimo dolor.
-¡ Señor, perdona mis pecados! -murmuró jun-
tando las manos.
Trató de levantarse y volvió a caer desvane cido,
de cara al suelo.
Su primera sensación, cuando tornó en sí, fue la
de la sangre que le brotaba de la nariz; el dolor de la
cabeza no era tan fuerte, ¡Es el alma que se va! ...
¿Qué habrá allá?... Dios mío, recibid mi alma en
gracia! No, obstante, es extraño -reflexionaba, -me
muero, y oigo di stintamente el andar de los sol-
dados, y los tiros...
-Aquí una camilla; el comandante de la com-
pañía ha muerto -gritó, por encima de él, una voz
en la que reconoció la del tambor Ignatief.
Sintióse levantado por los hombros, abrió los
párpados con esfuerzo y vio sobre su cabeza el cielo
azul obscuro, miríadas de estrellas y dos bombas
que cruzaban el espacio, como si tra taran de ad e-
lantarse una a otra. Divisó a Ignatief, a los soldados
conductores de camillas y fusiles, el talud de la tri n-


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chera, y de pronto comprendió que pertenecía aún a
este mundo.
Habíale herido ligeramente una piedra en la c a-
beza. Su inmediata, impresión fue para él casi de pe-
sar; tan bien y tranquilamente preparado estaba para
irse allá, que la vuelta a la vida, la vista de las bo m-
bas, de las trincheras y de la sangre le fue penosa. La
segunda impresión fue el gozo involuntario de se n-
tirse vivo, y la tercera el deseo de dejar el baluarte en
seguida. El tambor vendó la cabeza a su capitán y se
lo llevó hacia la ambulancia, sosteniéndolo por el
brazo.
-¿Adónde voy y para qué? -pensó Mikhailof al-
go repuesto ya;- mi deber es quedarme con la co m-
pañía; tanto más -añadióle una voz inte rior- cuanto
que muy pronto estará libre del fuego enemigo.
-Es inútil, amigo -díjole al tambor, retiran do el
brazo. -No voy a la ambulancia me que daré con la
compañía.
-Es mejor dejarse curar como corresponde,
Vuestra Nobleza. En el primer momento parece que
no es nada, pero luego puede empeorar. De verdad,
Vuestra Nobleza.
El capitán se había detenido con indecisión , pe-
ro acordóse del gran número de heridos que atest a-


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ban la ambulancia, casi todos graves. Pue de ser que
el médico se burle de esta descalabradura, se dijo, y
sin atender a los argumentos del tambor, dirigióse
con paso firme al encuentro de su compañía.
-¿Dónde está el oficial Praskunin, que venía ha-
ce poco a mi lado? -preguntó al subteniente, que se
había puesto al frente de la fuerza.
-No sé; creo que ha muerto - respondió va-
cilando.
-¿Muerto, o herido? ¿Y cómo no lo sabe us ted?
Venía con nosotros. ¿Por qué no lo han recogido?
No ha sido posible en aquel infierno!
¡Cómo, Mikhail Ivanitch! -dijo Mikhailof con
acento irritado,- ¿abandonar a un vivo? y si estaba
muerto, se ha debido recoger el cuerpo.
-¡Sí, vivo!... ¿ No le digo a usted que me he acer-
cado a él y lo he visto?... ¡Qué quiere usted! ¡Gracias
que podamos transportar a los nuestros!...
-¡Ah! ¡Los canallas ahora, tiran con bala rasa!...
-Mikhailof se había sentado y sujetábase con las
manos la cabeza; al andar habíase aumen tado la
violencia del dolor.
-¡No! -dijo-es preciso ir a recogerlo; pue de que
viva aún; ese es nuestro deber, Mikhail Ivanitch!
Mikhail Ivanitch no respondió.


