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domingo, 27 de mayo de 2007
EL SITIO DE
SEBASTOPOL
CONDE LEÓN
TOLSTOI


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EL SITIO DE SEBASTOPOL
3

EL SITIO DE SEBASTOPOL EN
DICIEMBRE DE 1854.
El crepúsculo matutino colorea el horizonte h a-
cia el monte, Sapun; la superficie del mar, azul ob s-
cura, va, surgiendo de entre las sombras, de la
noche y sólo espera el primer rayo de sol para c a-
brillear alegremente; de la bahía, cubierta de brumas,
viene frescachón el viento; no se ve ni un copo de
nieve; la tierra está negruzca, pero, la escarcha hiere
el rostro y cruje bajo los pies. Sólo el incesante r u-
mor de las olas, interrumpido a intervalos por el
estampido sordo del cañón, turba la calma del am a-
necer. En los buques de guerra todo permanece en
silencio. El reloj de arena acaba de marcar las ocho,
y hacia el Norte la actividad del día reemplaza poco
a poco a la calma de la noche. Aquí, un pelotón de
soldados que va a relevar a los centinelas; óyese el


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ruido metálico de sus fusiles; un médi co, que se di-
rige apresuradamente hacia su hos pital; un soldado
que se desliza fuera de su cho za para lavarse con
agua helada el rostro curtido, y vuelta la faz a
Oriente reza su oración, acom pañada de rápidas
persignaciones. Allá, enorme y pesado furgón de
crujientes ruedas, tirado por dos camellos, llega al
cementerio donde recibi rán sepultura los muertos
que, apilados, llenan el vehículo. Al pasar por el
puerto, produce desagradable sorpresa la mezcla de
olores; huele a carbón de piedra, a estiércol, a h u-
medad, a carne muerta.
Mil y mil objetos varios; madera, harina, ga-
viones, carne, vense arrojados en montón por todas
partes.
Soldados de diferentes regimientos, unos con
fusiles y morrales, otros sin morrales ni fusiles,
agólpanse en tropel, fuman, discuten y trans portan
los fardos al vapor atracado junto al puente de t a-
blas y próximo a zarpar. Botes y lanchas particulares
llenos de gente de todas clases, sol dados, marinos,
vendedores y mujeres, abordan al desembarcadero y
desatracan de él sin cesar.
-Por aquí, Vuestra, Nobleza; a la Grafskaya!- y
dos o tres marineros viejos, de pie en sus botes, os


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ofrecen sus servicios. Escogéis el más próximo, p a-
sando sin pisar sobre el cadáver me dio desco m-
puesto de un caballo negro sumergido en el fango, a
dos pasos de la barquilla, y vais a sentaros a popa,
cogiendo la caña del timón. Os alejáis de la ribera;
en torno vuestro brilla el mar herido por el sol de la
mañana; ante vos, un atezado marinero, envuelto en
su gabán de piel de camello, y un muchacho de c a-
bellera ru bia, reman rápidamente. Dirigís la vista
hacia los buques gigantescos, de casco pintado a
franjas, por la rada esparcidos; a las lanchas, p untos
negros que bogan sobre el azul rielante de las olas ,á
los lindos edificios de la ciudad, de colo res claros
que el sol naciente tiñe de sonrosado matiz; a la l í-
nea blanca, de espuma que rodea el rompeolas y los
barcos sumergidos, de los que surgen tristemente,
sobre la superficie del agua, las negras puntas de los
mástiles; hacia la escuadra enemiga, que sirve de f a-
ro en el lejano cristal de las aguas, y en fin, a las o n-
das rizadas en que juguetean los glóbulos salinos
que los remos hacen saltar con sus golpeteos. Y oís
al propio tiempo el sonido uniforme de las voces
que el agua os trae, y el tronar grandioso del caño-
neo, que parece ir aumentando en Sebastopol.


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Y ante la idea de que estáis asimismo, en el pro-
pio Sebastopol, sentís, invadida el alma por una
sensación de orgullo y valentía, y la sangre cir cula
con mayor rapidez en vuestras venas.
Vuestra Nobleza, vía al Constantino -os dice el
marinero volviéndose para rectificar el rumbo que
con el timón dais al bote.
¡Toma! Conserva aún todos sus cañones -
exclama el muchacho rubio, mientras que la lan cha
se desliza junto al costado del navío.
Es nuevo; debe tenerlos todos; Korniloff ha es-
tado en él -replica el viejo, examinando a su vez el
buque de guerra.
¡Allí ha reventado! -grita el chico tras un rato de
silencio, fijando los ojos en una nubecilla, blanca, de
humo, que se disipa tras de aparecer súbitamente en
el cielo sobre la bahía del Sur, acompañada del ru i-
do estridente que produce la explosión de una gr a-
nada.
Es de la batería nueva que tira hoy añade el m a-
rino, escupiéndose tranquilamente en las manos.
-¡Vamos, Nichka, boga! a adelantarnos a aquella
lancha.
Y el bote surca rápidamente la amplia superf i-
cie ondulada de la bahía; deja atrás un maci zo lan-


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chón, cargado de sacos y de soldados, inhábiles r e-
meros que maniobran torpemente, y aborda por fin
al centro de los numerosos bu ques amarrados a ti e-
rra, en el puerto de la Grafskaya. Por el muelle ci r-
culan multitud de solda dos con capote gris,
marineros de chaquetón negro y mujeres con, trajes
de colores vivos. Cam pesinas, vendedoras de pan,
labriegos que, junto a su samovar, ofrecen sbitene1 ca-
liente a sus parroquianos. Sobre los primeros esc a-
lones del desembarcadero aparecen, formando
montón, balas de cañón oxidadas, bombas, metralla,
cañones de fundición de diferentes calibres; más
lejos, en una extensa plaza, vense en tierra enor mes
maderos, cureñas, afustes, soldados dormi dos, y
junto a todo esto, carretas, caballos, ca ñones, armo-
nes de artillería, haces de fusiles de infantería, y de s-
pués más soldados en movimien to, marinos,
oficiales, mujeres y niños; carretones cargados de
pan, sacos y barricas, un cosaco a caballo y un G e-
neral que atraviesa la plaza en drocki. A la derecha,
en la calle, se eleva una barricada, y en sus troneras,
cañones de reducido calibre junto a los cuales se n-
tado un marinero, fuma tranquilamente su pipa.

1 Bebida popular.


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A la izquierda, un edificio de buen aspecto s o-
bre cuyo frontis aparece un rótulo en letras ro-
manas, y a sus pies soldados y camillas mancha das
de sangre: los tristes vestigios del campo del co m-
bate en tiempo de guerra, saltan por doquier a la
vista. La primera impresión es, a no dudar, desagr a-
dable; tan extraña mezcla de la vida urbana con la
campestre, de la elegante ciudad y el vivac fangoso,
no tiene nada de atractiva y os choca con su horr i-
ble contraste; hasta os pa rece que todos, presos del
terror, se agitan en el vacío. Pero examinad de cerca
el rostro de aquellos hombres que en rededor nue s-
tro se mueven, y hablaréis de otro modo. Fijaos
bien en aquel soldado del tren que lleva a beber los
caballos bayos de su troika, tarareando entre die n-
tes, y veréis que no se extraviará entre la turba, re-
vuelta, que por lo visto no existe para él; atento s o-
lamente a su obligación, cumplirá de seguro su d e-
ber, cualquiera que sea: conducir sus ca ballos al
abrevadero o arrastrar un cañón, con tanta tranqu i-
lidad e indiferente aplomo como si estuviera en
Tula o Saransk. Encontraréis igual expresión en la
cara de aquel oficial que pasa ante vos con guantes
de irreprochable blancura; del marinero que fuma su
pipa, sentado sobre la barricada; de aquellos sold a-


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dos disciplinarios que esperan con las camillas a la
entrada de lo que fue un tiempo sala de Asamblea, y
hasta en el rostro de aquella muchacha que atraviesa
la calle saltando de un adoquín a otro por temor de
ensuciarse el vestido color de rosa. Sí, decep ción
grande os espera a vuestra llegada a Sebastopol.
En vano procuraréis descubrir en cualquier fi-
sonomía señales de agitación, de sobresalto, ni s i-
quiera de entusiasmo, de resignación a la muer te, de
resolución; no hay nada de eso. Veréis el trajín de la
vida ordinaria: gentes ocupadas en sus labores di a-
rias, de modo que os reprocharéis vuestra exaltación
exagerada, poniendo en duda, no sólo, la exactitud
de la opinión que por los relatos formasteis acerca
del heroísmo de los de fensores de Sebastopol, sino
la veracidad de la descripción que os han hecho del
extremo Norte, y hasta de los ruidos ensordeced o-
res que llenan el aire. Sin embargo, antes de dudar,
subid a un baluarte, ved a los defensores de la plaza,
en el lugar mismo de la defensa, o mejor aún, e n-
trad. directamente en aquel edificio a cuya, puerta
están los camilleros, y contemplaréis a esos defen-
sores de Sebastopol, y presenciaréis espectáculos
horribles y tristísimos, grandiosos y cómicos, pero
conmovedores y propios para elevar el alma. E n-


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trad, pues, en el salón que hasta la guerra sirvió para
las sesiones de la Asamblea. Apenas hayáis abierto
la puerta, cuando el olor que exhalan cuarenta o cin-
cuenta amputados os asfi xiara. No cedáis al sent i-
miento que os detiene en el umbral de la sala; es un
sentimiento vergonzoso; avanzad r esueltamente, no
os. rubori céis por haber venido a ver a aquellos
mártires; aproximaos a ellos y habladles; los infel i-
ces ansían ver un rostro compasivo, referir sus s u-
frimientos y escuchar palabras de caridad y de
simpatía. Al pasar por el centro, entre las camas,
buscáis con la vista el rostro menos austero, me nos
contraído por el dolor. Al encontrarlo, os de cidís a
interpelarlo, a preguntar.
-¿Dónde estás herido? -interrogáis con ti midez
a un veterano de rostro demacradísimo que se halla
sentado sobre un lecho, y cuya cordial mirada os
viene siguiendo y parece, invitaros a que os aprox i-
méis a él. Y digo que habéis pre guntado con tim i-
dez, porque la vista del que sufre, inspira no tan
sólo viva piedad, sino yo no sé qué temor de m o-
lestarlo, unido a profundo respeto.
-En el pie -responde el soldado, y no obs tante,
reparáis bajo los pliegues de la ropa que la pierna le


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fue cortada por bajo de la rodilla. ¡Gracias a Dios
-añade,- me darán el alta!
-¿Hace mucho que estás aquí?
-Esta es la sexta semana.
-¿Dónde te duele ahora?
-Nada me duele ya. Sólo a veces en la pan-
torrilla, cuando hace, mal tiempo: fuera de eso, n a-
da.
-¿ Cómo fue?
-En el quinto bakcion2, Vuestra Nobleza; en el
primer bombardeo. Acababa de apun tar el cañón y
me dirigia tranquilamente a otra cañonera, cuando
de pronto el golpe me hirió en el pie. Creí caer en
un agujero. Miro, y ya no había pierna.
-¿No sentiste dolor en el primer momento?
-Nada; únicamente como si me escaldaran la
pierna.
-¿Y después?
_Después nada; sólo cuando extendieron la piel
me escoció algo. Sobre todo, Vuestra No bleza, no
hay que pensar; cuando no se piensa no se siente
nada; cuando el hombre piensa, es peor.

2 Bastión, baluarte.


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A todo esto, una buena mujer, vestida de gris y
con un pañuelo negro anudado a la cabeza, se apr o-
xima, se mezcla en vuestra conversación y se pone a
contaros detalles sobre el marinero; cuánto había
padecido y cómo se desesperó de salvarlo durante
cuatro semanas y cómo, cuando lo traían herido, hi-
zo detener la camilla para ver bien la descarga de
nuestra batería, y cómo los grandes Duques habían
hablado con él, dán dole veinticinco rublos, y re s-
pondiéndoles él que no pudiendo ya ser útil lo que
quería era, volver al baluarte a instruir a los reclutas.
Y contándoos todo esto de un tirón la excelente
mujer, cuyos ojos brillan de entusiasmo, os conte m-
pla y mira al, que se vuelve de espaldas, y hace como
que no oye lo que ella dice, ocupado en peinar hilas
sobre su almohada.
-Es mi esposa, Vuestra Nobleza - dice por fin el
hombre con una entonación que parece sig nificar,
«hay que excusarla, todo eso es charla tanería de
mujeres; ya sabéis, tonterías, vaya!» Entonces c o-
menzáis a comprender lo que son los defensores de
Sebastopol, y os avergonzáis de vosotros mismos
en presencia de aquel hom bre: quisierais expresarle
toda vuestra admira ción, todas vuestras simpatías,
pero las palabras no acuden o las que se os ocurren


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nada dicen, y os limitáis a inclinaros en silencio ante
aquella grandeza inconsciente, ante aquel temple de
alma y aquel exquisito pudor del propio mérito.
-Bueno. Que Dios te cure pronto -decís, y os
detenéis ante otro paciente acostado en tierra y que
parece esperar la muerte presa de horri bles dolores.
Es rubio; veis su rostro pálido, abo targado; tendido
de espaldas, con la mano iz quierda hacia atrás, su
posición revela lo agudo de sus sufrimientos. Seca, y
abierta la boca, deja pasar trabajosamente la respir a-
ción silbante; sus papilas azules y vidriosas tienden
a ocultarse tras de los párpados, dejándolo en bla n-
co los ojos, y de la colcha arrugada sale un brazo
mutilado, envuelto en vendajes. Os emponzoña el
olor nauseabundo de cadáver, y la fiebre que devora
y abrasa los miembros del agonizante pare ce pene-
trar en vuestro propio cuerpo.
-¿No tiene conocimiento? -preguntáis a la mujer
que os acompaña afectuosamente y para la cual ya
no sois un extraño.
-No, conoce aún, pero, está muy malo. -Y añade
en voz baja: -Le he dado un poco de te hace r ato;
no es nada mío, pero a una le da lás tima, ¿no es
verdad? Pues bien, a duras penas ha podido beber
algunas cucharadas.