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-No se le ha ocurrido recogerlo, y ahora ha brá
que destacar unos soldados... ¿Cómo man darlos
bajo este fuego infernal a una muerte sin objeto?
-reflexionaba Mikhailof.
-Muchachos, hay que ir allá abajo a buscar aquel
oficial herido; allá, al foso -dijo sin alzar la voz y en
tono que nada tenía de imperativo, pues adivinaba
hasta qué punto la ejecución de aquella orden debía
desagradar a su gente.
Como no se dirigía a nadie en particular, nin-
guno atendió al llamamiento.
-¿Quién sabe? Puede que esté muerto, y no vale
en tal caso la pena de exponer inútilmente ningún
hombre. La culpa es mía; debí pensar lo. Iré solo; es
mi obligación. Mikhail Ivanitch -añadió en alta voz-
conduzca usted la compañía; ya la alcanzaré.
Y recogiendo con una mano los pliegues de su
capa, oprimió con la otra la imagen de San Mitro-
phano que llevaba al pecho siempre por devoción
especial hacia este bienaventurado.
El capitán retrocedió el camino hecho; cercio-
róse de que Praskunin estaba bien muerto, y volvió
sujetándose con la mano el vendaje, me dio de s-
prendido, de su cabeza. El batallón encontrábase ya
al pie de la montaña y casi fuera del alcance de los


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proyectiles, cuando Mikhailof se incorporó a él.
Sólo algunas bombas perdidas llegaban aún.
-Será preciso que vaya mañana a inscribir me en
la ambulancia -díjose el capitán, mien tras el médico
militar le aplicaba un apósito.
XIII
Centenares de cuerpos mutilados entre arro yos
de sangre, que dos horas atrás hallábanse aún llenos
de esperanzas y de voluntad, ya sublime o ya me z-
quina, yacían, rígidos los miem bros en el barranco
florido y bañado de rocío que separa el baluarte de
la trinchera, o sobre el suelo compacto de la capillita
de los muertos en Sebastopol; los secos labios de
todos aquellos hombres murmuran plegarias, mald i-
ciones o gemidos; se incorporan y se retuercen;
abandonados los unos entre los cadáveres de la fl o-
rida hondonada, los otros en las camillas, las camas
y el piso húmedo de la ambulancia. A pesar de esto,
el cielo, como en los días ante riores, enciéndese de
luz boreal hacia el monte Sapun; palidecen las te m-
blorosas estrellas; blanca neblina se eleva sobre el
oleaje sombrío y quejumbroso del mar; el crepú s-


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culo tiñe de púrpura el oriente; prolongados arr e-
boles surcan el horizonte azul, y como los días ante-
riores, el inmenso luminar reaparece con lentitud,
potente y majestuoso, ofreciendo al mundo, en su
nuevo despertar, la alegría, la felicidad y el amor.
XIV
A la tarde siguiente, la música del regimiento de
cazadores tocaba de nuevo en el bulevar; en torno
del pabellón, oficiales, junkers, soldados y mujeres
jóvenes se pasean con aspecto de fiesta por las c a-
lles de acacias blancas en flor.
Kaluguin, el príncipe Galtzin y otro coronel,
caminan cogidos del brazo y hablando del com bate
del día anterior. El objeto dominante en la conve r-
sación es, como siempre, no el suceso en sí mismo,
sino la parte que han tomado en él los interlocut o-
res; la expresión de sus rostros, el sonido de su voz,
tienen algo de serio, de triste, y pudiera suponerse
muy bien que las pérdidas sufridas los afligen pr o-
fundamente; pero, a decir verdad, como ninguno de
ellos ha experimentado la de un ser querido, impó-
nense aquella expresión oficial de duelo por guardar


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las conveniencias. Kaluguin y el coronel, aunque
eran excelentes sujetos, no hubieran deseado otra
cosa sino asistir cada día a una acción semejante p a-
ra recibir cada vez una espada de honor o el grado
de General Mayor. Cuando oigo calificar de mon s-
truo a un conquistador que envía a la muerte mill o-
nes de hombres para satisfacer su ambición, me dan
ganas siempre de reír; interrogad un poco a los
subtenientes Petruchef, Antonof y otros, y veréis en
cada uno de ellos un Napoleón en pequeño, un
monstruo presto a cometer una batalla, a matar una
centena de hombres para obtener alguna estrella
mas o una mejora de sueldo.
-Con perdón de usted - decía el coronel,- el e n-
cuentro comenzó por la derecha. Estaba yo...
-Podrá ser -respondió Kaluguin,- pues todo el
tiempo permanecí en el flanco izquierdo. Fui dos
veces: primero a buscar al General, luego sencill a-
mente porque sí, por curiosidad. Allí sí que se batía
el cobre.
- Si lo aseguraba Kaluguin, es positivo- dijo a su
vez el coronel volviéndose hacia Galtzin.- ¿Sabes
que hoy mismo me ha asegurado N... que eres un
valiente? ¿Nuestras pérdidas son en realidad horr o-
rosas en mi regimiento, cuatrocientos hombres fu e-


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ra de combate. ¡No comprendo cómo he escapado
con vida!
En el extremo opuesto del bulevar vieron surgir
la cabeza vendada de Mikhailof, que venía a su e n-
cuentro.
-¿Está usted herido, capitán?- le preguntó Kalu-
guin.
-Sí, ligeramente; por una piedra.
-¿Han arriado ya el pabellón? - preguntó el prín-
cipe Galtzin, mirando por encima de la gorra del
capitán y sin dirigirse en particular a ninguno.
- No, pas encore- dijo Mikhailof, deseoso de d e-
mostrar que sabía francés.
-¿Dura, pues, el armisticio? - volvió a preguntar
Galtzin, dirigiéndole políticamente la palabra en r u-
so; lo que parecía querer decir: «Sé que habla usted
con dificultad el francés; ¿por qué no usar sencill a-
mente el ruso?» Y tras esto, los ayudantes de campo
separáronse de Mikhailof, que se sintió, como el día
antes, muy aislado, y no queriendo alternar con los
unos, limitóse a saludar a algunos y se sentó junto
al monumento de Kazarsky a fumar un cigarrillo.
El barón Pest apareció asimismo en el bu levar,
donde refirió que había tomado parte en la negoci a-


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ción del armisticio, que había hablado con oficiales
franceses, y que uno de ellos le había dicho:
-Si hubiese tardado una hora mas en ser de día,
hubiéramos vuelto a apoderarnos de las em-
boscadas.
A lo cual contestó él:
-Caballero, no os digo que no por no daros un
mentís.
Esta réplica, llenábale de orgullo.
Y en realidad, aunque el joven asistió a la firma
del armisticio, con grandes deseos de ha blar con los
franceses, cosa muy divertida, no había dicho nada
de particular. El junker, barón Pesth, habíase pasea-
do mucho tiempo por las líneas, preguntando a los
franceses más próximos
-¿ De qué regimiento es usted?
Contestábanle, y he aquí todo. Pero como hu-
biese avanzado un poco más allá del terreno neutral,
un centinela francés, no figurándose que aquel ruso
comprendía su lengua, dirigióle una interjección
formidable.
-Viene a espiar nuestros trabajos ¡ce sacré! De tal
modo, que después de esto, no encon trando interés
alguno en su excursión, el junker, barón Pesth, se
había vuelto a su casa, com poniendo por el camino


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las frases francesas que había esparcido entre sus
relaciones.
Veíase también en el paseo al capitán Zobkin,
hablando a voces; al capitán Objogof con su uni-
forme destrozado; al capitán de artillería que no
busca favores de nadie; al Junker enamoradizo y
afortunado; en una palabra, a todos los per sonajes
de siempre, obrando todos bajo el im pulso de los
mismos eternos móviles. Sólo falta ban Praskunin,
Neferdof y algunos otros; nadie se acordaba de
ellos, sin embargo de que sus cuerpos aun perman e-
cían sin lavar ni vestir, y sin sepultura.
XV
En nuestros baluartes y en las trincheras fran-
cesas flotan banderas blancas; en el barranco, c u-
bierto de flores, yacen en pilas y descalzos, vestidos
de azul o de gris, mutilados cuerpos que los trabaja-
dores transportan para depositarlos en las carretas;
la atmósfera se halla apestada por el olor de los c a-
dáveres. De Sebastopol y del campo francés la mu l-
titud afluye para contemplar el espectáculo, y ávida y
complaciente curiosidad es el sentimiento que d o-