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-¿Cómo estás? -le preguntáis.
Al sonido de vuestra voz sus pupilas se vuel ven
hacia vosotros, pero el herido ya no ve ni entiende
nada.
¡Esto abrasa el corazón! -murmura.
Algo más lejos, un veterano se muda de ropa. Su
rostro y su cuerpo aparecen de idéntico ateza do
color y con demacración de esqueleto. Fálta le un
brazo, desarticulado por el hombro; se halla sentado
sobre la cama; está ya restablecido, pero en su mira-
da sin brillo, sin vida, en su espantosa delgadez, en
su faz arrugada, com prendéis que aquel pobre ser
pasó ya la parte mejor de su existencia padeciendo.
En la cama de enfrente divisáis el semblante p á-
lido, delicado, contraído por el dolor, de una mujer
cuyas mejillas enciende la calentura.
-Es la mujer de un marinero -os dice vuestra
guía. -Iba a llevar la comida a su marido y una gr a-
nada la hirió en el pie.
-¿Y la han amputado?
-Por encima de la rodilla.
Y ahora, si vuestros nervios son firmes, en trad
allí abajo, a la Izquierda. Es la sala de las operaci o-
nes y de las curas. Hallaréis a los mé dicos con el
rostro pálido y serio, y los brazos en sangrentados


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hasta el codo, Junto al lecho de un herido, que tu m-
bado, con los ojos abiertos, delira, bajo la influencia
del cloroformo pronun ciando frases entr ecortadas,
sin interés las unas, las otras lastimeras. Los méd i-
cos atienden a su faena repulsiva pero bienhechora:
la amputación. Veréis la hoja curva y tajante intr o-
ducirse en la carne sana y blanca, y al herido volver
en sí súbitamente con desgarradores gritos e impr e-
siones, y al ayudante arrojar en un rincón el brazo
amputado, mientras que aquel otro herido que desde
su camilla presencia la operación, tuér cese y gime,
más a impulsos del martirio moral por la espera
producido, que del sufrimiento fí sico que ha de s o-
portar. Contemplaréis escenas espantosas, angustio-
sísimas; veréis la guerra sin el correcto y lucido
alineamiento de las tropas, sin músicas, sin redoblar
de tambores, sin estan dartes flameando al viento,
sin Generales cara coleando sobre sus co rceles; la
veréis tal y como es, ¡en la sangre, en los sufr i-
mientos, en la muerte ! Al salir de aquella morada
del dolor, experimentaréis de seguro cierta impr e-
sión de bienestar, respirando a bocanadas el aire
fresco, y os regocijaréis al sentiros bueno y sano,
pero a la vez la contemplación de aquellos males os
habrá convencido de vuestra nulidad, y enton ces,


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con firmeza, y sin vacilaciones podréis su bir al ba-
luarte...
-¿Qué son - os diréis- los sufrimientos y la
muerte de un gusano como yo, junto a tantos su-
frimientos, a tan innumerables muertes? Pronto,
además, el aspecto del puro cielo, del sol respland e-
ciente de la pintoresca ciudad de la iglesia abierta, de
los militares que van y vienen en todas direcci ones,
vuelve vuestro espíritu a su estado normal, a su h a-
bitual apatía, y la preocupación de lo presente y de
sus menudos intereses sobrepónese otra vez a todo.
Podrá ser que encontréis en vuestro camino el entie-
rro de un oficial; un ataúd color de rosa, seguido de
músicas y banderas desplegadas, y el vibrante cañ o-
neo en los baluartes puede ser que llegue a vuestros
oídos, pero los pensamientos de poco antes no vo l-
verán. El entierro no será más que un cuadro pint o-
resco, un episodio militar; el tronar del cañón, un
acompañamiento militar grandioso, y no habrá nada
de común entre aquel cuadro, aquel estampido y la
impresión precisa, personal, del sufrimiento, y de la
muerte, evocada por la vista, de la sala de operaci o-
nes.
Dejad atrás la iglesia, la barricada, y entra réis en
el barrio más animado, más bullicioso de la pobl a-


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ción. A entrambos lados de la calle, muestras de
tiendas y de fondas. Aquí, merca deres, mujeres t o-
cadas con sombreros o pañue los, oficiales con vi s-
tosos uniformes; todo os de muestra el valor, la
confianza, la seguridad de los habitantes.
Entrad a la derecha de este restaurant. Si ponéis
atención a las conversaciones de los ma rinos y de
los oficiales, oiréis contar los incidentes de la pasada
noche, de la acción del 24, quejarse del alto precio
de las chuletas mal pre paradas, y citar a los comp a-
ñeros muertos últimamente.
- ¡Que el demonio me lleve! ¡Deliciosamente
está uno ahora en su casa! - dice con voz de bajo un
oficial bisoño, rubio, casi albino, im berbe, con el
cuello liado en una bufanda verde de lana.
-¿Y dónde está eso, su casa de usted? - le pr e-
gunta otro.
-En el cuarto baluarte -contesta el joven. Y ante
esta contestación, lo contemplaréis con atención y
aun con cierto respeto. Su negligen cia exagerada, su
excesivo accionar, su risa de masiado estrepitosa,
que os parecían hace un mo mento signo de de s-
preocupación, conviértense a vuestros ojos en señal
de cierta disposición de ánimo batalladora, habitual
en todos los jóvenes que se han visto expuestos a


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algún peligro, y os imagináis que os va a explicar
cómo tienen la culpa las balas de cañón y las bo m-
bas de que se viva tan mal en el cuarto baluarte.
¡ De ningún modo! Se está mal porque el fan go
es muy profundo.
-Es imposible llegar hasta la batería - dice, y en-
seña sus botas sucias de lodo hasta el empeine.
-A mi mejor jefe de pieza lo han dejado hoy en
el sitio -responde uno de sus compañeros. - Un ba-
lazo en la frente.
-¿Quién? ¿Miteschin?
-No, otro. Vamos, ¿vas a traerme o no la chul e-
ta, bribón? -dice dirigiéndose al mozo.
Era Abrosnoff, un valiente de verdad; había
tomado parte en seis salidas.
En el otro extremo de la mesa vese a dos of i-
ciales de infantería dispuestos a dar fin a sendas
chuletas con guisantes, regadas con un vinillo agrio
de Crimea bautizado como Burdeos. El uno, joven,
con cuello encarnado y dos estre llas en el capote,
refiere a su vecino, que no lleva estrellas y sí negro
el cuello, detalles sobre el combate de Alma. El pr i-
mero está algo bebido; sus relatos, interrumpidos
frecuentemente; su incierta mirada, que refleja la
falta de confianza que éstos inspiran a su oyente, y


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las valentías que se atribuye, así como el color recar-
gadísimo de sus cuadros, hacen comprender que se
aparta, por completo de la verdad. Pero no os d e-
béis preocupar de esas relaciones que oiréis durante
mucho tiempo de un extremo a otro de Rusia; no
sentís ya más que un deseo: trasladaros directamente
al cuarto baluarte, del que de tan diversos modos os
vienen hablando. Habréis ob servado cómo todo
aquel que refiere haber estado allí, hácelo con satis-
facción y orgullo, y que quien se dispone a ir, deja
ver ligera emoción o afecta exagerada sangre fría. Si
se da broma a alguno, invariablemente se le dirá:
-Anda, ve; vete al cuarto baluarte.
Si encontramos un herido en camilla, y que-
remos saber de dónde viene, la respuesta será casi
siempre la misma:
-Del cuarto baluarte.
Sobre el terrible baluarte se han extendido dos
opiniones distintas; primera, la de los que no pusi e-
ron allí nunca los pies, y para los cuales es inevitable
tumba de sus defensores; después, la de los que,
como el oficialito rubio, viven allí, y al hablar, dicen
sencillamente si está seco el piso o fangoso, si hace
calor o frío. En la media hora que pasasteis en el
restaurant ha cambiado el tiempo; la niebla que se


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extendía sobre el mar se levantó; nubes apiñadas,
grises, húmedas, ocultan el sol; el cielo está triste;
cae una llovizna mezclada con menuda nieve, que
moja los tejados, las aceras y los capotes de la tropa.
Transponiendo otra barricada, subiréis por la calle
principal; allí ya no hay muestras en las tiendas; las
casas están inhabitables; las puertas cerradas con
tablones; hendidas las ventanas; ya la arista de un
edificio desplomada, ya el muro perforado. Las c a-
sas, semejantes a veteranos carcomidos por el dolor
y la miseria, parecen contemplaros con altivez y aun
diríase que con desprecio,. En el camino tropezáis a
lo mejor con balas de cañón enterradas, o con ag u-
jeros llenos de agua, perforados por las bombas en
el suelo pedregoso. Dejáis atrás los grupos de of i-
ciales y soldados: encontráis alguna que otra mujer o
un niño, pero aquí no lleva sombrero la mujer. Y la
del marino, envuelta en una raída capa de pie les
viejas se calzó recias botas de soldado. La calle baja
en suave pendiente, pero ya no hay casas; sólo un
montón informe de arcilla, piedras, tablas y vigas.
Ante, vosotros, sobre un cerro escarpado, extiénd e-
se un espacio negro, fangoso, cortado por zanjas, y
aquello es, precisamente, el baluarte número cuatro
del recinto de Sebastopol.