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mina, en unos y otros al encontrarse en aquel terr e-
no.
Oigamos las frases que se cambiaban entre ellos.
Allá, en aquel reducido grupo de rusos y fran-
ceses, un oficial joven examina una cartuchera; au n-
que habla mal el francés, se hace compren der lo
bastante.
-¿Y esto, para qué es... este pájaro? -pregunta,.
-Porque esta cartuchera es de un regimiento de
la Guardia, señor oficial; lleva el águila imperial.
-¿,'Usted es de la Guardia?
-No, señor; del sexto de línea.
-Y esto, ¿dónde compra? -El oficial indica el tu-
bito de madera que sostiene el cigarrillo del francés
(una boquilla).
En Balaklava, señor oficial, es sólo un pe dazo
de madera de palma.
-¡Bonito! -replica el oficial, obligado a em plear
las pocas palabras que conoce y que bien o mal se
imponen en la conversación.
-Si tiene usted la bondad de aceptarlo en re-
cuerdo, se lo agradeceré.
Y el francés arroja su cigarro, sopla en la boqu i-
lla y la presenta galantemente al oficial saludándole,
este le da a su vez, la suya; todos los presentes, fran-


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ceses y rusos, sonríen, parecien do muy compl aci-
dos.
He aquí un soldado de infantería de avispada f i-
sonomía, con camisa de color de rosa, el capote
echado sobre los hombros; su cara respira la ale gría
y la curiosidad; seguido por dos compañe ros suyos
y con las manos a la espalda, aproxímase, pide fuego
al frances; éste sopla, sacude su pipa de tierra y ofre-
ce lumbre al ruso.
-Tabac bonn -dice el soldado de la camisa rosa, y
los espectadores se ríen.
-Sí, buen tabaco; tabaco turco -respondió el
francés, -y vosotros, ¿tabaco ruso bueno?
-Rous bonn -contesta el soldado de la camisa rosa,
y ahora todos los presentes ríen a carcajadas. -
¡Francais pas bonn; bonn jour, mousiou!- prosigue el so l-
dado haciendo alarde de todos sus conocimientos
en francés, riendo y dando palmadas en el vientre a
su interlocutor. Los franceses ríen también.
-No son nada guapos, hermosos b... de ru sos
-dice un zuavo.
-¿De qué se ríen? -pregunta otro con fuerte
acento italiano.


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- Le caftan bonn -vuelve a comenzar el tra vieso
soldado, examinando la chaquetilla borda da del
zuayo.
-A vuestro sitio ¡ sacré nom! -grita en aquel m o-
mento un cabo francés.
Y los soldados se dispersan de mala gana, mien-
tras nuestro joven teniente de caballería se pavonea
en un grupo de oficiales enemigos.
-Conocí mucho al conde Sasonof -dice Uno de
éstos;- es un Conde ruso de los verdaderos, tales
como a nosotros nos gustan.
-También he conocido un Sasonof -replica el
oficial de caballería- pero no era Conde, se gún ten-
go entendido; un chico moreno, bajo, de su edad de
usted sobre poco más o menos.
-Ese es, caballero, él es. ¡Cuanto me alegraría de
verlo! Si usted lo ve, salúdelo en mi nombre. El c a-
pitán Latour -añade saludando cortésmente.
-¡Qué triste oficio el nuestro! L a cosa iba de
firme esta noche, ¿no es verdad? -prosigue el oficial
de caballería deseoso de sostener la conversación e
indicando los cadáveres.
-Sí señor, es terrible; pero, ¡qué moceto nes los
soldados rusos! Es un placer batirse con bravos así.


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-Hay que confesar que los vuestros no se suenan
tampoco con el pie10 -responde en francés siempre
el jinete ruso saludando, persuadido de que ha repli-
cado perfectamente bien.
Pero, basta de este asunto; contemplad en ca m-
bio a aquel rapaz de diez años, con una gorra vieja,
usada, perteneciente sin duda a su padre, desnudas
las piernas y calzados los pies con gran des zapato-
nes, y que viste un pantalón de lienzo sostenido por
un solo tirante. Salió de las fortificaciones al princ i-
pio de la tregua; desde entonces se pasea por aquel
terreno acribillado y examina, con curiosidad est ú-
pida a los franceses, y los cuerpos tendidos en tierra,
recogiendo las florecillas azules de los campos de
que está sembrado el valle. El chicuelo regresa con
un gran ramo y se tapa la nariz para no sentir el i n-
fecto olor que el viento le envía; detiénese ante a l-
gunos cadáveres amontonados, y contempla durante
mucho rato a un muerto a quien le falta la cabeza, y
que es horroroso de mirar. Tras de larga contempla-
ción, aproxímase y le toca con el pie el brazo rígido,
tendido, y como lo empuje con más fuerza, muévese

10 Ne se mouchent pas du pied, non plus . -Modismo francés sin equivalente
castellano, usado por el oficial ruso como alarde de sus conocimientos
en la lengua francesa.


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el brazo y cae a plomo. El rapaz lanza un grito,
oculta el rostro entre las flores y vuelve a entrar en
las fortificaciones corriendo a todo correr.
¡ Sí, sobre los baluartes y las trincheras flotan
banderas blancas; espléndido el sol descien de sobre
la mar azul, y esa mar ondula y brilla bajo sus rayos
de oro ; millares de personas se agrupan, se miran,
charlan y se sonríen unas a otras, y aquellos ho m-
bres, que son cristianos, que profesan la gran ley de
amor y sacrificio, contemplan su obra sin arrojarse
arrepentidos a los pies de Aquel que les dio vida y
con la vida el temor de la muerte, el amor al bien y a
lo bello! ¡Y aquellas gentes no se abrazan como
hermanos vertiendo lágrimas de gozo y felicidad! ...
Consolémonos al menos con la idea de que no s o-
mos nosotros los autores de esta gue rra que nos l i-
mitamos a defender nuestro país, nuestro suelo
natal. Arríanse las banderas blancas; los ingenios
mortíferos y dolorosos retumban de nuevo; de nue-
vo corre a oleadas sangre inocente, y vuelven a e s-
cucharse gemidos y maldiciones.
He dicho todo, cuanto quería decir, por lo me-
nos esta vez; pero duda penosísima viene a ag o-
biarme. Tal vez hubiera, sido mejor callar, pues qu i-
zá lo que dije esté en el número de las verdades


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perniciosas, obscuramente sepultadas en el alma de
cada cual, y que para proseguir siendo inofensivas
no deben ser reveladas, así como no hay que agitar
el vino viejo por miedo de que los posos no se r e-
vuelvan y suban y el líquido se enturbie.
¿ Dónde, pues, veremos en este relato el mal
que es preciso evitar y el bien hacia que debemos
tender? ¿Dónde esta el traidor? ¿Dónde el héroe?
Todos son buenos y todos son malos. No serán
Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caball e-
resco y su vanidad, principal motor de todas sus a c-
ciones... ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de
haber caído en el campo de ba talla por la fe, el tr o-
no y la patria... mi Mikhailof, tan tímido; ni Pesth,
aquella criatura sin convicciones y sin sentido m o-
ral, quienes puedan pasar por desleales o por h é-
roes.
No; el héroe de mis relatos, aquel a quien amo
con todas las fuerzas de mi espíritu; el que he trat a-
do de reproducir con toda su hermosura; el que ha
sido y es y será siempre bello, ¡es la verdad!


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SEBASTOPOL EN AGOSTO DE 1855
A fines del mes de agosto, por la carretera p e-
ñascosa de Sebastopol entre Duvanka11 y Baktchisa-
rai avanzaba al paso, entre el cálido y espe so polvo,
una telega de oficial, de extraña forma, por entonces
desconocida, que venía a ser algo entre el cesto, la
britchka Judía y la carreta rusa.
En aquel carruaje, sentado sobre los talones, un
asistente, con levita militar de lienzo y gorra de of i-
cial vieja y deformada, conducía el tiro. Tras él, r e-
clinado sobre paquetes y sacos cubiertos con un
capote de tropa, veíase a un oficial con capa de v e-
rano; de pequeña estatura, por lo que podía juzgarse
en aquella posición, y que chocaba, al pronto, m e-
nos por la maciza anchura de hombro a hombro,