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Los transeúntes son más escasos; ya no se e n-
cuentran mujeres; los soldados caminan con paso
vivo, algunas gotas de sangre manchan el piso, y
veis venir cuatro individuos que llevan una camilla,
y sobre ella un rostro de amarillen ta palidez y un
capote ensangrentado; si preguntáis a los camilleros
dónde tiene la herida, os responderán secamente,
con tono irascible, sin miraros:
-En el brazo, en la pierna. - si está muerto, si un
proyectil le arrancó la cabeza, guardarán feroz sile n-
cio.
El silbido más próximo ya de las balas y las
bombas, os impresiona desagradablemente mientras
subís al cerró, y de pronto apreciáis de diferente
manera que antes lo que significan los cañonazos
oídos en la ciudad. No sé qué re cuerdo apacible y
dulce brillará entonces en vues tra memoria; vuestro
yo intimo os ocupará tan vivamente, que no pensa-
réis en observar lo que os rodea. Ni os dejaréis s i-
quiera invadir por el penoso sentimiento de la
irresolución. Sin embargo, la vista de aquel soldado
que, con los brazos tendidos, trepa cuesta arriba s o-
bre el fango líquido y pasa corriendo y riéndose a
vuestro lado, impone silencio, a la tenue voz int e-
rior, consejero cobarde que se alzó en vuestro p e-


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cho ante el peligro. Os erguís a pesar vuestro, y le-
vantando la cabeza, escaláis también la pendien te
resbaladiza de la arcillosa montaña. Y no habéis d a-
do aún muchos pasos cuando dere cha e izquierda,
zumban en vuestros oídos los proyectiles de la fu-
silería, y os preguntáis si no sería mejor marchar a
cubierto por la trinchera que se alza paralelamente al
camino; pero la trinchera está llena de barro líquido,
amarillo y fétido, de tal modo, que por fuerza cont i-
nuáis por donde ibais, y tanto más, cuanto que esta
es la vereda de todo el mundo. Doscientos pasos
mas allá, desembocareis en un terreno cubierto de
terraplenes, cestones, traveses, cañones de hierro
fundido y un montón de proyectiles simé tricamente
apilados. Aquel amontonamiento os produce la se n-
sación del más extraño desorden desprovisto de
todo objeto. A una parte, sobre la batería, aparece
un grupo de marineros; más allá, hacia el centro, y a-
ce un cañón inútil sumergido en el lodo pegajoso,
del cual un infante que , con el arma sobre el ho m-
bro, se dirige a la batería, retira con esfuerzo los pies
uno tras otro. Sólo veis por doquiera entre ese mi s-
mo fango acuoso granadas sin estallar, cascos de
bombas, balas de cañón, señales de toda suerte del
campo de batalla... Os parece oír a corta dis tancia el


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ruido de un proyectil que cae, y por todas partes os
llega el silbar de las granadas que, ora zumban como
avispas, ora gimen y hienden los aires vibrando c o-
mo una cuerda de instrumento, dominándolo todo
el tronar siniestro del cañón, que os sacude de pies a
cabeza aterrorizándoos.
-Este es el cuarto baluarte; el lugar verda-
deramente terrible -os decís, experimentando ligera
emoción de orgullo y otra inmensa de mal compr i-
mido miedo. No es verdad; sois el juguete de una
ilusión. Aquello no es aún el ba luarte número cu a-
tro; es el reducto de Jason, un puesto que, compara-
tivamente no es ni de peligro ni espantoso. Para
llegar al baluarte, tomad por aquella angosta trinche-
ra que sigue agachándose el soldado. Podrá ser que
halléis de nuevo camillas, marineros y soldados con
azadones y palas; hilos conductores que van a las
minas, abrigos de tierra, también fangosos, don de
no pueden deslizarse arrastras más que dos ho m-
bres y donde los plastuny3 de los batallo nes del Mar
Negro viven, comen, fuman y se calzan entre trozos
de hierro fundido de todas forma, esparcidos por
doquier. Otros cien pasos más y llegáis a la batería,,

3 Tiradores


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una planicie hendida por zanjas, rodeada de cest o-
nes, cubierta de tierra, de traveses y de cañones s o-
bre sus explanadas. Tal vez encontraréis allí a cuatro
o cinco marineros que juegan a los naipes, proteg i-
dos por el parapeto y un oficial de marina que, al
ver aparecer una cara nueva, un curioso, se com-
placerá en iniciaros en los detalles de su domicilio y
poderos dar todas las explicaciones que apetezcáis.
Aquel oficial, sentado sobre un ca ñón, lía con tanta
tranquilidad un cigarrillo de papel amarillento, pasa
tan descuidadamente de una cañonera a otra y os
habla con sangre fría tan natural, que recobráis la
vuestra a despecho de las balas que silban aquí en
mayor número. Lo preguntáis y aun atendéis a sus
relatos. El os describirá, si se lo indicáis, el bomba r-
deo del 5, el estado de su batería con un solo cañón
útil, y sus sirvientes reducidos a ocho, y que, no
obstante el día 6 por la mañana, volvía a hacer fuego
con todas sus piezas. Os contará igual mente cómo
penetró una bomba el día 5 en un abrigo y destrozó
a once marineros. A través de una tronera os indica-
rá los atrincheramientos y baterías del enemigo, del
cual os separa únicamente unas treinta y tantas sage-


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nas4. Aunque, temo que si os Inclináis sobre el plano
de la cañonera para mirar mejor las posiciones
enemigas no veáis nada, o que, si por ventura di s-
tinguís algo, os sorprendáis al saber que aquel mu-
rallón alto, y peñascoso que parece estar dos pasos y
sobre el cual surgen nubecillas de humo, es prec i-
samente el enemigo; él, como dicen soldados y m a-
rineros.
Es muy posible que el oficial, por vanidad o
sencillamente sin propósito deliberado por en-
tretenerse, quiera hacer fuego ante vos. A sus voces,
el Jefe de pieza y los sirvientes, en total catorce m a-
rineros, se aproximaran alegremente al cañón para
cargarlo; unos mordiendo un tro zo de galleta, otros
guardándose la negra y apes tosa pipa en el bolsillo,
mientras que sus cla veteadas botas resuenan sobre
la explanada. Examinad los semblantes de esos
hombres, su aire resuelto, su ademán, y reconoceréis
en cada uno de los pliegues del curtido rostro de
pómulos salientes, en cada músculo, en la a mplitud
de los hombros, en el espesor de los pies, cal zados
con botas colosales, en cada movimiento tranquilo y
reposado, los principales elementos de que se co m-