11 Ultima estacion antes de llegar a Sebastopol.


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que por el espesor de su busto entre el pecho y la
espalda; la nuca, y el cuello gruesos y fuertes, ofr e-
cían también gran desarrollo a lo ancho, y sus mú s-
culos aparecían en vigora tensión. Lo que hemos
convenido en llamar cintura no existía, ni vientre
tampoco, pero a pesar de todo no era posible co n-
siderarlo obeso, y su rostro, sobre el cual se exte n-
día un paño amarillento y enfermizo, llamaba la
atención por lo demacrado. Hubiera podido pasar
por guapo mozo sin cierta hinchazón de las carnes y
la piel plegada y con arrugas profundas que, al co n-
fundirse unas con otras, desvanecían las facciones,
quitándoles toda frescura y les daban expresión gr o-
sera. La de sus ojos pequeños, pardos, extraordin a-
riamente vivos, rayaba en imprudencia, el bigote,
muy espeso, y siempre medio mordido por costu m-
bre, no se extendía mucho a lo ancho; las mejillas y
la barba, sin afeitar hacía dos días, cubríalas vello
negro y áspero. Herido el 10 de Mayo por un casco,
de granada en la cabeza, la cual traía vendada aún,
encontrábase, sin embargo, completamente rest a-
blecido ya, y salía del hospital de Sympheropol para
incorporarse a su regimiento, situado no sabía dó n-
de, allá en la dirección en que se oían los cañonazos;


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pero aun no había podido averiguar si estaba en el
mismo Sebastopol, en la Severnaia o en Inkerman.
Oíase distintamente el cañoneo que parecía muy
próximo cuando las montañas no interceptaban el
fragor traído por el viento; ora violenta explosión
hacía vibrar el aire haciéndoos estremecer a pesar
vuestro; ora estampidos menos violentos, semeja n-
tes al redoble del tambor seguíanse a cortos inte r-
valos, interrumpidos por algún trueno
ensordecedor, o bien confundíase todo, en un rugir
contínuo de tableteos prolongados, parecido al de la
tormenta cuando rompe a llover violentamente. C a-
da ruido decía, y entendíase bien, que el bombardeo
era horroroso. El oficial daba prisa a su asistente
para llegar pronto; a su encuentro venía una fila de
carros conducidos por campesinos rusos que h a-
bían llevado víveres a Sebastopol, y que regresaban
conduciendo enfermos y heridos; sold ados con ca-
pote gris, marineros con negros chaquetones, v o-
luntarios con fez 12 rojo, y barbudos milicianos. El
vehículo se vio obligado a detenerse, y el oficial,
guiñando los ojos y parpadeando entre aque lla nube
de polvo impenetrable levantado por los carros y

12 Gorro oriental tronco cónico. –(N.del T)


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que se le introducía en los ojos y las orejas, examinó
las caras de los que iban pasando.
-Ahí va un soldado de nuestra compañía -dijo el
asistente, volviéndose a su amo e indicándole uno
de los heridos.
En el pescante, sentado de medio perfil, un
campesino ruso, con toda la barba y gorro de fieltro,
iba haciendo un nudo en el enorme látigo que ret e-
nía por la vara, sujetándolo por el codo contra su
cuerpo. Volvía la espalda a cuatro o cinco soldados
sacudidos y traqueteados en el carretón. Uno de
ellos, con el brazo en cabestrillo, el capote echado
sobre la camisa, y en actitud firme y erguida, aunque
pálido y demacrado, iba en el centro. Al distinguir al
oficial, llevóse instintivamente la mano a la cabeza,
pero acordándose de su herida, hizo ademán de
quererse rascar; otro aparecía recostado al lado suyo
en el fondo de la telega, no viéndose de él más que
las dos manos asidas a los barrotes de madero, y las
rodillas dobladas, oscilando sin resistencia como
dos copos de cáñamo, y otro más atrás, que con la
cara hinchada, envuelta en un pañuelo la cabeza y
sobre ésta su gorro de uniforme, sentado de través y
con las piernas col gantes y r ozando las ruedas,
dormitaba con las manos sobre las rodillas.