4 Medida lineal rusa.


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pone la fuerza de Rusia, la sim plicidad de espíritu y
de obstinación, veréis asimismo, que el peligro, las
miserias y las penalidades de la guerra, han impreso
en aquellas fisonomías la conciencia de su dignidad,
de una idea elevada, de un sentimiento noble.
De súbito, formidable estrépitos os hace es-
tremecer de pies a cabeza. Y oís enseguida sil bar el
proyectil que va alejándose, mientras que la tupida
humareda de la pólvora envuelve la explanada. y las
negras caras de los marineros que entre ella se mu e-
ven. Oíd sus dichos, fijaos en su animación, y de s-
cubriréis en ellos senti mientos que tal vez no
esperabais encontrar: el del odio al enemigo, el de la
venganza.
-Ha caído de lleno en la tronera; dos muer tos;
mira, ¡se los llevan!
Y gritan de júbilo.
-Pero míralo; le ha dolido, nos va a dar la vuelta
- dice una voz, y en efecto, veis a poco brillar un f o-
gonazo, seguir el humo, y que el centinela grita de s-
de el parapeto.
-¡Cañón! -Silba, un proyectil cerca de vosotros y
entiérrase en el suelo, que perfora, lan zando en tor-
no suyo, una lluvia de terrones y de piedras. El c o-
mandante de la batería se amosea, vuelve a ordenar


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que carguen el segundo y el tercer cañón; contesta el
enemigo, y experimentáis interesantes sensaciones.
Veis y oís cosas curiosísimas. El centinela avisa de
nuevo «cañón» y el mismo fogonazo, igual ruido,
igual golpe, salto igual de piedras se reproduce. Mas,
si por el contrario grita, «mortero» os sentiréis i m-
presionado por un silbido regular, quizá agra dable,
que no podréis unir en vuestra mente a nada terr i-
ble; va aproximándose, aumenta su rapidez, veis el
globo negro caer en tierra y có mo estalla con crepi-
tación metálica. Los cascos hienden los aires silba n-
do y crujiendo las pie dras, sacudidas, chocan entre
sí, y el fango os salpica todo. Ante rumores tan d i-
versos, sentís extraña mezcla de gozo y de terror.
Mientras veis el proyectil amenazando caer sobre
vos, os acude a la imaginación infaliblemente la idea
de que os ha de matar, pero el amor propio, os so s-
tiene y a nadie dais a conocer el puñal que os tal a-
dra, el corazón.
Por eso, cuando pasó sin tocaros, renacéis por
un instante, cierta sensación de inaprecia ble dulzura
apodérase de vos, hasta el punto de que encontráis
encanto particular en el peligro, en el juego de la v i-
da y de la muerte. Hasta qui sierais que la bala o la
bomba cayese más cerca, muy cerca de donde estáis.


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Pero he aquí que el centinela anuncia con voz fuerte
y llena:
-¡Un mortero! - y repítense el silbido, el gol pe y
la explosión, acompañados esta vez de un grito h u-
mano. Os acercáis al herido a la vez que los camill e-
ros. Revolcándose en el lodo mezcla do de sa ngre,
ofrece extraño aspecto; parte del pecho le fue arran-
cada por el casco. En el primer momento, su rostro,
sucio de fango, no expresa más que el susto y la sen-
sación prematura del dolor, sensación familiar al
hombre en aquel estado; pero cuando traen la cami-
lla, y en ella acuéstase él por sí mismo sobre el co s-
tado libre, exaltada expresión, ráfaga de una idea
elevada y contenida viene a iluminar sus facciones.
Brillantes los ojos, apretados los dientes, levanta la
cabeza con esfuerzo, y cuando los camilleros vacilan
los detiene, y dirigiéndose a sus compañeros dice
con voz temblorosa:
-¡Adiós; perdón hermanos!
Quisiera hablar más aún; se ve que trata le decir
algo afectuoso, pero se limita a repetir:
-¡Adiós, hermanos míos! ...
Uno de sus compañeros aproxímase a él, coló-
cale la gorra en la cabeza y torna, con indiferente
ademán a su cañón. Y ante la expresión de vues tra


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aterrorizada fisonomía, dice el oficial boste zando,
mientras lía su cigarrillo de amarillento papel:
-Lo de cada día, de seis a siete hombres.
..................................................................................................
..........
..................................................................................................
..........
¿Y ahora? Acabáis de ver a los defensores de
Sebastopol en el lugar mismo de la defensa, y vo l-
véis por vuestros mismos pasos, sin prestar, cosa
extraña la menor atención a los proyectiles de cañón
y de fusil que continúan cruzando, du rante todo el
camino hasta que llegáis a las ruinas del teatro. Mar-
cháis con tranquilidad, con el espíritu conmovido y
confortado, pues poseéis ya la consoladora, certeza,
de que nunca, en nin gún lugar será qu ebrantada la
fuerza del pue blo ruso. Y esa seguridad la habéis
sacado, no de la solidez de los parapetos y de las
trincheras ingeniosamente combinadas, ni de las i n-
numerables minas y cañones apilados unos sobre
otros, y de todo aquello de que no comprendéis n a-
da, sino de los ojos y las palabras y la actitud, de t o-
do eso que se llama el espíritu de los de fensores de
Sebastopol.


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Hay tanta sencillez y tan poco esfuerzo en
cuanto, hacen, que os persuadís de que podrían, si
fuera preciso, hacer cien veces más; que podrían ha-
cerlo todo. Adivináis que los sentimientos que los
impulsan no son los que habéis ex perimentado, va-
nidosos, mezquinos, sino otros más potentes que
obligan a los hombres a vivir tranquilamente en el
lodo, trabajando y en vela bajo los proyectiles, con
cien suertes contra una de ser muertos, al revés de
lo que constituye el lote común de sus semejantes. Y
no es una cruz ni un ascenso; no es la fuerza de las
amenazas lo que los somete a condiciones tan e s-
pantosas de existencia, es preciso que haya otro
móvil más alto. Este móvil hállase en un sent i-
miento, que se manifiesta muy poco, que se oculta
con pudor, pero que está profundamente arraigado
en el corazón de todo ruso: el amor a la patria. Aho-
ra tan sólo es cuando se han convertido en realidad,
en hechos, aquellas relaciones que cir culaban d u-
rante el primer período del sitio de Sebastopol;
cuando no había, ni fortificaciones, ni soldados, ni
posibilidad de mantenerse allí, no obstante, nadie
admitía la idea de rendición, y aquellas palabras de
Kordiloff, de ese héroe digno de la Grecia antigua,
al decir a sus tro pas: «Hijos míos, moriremos , pero


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no entregaremos a Sebastopol!» Y la respuesta de
los valientes soldados, incapaces de hacer frase a l-
guna: «¡Moriremos, hurra!» ¡Así os representáis f á-
cilmente, bajo las facciones de los que habéis visto,
a los héroes de aquel período de prueba, que no
perdieron el valor y que se aprestaron hasta con j ú-
bilo a morir, no por la defensa de la ciudad, sino
por la de la patria! ¡Rusia conservará durante mucho
tiempo las señales su blimes de la epopeya de Se-
bastopol, de la que el pueblo ruso ha sido el héroe!
...
Declina la tarde; el sol, que va a desaparecer en
el horizonte, hiende las nubes grises que lo ocultan
e ilumina con sus rayos de púrpura el mar de verd o-
sos reflejos, ondulado ligeramente, cubierto de n a-
víos y otros buques, y las casitas blancas de la
ciudad y la población que alli se mueve. En el bul e-
var, la música de un regimiento toca un antiguo vals,
a cuyas notas, que a lo lejos transmite el agua, únese
el estampido de los cañonazos en acompañamiento
extraño y sorprendente.


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SEBASTOPOL EN MAYO DE 1855.
Seis meses han transcurrido desde que la pri-
mera bomba lanzada de las fortificaciones de Se-
bastopol perforó la tierra, arrojándola sobre los tr a-
bajos del enemigo; desde aquel día, miles de
bombas, granadas y balas de cañón y de fusil no han
cesado de cruzar de los baluartes a las trincheras y
de las trincheras a los baluartes, cerniéndose el ángel
de la muerte sobre aquel espacio.
El amor propio de millares de seres, hase visto
humillado en los unos, satisfecho en los otros, o
apaciguado por el abrazo de la muerte. ¡Cuántos
ataúdes color de rosa bajo envolturas de lienzo! Y
siempre el mismo tronar en las mu rallas. Desde su
campo, los franceses, impelidos por involuntario
sentimiento de ansiedad y terror, examinan en una
tarde serena el piso amarillento y hundido de los


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baluartes de Sebastopol, sobre los cuales van y vi e-
nen las obs curas siluetas de nuestros marinos;
cuentan las troneras, de donde surgen cañones de
hierro fundido de aspecto feroz; en la torrecilla del
telégrafo, un sargento observa con un anteojo a los
soldados enemigos, sus baterías, sus tiendas, el m o-
vimiento de sus columnas sobre el mamelón verde y
el humo que sale de las trincheras; con igual ardor
viene a converger de diferentes par tes del mundo,
sobre aquel sitio fatal, multitud formada por razas
heterogéneas y movida por los más contradictorios
apetitos. La pólvora y la sangre no consiguen reso l-
ver una cuestión que los diplomáticos no supieron
zanjar.
I
En la sitiada Sebastopol, la música de un re-
gimiento toca en el bulevar. Muchedumbre de mil i-
tares y mujeres vestidas con el traje de los domi n-
gos, paséase por las avenidas. El sol espléndido de
primavera, salió por la mañana sobre las obras de
sitio de los ingleses, pasó luego so bre los baluartes,
sobre la ciudad y sobre el cuar tel Nicolás, espa r-
ciendo alegremente para todos por igual su luz viv i-


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ficadora; ahora ya, desciende hacia el lejano azul del
mar, que ondula blan damente, rielando con facetas
de plata.
Un oficial de infantería, de elevada estatura, lige-
ramente encorvado, sale, calzándose los guantes de
dudosa blancura, pero presentables aún, de una de
las casitas de marineros cons truidas a la izquie rda
de la calle de la Marina. Dirígese hacia el bulevar
mirándose las botas con aspecto distraído. La e x-
presión de su rostro, francamente feo, no revela
gran capacidad intelectual; pero la buena fe, el buen
sentido, la honradez y el amor al orden se leen en él
con claridad. Es poco airoso, y parece sentir alguna
confusión por la torpeza de sus movimientos. C u-
bierto con una gorra usada, viste capote de extraño
color tirando a lila, bajo el cual se dis tingue la cade-
na de oro del reloj; el pantalón es de trabillas y las
botas limpias y relucientes, Si sus facciones no ate s-
tiguaran su origen puramente ruso, tomárasele por
alemán, por un ayudante de campo o por el oficial
de tren de un regimiento (es verdad que le faltan las
espuelas), o bien por uno de aquellos oficiales de
caballería que han permutado para tomar parte en la
campaña. Esto era efectivamente, y al subir hacia el
bulevar pensaba en la carta que había recibido poco


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antes de un ex-compañero suyo, en la actualidad
propietario en el Gobierno de F... y pensaba ta m-
bién en la mujer de aquel compañero, la pá lida Na-
tacha, de ojos azules, su gran amiga; recordando,
sobre todo, el siguiente párrafo:
«Cuando llega El Inválido5, Pupka (así lla ma el
ex-hulano a su mujer) precipítase a la antesala, se
apodera del periódico y se arroja sobre el dos-á-dos
del berceau6 en el salón donde pasamos tan buenas
veladas de invierno contigo cuando tu regimiento
estuvo de guarni ción en esta ciudad. ¡No puedes
figurarte con qué entusiasmo lee las relaciones de
vuestras heroicas hazañas! ¡ Mikhailof, repite con
frecuencia hablando de ti, es una perle; me arrojaré a
su cuello cuando lo vea! Se bate en los baluartes: Il se
bat sur les bastions, lui, y le darán la cruz de San Jorge,
y hablarán de él todos los periódicos. En fin, que
casi comienzo a sentir celos de ti. Los diarios tardan
muchísimo en llegar, y a pesar de que mil noticias
corren de boca en boca, no es posible dar a todas
crédito. Por ejemplo, tus excelentes amigas las demoi-
selles a musique, referían ayer que Napoleón, cogido

5 Periódico militar ruso.
6 Enrejado de madera cubierto de hiedra, que fue de moda en los
salones rusos en otro tiempo con esa denominación francesa.


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prisionero por nuestros cosacos, había sido llevado
a Petersburgo. ¡Ya comprenderás que en eso no p u-
de creer!... Poco después, un recién llegado de la c a-
pital, un funcionario agregado al ministerio, joven
encantador y el gran recurso para nuestra ciudad,
ahora desierta, nos aseguraba que los nuestros h a-
bían ocupado Eupatoria, lo que impido a los france-
ses la comunicación con Balaklava ; que habíamos
perdido doscientos hombres en la em presa, y ellos
cerca de quince mil. Mi mujer sintió tanta alegría,
que ha bamboché7 toda la noche, y sus presentimie n-
tos le dicen que has tomado parte en la expedición y
te has distinguido..»
A pesar de las palabras, las expresiones sub-
rayadas y el tono general de la carta, no podía m e-
nos el capitán Mikhailof de transportarse en pens a-
miento, con dulce y triste satisfacción, junto a su
pálida amiga provinciana; recordan do sus conversa-
ciones sobre los sentimientos en el berceau del salón,
y cómo su buen compañero el ex-hulano se enfada-
ba y les ponía multas en las partidas de naipes a
tanto de un kopek, cuando lograban organizar alg u-
na en el gabinete, y cómo su mujer se burlaba de él

7 Bromeado, chanceado, alborotado.


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riendo, recordaba la amistad que aquellas buenas
gentes le demostraban siempre, y ¡quién sabe si h a-
bía algo más que amistad por parte de su pálida
amiga! Todas aquellas figuras evocadas de un cu a-
dro familiar surgían en su imaginación, que les
prestaba maravilloso y dulce encanto. Veíalas de
color de rosa, y sonriendo ante aquellas imá genes,
oprimía cariñosamente con la mano la carta allá en
el fondo del bolsillo.
Tales recuerdos transportaron involuntaria-
mente al capitán a sus esperanzas, a sus sueños.
-¡Cuánto será - decíase mientras seguía por la
angosta calleja, -el asombro y la alegría de Natacha
cuando lea en El Inválido que he sido el primero en
coger un cañón y que me han dado la Cruz de San
Jorge! Debo ascender a capitán mayor, ya hace m u-
cho tiempo que estoy propuesto, y me será después
muy fácil, en el trans curso del año, llegar a jefe de
batallón (comandante de ejército); pues muchos son
muertos y no pocos lo habrán de ser aún en esa
campaña. Mas adelante, en cualquiera otra ac ción
futura, cuando me haya dado bien a conocer, me da-
rán un regimiento, y heme aquí ya teniente coronel,
comendador de Santa Ana; luego coronel...