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EL SITIO DE SEBASTOPOL
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-Doljikoff -le gritó el viajero.
-Presente -respondió aquél, abriendo los ojos y
descubriéndose su voz de bajo era tan llena, tan
formidable, que parecía salir de vein te soldados
juntos.
-¿Cuándo te han herido?
-Saludo a Vuestra Nobleza 13 -contestó con su
voz seca, animá ndose sus ojos vidriosos e in-
flamados al ver a su superior.
- ¿Dónde está el regimiento?
-En Sebastopol, Vuestra Nobleza; se cree que
saldrá el miércoles.
-¿ Para dónde?...
-No se sabe...para la Severnaia, de seguro,
Vuestra Nobleza. Ahora-añadió expresándose con
lentitud, - él14 tira sobre todo!... Con bombas, pri n-
cipalmente; ¡tira que es un horror! ...
Y añadió algunas palabras que no pudieron e n-
tendérsele; pero en su rostro y en su ademán adivi-
nabase que, con el resentimiento del hombre que
sufre, decia cosas poco halagüenas.

13 Traducción literal del saludo habitual del soldado ruso a sus
superiores.
14 El enemigo.


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CONDE LEÓN TOLSTOI
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El subteniente Koseltzoff que acababa de inte-
rrogartlo, no era un oficial adocenado ni de aquellos
que viven de cierto modo porque los demás vivan y
obren así. Su naturaleza hallábase dotada con abun-
dancia de cualidades relativamente superiores. Ca n-
taba y tocaba con habilidad la guitarra; hablaba y
escribía con facilidad, sobre todo la corresponde n-
cia oficial, con la cual se ha bía familiarizado en su
servicio de ayudante del batallón. Era notable su
energía, pero ésta no recibía impulso sino del amor
propio. A pesar de estar como injertada sobre aqu e-
lla capacidad de segundo orden, constituía por sí
sola el - trazo más saliente v característico de su
temperamento. Aquel género de amor propio que se
desarrolla más comunmente entre los hombres, en
particular los militares, habíase infiltrado de tal
suerte en su existencia, que no se concebía elec ción
posible sino entre «sobresalir o aniquilar se»; el amor
propio era, pues, el motor de sus acciones más ínt i-
mas; hasta solo, consigo mismo gustaba de darse la
primacía entre aquellos con quienes se comparaba.
-¡Vamos! No seré yo, quien escuche la charla de
este «Moskú»15 -murmuró el subteniente, en cuyas

15 En algunos regimientos del ejercito, los oficiales denominan a los
soldados Mosku, mote entre despreciativo y cariñoso.


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ideas, el encuentro con el convoy de he ridos, intro-
dujo la perturbación gravitándolo so bre el corazón
las palabras del soldado, cuya importancia acrecía y
confirmaba a cada paso el estampido del cañón.
-¡Son divertidos estos « Moskú!...» Vamos, Nicolaief,
adelante. ¿Duermes, por lo visto? -gritó malhumo-
rado a su sirviente, recogiendo los pliegues de su
capa.
Nicolaief sacudió las riendas; de sus labios sa lió
un chasquido azuzando el tiro, y el carruaje partió al
trote.
-No nos vamos a detener sino para dar pienso
a los caballos -le dijo el oficial -, y ahora en marcha;
¡adelante!
II
Al ir a entrar en la calle de Duvanka, montón de
ruinas, el subteniente Koseltzoff vióse detenido por
un convoy de balas y de bombas dirigido hacia Se-
bastopol, y que permanecía, es tacionado en mitad
del camino.
Dos soldados de infantería, sentados en el pol-
vo sobre las piedras de una pared desplomada, d a-
ban cuenta de una sandía con pan.


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CONDE LEÓN TOLSTOI
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-¿Van ustedes muy lejos, paisano? -dijo uno de
ellos, mordiendo una rala de sandía.
Dirigíase a otro soldado, que estaba de pie junto
a los otros dos y con el morral a cuestas.
-Vamos a nuestra compañía; venimos de allá, de
nuestro país -respondió el soldado, apar tando los
ojos de la sandía y su

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