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Y se veía ya General, honrando, con su visita a
Natacha, la viuda de su compañero (el cual, para sus
cálculos, debía morirse por entonces), cuando los
acordes de la música militar llegaron distintamente a
sus oídos; la multitud de paseantes atrajo sus mir a-
das y encontróse en el bulevar tal y como era, es d e-
cir, capitán de segunda clase de infantería.
II
Acercóse desde luego al pabellón junto al en
que tocaban algunos músicos: unos cuantos sol-
dados del mismo regimiento les servían de atri les,
para lo cual mantenían abiertos ante ellos los pap e-
les de música, y un no muy numeroso círculo los
rodeaba: furrieles, sargentos, criadas y chiquillos
ocupados más en mirar que en oír. En torno del p a-
bellón, marinos, ayudantes de oficiales con guante
blanco, permanecían de pie o sentados, o paseaban;
más lejos, en el paseo central, veíase una mezcla de
oficiales de todas armas y mujeres de todas clases,
algunas con sombrero, la mayoría de pañuelo a la
cabeza; otras no llevaban ni sombrero ni pañuelo,
pero, cosa particular, no había viejas; todas eran j ó-
venes. Más abajo, en las calles sombrías y olorosas


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de acacias blancas, distinguíanse algu nos grupos
aislados, en reposo o en marcha. Al ver al capitán
Mikhailof, nadie demostró el menor júbilo, a excep-
ción quizá de los capitanes de su regimiento Objo-
gof y Suslikof, que le estre charon la mano
calurosamente; pero el primera no llevaba guantes,
sino pantalón de piel de camello y capote raído, y su
cara, encendida apa recía, cubierta de sudor; el s e-
gundo hablaba a gritos, con un desenfado molestí-
simo. En fin, que no era muy halagüeño pasearse
con tal compañía, sobre todo, en presencia de of i-
ciales enguantados. Entre éstos se encontraba, un
ayudante de campo con el que Mikhailof cambió un
saludo, y un oficial de Estado Mayor, al que también
hubiera podido saludar por haberse visto con él dos
veces en casa de un amigo común. No sentía, pues,
positivamente, ningún placer en pasear con aquellos
dos compañeros, que encontraba cinco o seis veces
al día, y a los cuales estrechaba todas ellas la mamo;
no había venido al paseo para semejante cosa.
Hubiera querido acercarse al ayudante de campo
con el cual cambiara el saludo, y alternar con aqu e-
llos caballeros, no para que los capita nes Objogof,
Suslikof, el teniente Paschtezky y otros le vieran con
ellos en conversación, sino sencillamente porque


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eran personas agradables al corriente de las noticias,
y que le habrían referido algo nuevo. ¿Por qué tiene
miedo Mikhailof y no se decide a abordarlos? ¿Es
que se pregunta con inquietud lo que hará si esos se-
ñores no le devuelven el saludo; si continúan cha r-
lando entre sí, haciendo como que no le han visto y
si se alejan dejándolo solo entre los aris tócratas? La
palabra aristócrata, en sentido de grupo escogido,
entresacado del montón, perte neciente a cualquier
clase, ha adquirido desde hace algún tiempo entre
nosotros, en Rusia, donde no debiera haber echado
raíces, a lo que parece, extraordinaria popularidad,
penetrando en todas las capas sociales en donde la
vanidad se infiltrara. ¿Y dónde no se infiltra tan l a-
mentable flaqueza? En todas partes, entre los em-
pleados, los comerciantes, los furrieles, los oficiales;
en Saratof, en Mamadisch, en Venitsy, en tina pal a-
bra, doquiera que haya hombres. Ahora bien: como
en la ciudad sitiada de Sebastopol hay muchos
hombres, hay. también muchísima vanidad; lo cual
quiere decir que los aristócratas están en gran núme-
ro, por más que la muerte se cierna constantemente
sobre las cabezas de todos, aristócratas o no.
Para el capitán Objogof, el capitán de segun da,
Mikhailof, es un aristócrata; para el capitán de s e-


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gunda, Mikhailof, el ayudante de campo Kaluguin
será un aristócrata, porque es tal ayu dante de ca m-
po, y se trata con tal otro ayudante; en fin, para Ka-
luguin, el conde Nordof será un aristócrata, porque
es ayudante del Emperador.
¡Vanidad, vanidad y sólo vanidad ¡Hasta junto
al ataúd y entre gentes prontas a morir por una idea
elevada! ¿No será, la vanidad el rasgo característico,
la enfermedad que distin gue al siglo actual? ¿Por
qué no se conocía en otro tiempo esta debilidad,
más de lo que eran conocidos el cólera o las viru e-
las? ¿Por qué no existen en nuestros días más que
tres clases de hombres: unos que aceptan la vanidad
como un hecho existente, necesario, y por cons e-
cuencia justo, y que se someten a él libremente;
otros que la consideran como un elemento nefasto,
pero imposible de destruir, y los últimos que obran
bajo su influencia con inconsciente servilismo? ¿Por
qué los Homeros y los Shakespeare hablan de amor,
de gloria y de sufrimientos mientras que la literatura
de nuestro siglo abarca sólo la interminable historia
del snobismo de la vanidad?
Mikhailof, siempre indeciso, pasó dos veces por
delante del grupito de aristócratas; a la ter cera, ha-
ciéndose violencia, se aproximó a ellos. El grupo se


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componía de cuatro oficiales, el ayu dante de campo
Kaluguin, a quien Mikhailof conocía; el también
ayudante de campo príncipe Galtzin, aristócrata pa-
ra el mismo Kaluguin; el coronel Neferdof, uno de
los ciento veintidós ( apellidábase así un grupo de
oficiales de la bue na sociedad que habían vuelto al
servicio para tomar parte en la guerra), y por último,
el capitán de caballería, Praskunin, que también figu-
raba entre los ciento veintidós. Afortunadamen te
para Mikhailof, Kaluguin, estaba en la me jor dispo-
sición de ánimo (acababa de hablar el General muy
confidencialmente con él y el príncipe Galtzin, re-
cién llegado de Petersburgo, habíase detenido en su
casa), así es que no creyó comprometerse tendiendo
la mano a un capitán de segunda. Praskunin no se
decidió a tanto, aunque encontraba a menudo a Mi-
khailof en el baluarte y hubiese bebido mas de una
vez de su vino y su aguardiente, y hasta le debiera
además aún doce rublos y medio de una partida de
favor. Como conocía poco al príncipe Galtzin, no le
agradaba demostrar ante él su intimidad con un s e-
gundo capitán de infantería; se limitó, pues a saludar
a éste ligeramente.
-Y bien, capitán -dijo Kaluguin,- ¿cuándo vo l-
vemos a ese baluarte de tres al cuarto? ¿Se acuerda


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usted de nuestro encuentro en el reduc to Schwarz?
¡Se batía bien el cobre! ¿eh?
- Sí, se batía - respondió Mikhailof, recordando
aquella noche en que, al subir por la trin chera hacia
el baluarte, encontró a Kaluguin que caminaba con
desenvoltura haciendo sonar de firme su sable - No
me tocaba ir hasta mañana - prosiguió, - pero tene-
mos un oficial enfermo...
Y se disponía a contar cómo, aunque no le co-
rrespondiera el turno, había creído deber ocupar el
puesto del teniente Nepchissetzky, porque el c o-
mandante de la compañía estaba también en fermo y
sólo quedaba, un cadete; pero Kaluguin no le dejó
concluir.
-Presiento - dijo, volviéndose hacia el prín-
cipe, Galtzin - que tendremos algo estos días.
-¿Y no pudiera ser que ese algo, ocurriese
hoy? - preguntó tímidamente Mikhailof, miran do
uno tras otro a Kaluguin y Galtzin.
Nadie le contestó; el Príncipe hizo un ligero mohín,
y dirigiendo una mirada por encima de la gorra de
Mikhailof.
-¡Qué bonita, muchacha! - dijo tras unos mi-
nutos de silencio, -allá abajo, con el pañuelo co-
lorado. ¿La conoce usted, capitán?


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-Es hija de un marin ero; vive junto a mi casa
-respondió éste.
-Vamos a verla más de cerca.
Y el príncipe Galtzin se cogió del brazo: por un
lado a Galuguin, por el otro, al capitán de segunda,
persuadido de que proporcionaba a éste, al proceder
así, viva satisfacción. Y no se en gañaba. Mikhailof
era supersticioso, y a sus ojos, gran pecado ocuparse
de mujeres antes de en trar en fuego; pero aquel día
se las echó de li bertino. Ni Kaluguin ni Galtzin se
dejaron engañar; la joven del pañuelo de color se
sorprendió mucho, pues más de una vez había o b-
servado que el capitán se ponía colorado al pasar
ante su ventana. Praskunin iba detrás de los otros y
daba con el codo al Príncipe, haciendo toda suer te
de comentarios en francés, pero como el estre cho
callejón de árboles no les permitía marchar los cu a-
tro de frente, tuvo que quedarse atrás y cogerse, en
la segunda vuelta, al brazo de Servraguine, oficial de
marina, conocido por su bravura excepcional y muy
deseoso de mezclarse al grupo de los aristócratas.
Este valiente pasó con júbilo su mano honrada y
musculosa sobre el brazo de Praskunin, a pesar de
saber que éste no era de lo más intachable ni mucho
menos. Para explicar al príncipe Galtzin su intim i-


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dad con aquel marino, Praskunin murmuró a su o í-
do que era un bravo de gran reputación; pero el
Príncipe, que estuviera la víspera en el cuarto b a-
luarte, y vio allí estallar una bomba a veinte pasos de
su persona, considerábase igual en valor a aquel c a-
ballero; así es que, convencido de que la mayor
parte de las reputaciones son exagera das, no prestó
la menor atención a Servraguine.
Mikhailof se sentía tan gozoso al pasear con tan
brillante compañía, que ya ni se acordaba de la pr e-
ciada carta de F... ni de las lúgubres reflexiones que
le asaltaran siempre que iba al baluarte. Permaneció,
pues, con ellos hasta que lo excluyeron visiblemente
de su conversación, evitando sus miradas como p a-
ra darle a comprender que podía continuar solo su
camino. Por fin, lo plantaron. A pesar de esto estaba
tan satisfecho, que, permaneció indiferente ante la
expresión altanera con que el junker8 barón Pesth, se
incorporó, descubriéndose delante de él. Aquel j o-
ven se había vuelto muy orgulloso desde que pasara
su primera noche bajo el blin daje del baluarte n ú-
mero 5, lo cual lo transfor mó en un héroe a sus
propios ojos.

8 Sargento o suboficial noble.


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46

III
Apenas hubo transpuesto Mikhailof el umbral
de su casa, cuando muy diferentes pensamientos
asaltaron su imaginación. Volvió a contemplar su
reducido cuarto, en el que la tierra apisonada fo r-
maba el pavimento; sus ventanas deformes, cuyos
cristales ausentes habían sido reemplaza dos por
trozos de papel; su antigua cama, sobre la cual vel a-
se clavado en la pared un tapiz viejo que represe n-
taba una amazona; las dos pistolas de Tula colgadas
a la cabecera, y allí mismo, al lado, otra cama poco
limpia cubierta con una colcha de percal; la del jun-
ker, que compartía con él el alojamiento. Y vio a su
asistente Nikita que se levantó del suelo donde est a-
ba sentado, rascándose la pelambrera grasienta y
enmarañada, y la capa vieja, las botas de servicio, y
el paquete preparado para pasar la noche en el b a-
luarte; una servilleta de la cual salía el canto de un
trozo de queso, y el cuello de una botella de agua r-
diente. De pronto se acordó que aquella misma n o-
che debía conducir su compañía a las casasmatas.
-Me matarán, es la. Fija - díjose, -lo presiento;
tanto más, cuanto que me he ofrecido yo mismo a ir,


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y el que hace un servicio voluntario está siempre s e-
guro de morir en él. ¿Y qué en fermedad será la de
ese maldito Nepchissetzky? ¿Quién sabe? ¡Puede
ser que lo esté mucho!... Y gracias a él matarán a un
hombre; sí, lo matarán, de seguro! Aunque... si no
me matan, me incluirán en propuesta... Ya he visto
la satisfacción del coronel cuando le pedí licencia
para reemplazar a Nepchissetzky, por estar enfe r-
mo. ¡Si no es el empleo de mayor será la cruz de
Vladimiro, seguramente! Y es la décima ter cera vez
que voy al baluarte. ¡Oh, oh!, 13; mal número, me
matarán de fijo; tengo la certeza, lo siento! Sin e m-
bargo, la compañía no puede ir con un cadete. Y si
ocurriera algo... la hon ra del regimiento, la del ejé r-
cito, podría verse comprometida... Mi deber es ir...
Sí; deber sagrado... Pero de todas maneras, tengo el
presentimiento...
Y el capitán olvidábase de que había tenido ese
mismo presentimiento, con más o menos fuerza,
cada vez que fue al baluarte, e ignoraba que todos
cuantos han de entrar en fuego lo ex perimentan
siempre, bien que con diferente in tensidad. Pero
más tranquilo por la noción del deber que había d e-
sarrollado particularmente, sentóse a la mesa y e s-
cribió una carta, de despedida a su padre; a los diez


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CONDE LEÓN TOLSTOI
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minutos, con los ojos húmedos, levantóse y comen-
zó a vestirse, repitiendo mentalmente todas las or a-
ciones que sabía de memoria. Su asistente, un
animalote, medio borracho lo ayudó a ponerse la
levita nueva, pues la vieja que usaba de ordinario
para ir al baluarte no estaba recompuesta.
-¿Por qué no has arreglado la levita? -No pien-
sas mas que en dormir, animal!
-¡Dormir...- gruñó Nikita,- cuando todo el día
hay que correr como un perro; se revienta uno! ¡Y
después de esto aun habrá que no dormir!
-Vuelves a estar borracho, por lo que veo.
-No he bebido con su dinero de usted, ¿por qué
me regaña?...
-¡Silencio, bruto! -gritó el capitán, pronto a s a-
cudir al asistente.
Nervioso y agitado como estaba ya, la. estupidez
de Nikita hacíale perder la paciencia. No obstante,
apreciaba a aquel hombre, y aun lo to leraba más de
lo debido. Teníalo junto sí hacía más de doce años.
-¡Bruto, bruto! -repetía el soldado. -¿Por qué me
injuria usted, señor? ¡Y en qué momen to! ¡No está
bien insultarme.
Mikhailof recordó a qué lugar iba y le dio ve r-
güenza.


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-Harás perder la paciencia a un santo, Nikita -
dijo c

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